Peligrosamente tuyo

Capítulo :5 : El Peso de la Caída

La segunda noche no fue un descanso; fue una demolición sistemática y sangrienta de la cordura de Esteban.
​Se había prometido no cerrar los ojos. Había permanecido de pie frente al altar durante horas, con las manos aferradas a la llave de hierro hasta que los bordes oxidados le abrieron la piel de la palma, dejando que un hilo de sangre tibia se deslizara y manchara la madera. Creía que el dolor físico lo mantendría anclado al mundo real, que la vigilia absoluta sería su escudo contra los fantasmas.
​Pero el cuerpo tiene límites, y la mente, cuando se rompe, encuentra formas atroces de cobrar venganza.
​A mitad de la madrugada, un parpadeo más largo de lo normal bastó para que el suelo desapareciera bajo sus pies. El colapso fue total.
​Esteban abrió los ojos dentro del sueño, pero el aire que respiraba ya no era aire; era agua salada, espesa, helada, que le llenaba los pulmones con la fuerza de un puño invisible. Estaba atrapado dentro del auto hundiéndose en el abismo, sintiendo cómo el metal crujía bajo la presión brutal del océano mientras el agua subía sin piedad, convirtiendo el habitáculo en una tumba de cristal líquido.
​Y en medio de esa oscuridad claustrofóbica, con el pecho a punto de estallar por la falta de oxígeno, vio a Edu.
​Estaped al otro lado de la ventanilla rota del coche, flotando en el agua negra con una serenidad macabra. No intentaba escapar. No se estaba ahogando. Lo miraba a través del vidrio con esos ojos oscuros y magnéticos, abriendo los labios para pronunciar palabras que el agua deformaba, pero que Esteban escuchaba resonar con terrorífica claridad dentro de su propia cabeza:
​—Me dejaste caer, Esteban. Me soltaste cuando más te necesitaba.
​—¡No! —intentó gritar Esteban dentro del sueño, pero al abrir la boca para suplicar, trago una bocanada de mar oscuro que lo sepultó por completo.
​El peso de la culpa lo arrastró hacia una fosa todavía más profunda, una caída libre sin fin a través de un cielo rojo y rasgado donde el mundo entero se desmoronaba en cenizas. La velocidad del viento le desgarraba la piel, la desesperación le quemaba las entrañas, y justo cuando el impacto contra el fondo parecía inevitable...
​Despertó con un grito ahogado que rasgó su garganta.
​Se incorporó de un salto, arqueando la espalda con violencia, boqueando aire como un moribundo arrojado a la orilla. Tenía las manos arañando la tela de las sábanas, los músculos tan tensos que dolían, y el cuerpo empapado en un sudor helado que se mezclaba con las lágrimas descontroladas que brotaban de sus ojos.
​Se quedó rígido en medio de la oscuridad, temblando de pies a cabeza, esperando que el latido ensordecedor de su corazón disminuyera. Pero el terror no se fue con el despertar.
​Unos segundos después, el ambiente en la habitación cambió de golpe. La temperatura bajó de forma drástica, erizándole la piel de los brazos. Y entonces, un susurro ronco, helado y terriblemente real, rozó directamente contra el lóbulo de su oreja:
​—Despierta, amor mío... Estás dejando que te mate el frío.
​Esteban se giró con un movimiento salvaje, lanzando un golpe al aire vacío con los puños cerrados, dispuesto a matar a quien se atreviera a burlarse de su dolor.
​La habitación estaba vacía. Absolutamente vacía.
​Nadie respiraba allí, a excepción de él. Nadie, salvo las velas que parpadeaban con una furia extraña y la llave de hierro sobre el altar, que parecía brillar con una luz enferiza en la penumbra.
​Esteban se llevó las manos temblorosas a la cabeza, apretándose el cráneo con desesperación mientras soltaba un sollozo roto. Las pesadillas ya no vivían solo en sus sueños; se habían mudado a su piel, y su mente estaba convencida de que Edu había regresado... solo para terminar de volverse loco.



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En el texto hay: drogas mafia muertes

Editado: 06.08.2026

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