La luz del amanecer no trajo alivio, solo una claridad cruda que obligó a Esteban a ver con precisión quirúrgica el tamaño de su propia locura.
No había encendido las luces principales. Se había tragado el insomnio de toda la noche sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el rincón más apartado de la habitación, el único sitio donde las sombras todavía eran lo suficientemente densas como para protegerlo del mundo exterior.
Frente a él, sobre una mesa de madera oscura que había arrastrado hasta allí, comenzó a dar forma a su refugio.
El objeto que colocó en el centro no era un trozo de carne ni un recuerdo casual; era el mapa de su guerra.
Con manos lentas, Esteban desplegó sobre la mesa una vieja libreta de cuero negro, cuyas páginas estaban repletas de anotaciones, coordenadas, fechas tachadas y recortes de periódico. Era el diario de ruta de la época en que ambos eran enemigos jurados, el registro detallado de cada golpe, cada amenaza anónima y cada trampa que se habían tendido mutuamente antes de que el odio mutuo mutara en esa obsesión visceral que los devoró.
En la página central, justo donde se cruzaban las líneas de tinta roja y negra, reposaba una pequeña llave de hierro antiguo y pesado.
Esteban recordaba perfectamente la noche en que Edu se la habíadado. Fue en medio de un callejón oscuro, rodeados por la lluvia, cuando ninguno de los dos sabía si iba a terminar besando al otro o disparándole al pecho. Edu la había lanzado contra su chaqueta y le había dicho con esa media sonrisa arrogante que tanto lo desquiciaba:
—Es la llave de la cabaña en el bosque, Esteban. El único lugar donde nadie nos puede encontrar. Si algún día te cansas de correr, ve a buscarme ahí.
Nunca llegaron a ir juntos. El mundo exterior, las deudas de su pasado y la violencia de su entorno se interpusieron antes de que pudieran cruzar esa puerta.
Ahora, con la mirada vidriosa y fija en el metal oxidado, Esteban colocó la llave exactamente sobre el nombre de Edu escrito en la libreta. Era el símbolo de un destino al que ya nunca podrían llegar, la promesa de un refugio que se había convertido en su tumba.
—Me dijiste que si me cansaba de correr, te buscara ahí —murmuró Esteban a la penumbra, con la voz áspera, rozando el delirio—. Pero me cerraste la puerta antes de llegar, Edu. Me dejaste con la llave en la mano y el mundo ardiendo.
Alrededor de la libreta y la llave, acomodó el resto de los objetos: la camisa impregnada de sándalo, las fotografías gastadas y la taza rota.
Era un altar construido sobre la obsesión y el territorio perdido, un santuario donde cada elemento guardaba la memoria de la guerra que los unió. Y con cada vela que encendía, la promesa se volvía más firme: si el abismo se había llevado a Edu, Esteban se encargaría de mantener viva la flama de su memoria hasta que las cenizas los reclamaran a ambos.