Peligrosamente tuyo

Capítulo 3: El Abismo en la Almohada

La primera noche sin Edu no fue de silencio, sino de ecos.
​Esteban no había encendido las luces. La única claridad que se filtraba en la habitación era la de la luna llena, proyectando franjas pálidas sobre los muebles y convirtiendo las esquinas en fauces oscuras. Estaba sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en un punto fijo del suelo de madera.
​Tenía la camisa de Edu apretada entre los dedos con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos, translúcidos. No se había movido de esa posición en horas. Su mente, atrapada en un bucle de negación y rabia, se negaba a apagar el motor de la consciencia.
​«La marea se lo llevó todo».
​Las palabras del socio resonaban en su cabeza como un latigazo constante. Una estupidez. Edu no era de los que caían por un barranco por un descuido. Si el auto no tenía marcas de frenos, no había sido un accidente. Había sido una ejecución. Una trampa tejida por los enemigos de los que tanto le había advertido.
​Pero el cuerpo... el cuerpo no aparecía. Y esa pequeña rendija de duda era lo que estaba comenzando a enloquecerlo.
​Cuando por fin el agotamiento físico pudo más que la adrenalina, el cuerpo de Esteban cedió. Cayó hacia atrás, hundiéndose en las sábanas frías, con los ojos abiertos mirando al techo hasta que el peso de los párpados lo arrastró a la fuerza hacia el sueño.
​Y entonces, el infierno se abrió paso.
​En el sueño, no estaba en la habitación. Estaba de pie en el borde del acantilado, donde el viento helado de la costa le golpeaba la cara con la fuerza de un millar de cuchillas. Abajo, el mar rugía, negro y devorador, estrellándose contra las rocas con espuma blanca como colmillos rabiosos.
​A pocos pasos de él, parado justo al borde del abismo, estaba Edu.
​Llevaba la misma ropa de la madrugada en que se marchó, pero la tela estaba desgarrada y mojada. Se giró lentamente para mirarlo. No había terror en su rostro, solo una calma inquietante y una tristeza profunda que a Esteban le desgarró el alma.
​—Edu —intentó gritar, pero su voz salió como un susurro ahogado por el viento.
​Dio un paso al frente para alcanzarlo, pero el suelo bajo sus pies comenzó a desmoronarse. Edu lo miró fijamente, levantó la mano en un gesto de despedida silenciosa y, antes de que Esteban pudiera estirar los dedos para atraparlo, dio un paso hacia atrás.
​El vacío se lo tragó.
​—¡No! —bramó Esteban en la pesadilla, lanzándose al vacío tras él.
​Cayó de golpe sobre la realidad.
​Se incorporó de un salto, jadeando con violencia, con el corazón golpeándole las costillas como un martillo desbocado y el cuerpo empapado en sudor frío. Tenía las manos arañando las sábanas vacías, buscando desesperadamente la piel de Edu, el calor de su cuerpo, cualquier cosa que disipara el terror que le quemaba el pecho.
​El silencio de la habitación lo golpeó como una bofetada. No había viento. No había mar. Solo la penumbra y el vacío absoluto.
​Esteban se llevó las manos temblorosas al rostro, ahogando un gemido ronco mientras las lágrimas, calientes y furiosas, volvían a escapar de sus ojos.
​La pesadilla no había terminado al despertar. Sabía que se repetiría cada noche, convirtiéndose en el castigo por no haber podido evitar que se fuera. Y fue en ese preciso instante, con el pecho todavía ardiendo por el pánico, cuando supo que no podía seguir fingiendo que la habitación le pertenecía solo a él.
​Se levantó de la cama, con los pies descalzos tocando el suelo helado, y caminó a tientas hacia el rincón más oscuro de la habitación. Necesitaba un lugar donde el fantasma de Edu fuera más real que el terror de sus propios sueños.
​Necesitaba empezar a construir su santuario



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En el texto hay: drogas mafia muertes

Editado: 06.08.2026

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