Peligrosamente tuyo

Capítulo 6: El Espejo Roto

La tercera noche no hubo tregua, ni advertencia, ni siquiera el intento de mantenerse de pie. El cuerpo de Esteban se derrumbó sobre la cama como un guiñapo, vencido por el insomnio crónico y por la fiebre intermitente que había comenzado a quemarle las entrañas.
​Pero el cerebro humano, cuando se sumerge en el delirio del duelo, encuentra el modo de infligirse su propio castigo.
​En el sueño, Esteban no estaba en el coche ni en el acantilado. Estaba de pie en el centro de su propio dormitorio, frente al gran espejo de cuerpo entero que colgaba en la pared. La habitación onírica era idéntica a la real, excepto por un detalle: el aire estaba cargado de un humo espeso, negro y sofocante que olía a pólvora y a sándalo quemado.
​Se miró en el reflejo. Tenía las ojeras marcadas como heridas violetas, los labios partidos y la camisa manchada de sangre reseca. Pero lo aterrador no era su propia imagen.
​Detrás de él, emergiendo de la negrura del espejo, apareció Edu.
​Llevaba el mismo traje oscuro con el que se había marchado la madrugada de su "viaje de negocios", pero los bordes de la tela estaban calcinados y goteaban agua de mar. No había rastro de calidez en sus facciones; su rostro era una máscara de mármol frío, coronada por esa mirada magnética y posesiva que tantas veces lo había arrastrado al límite.
​Esteban intentó girarse para abrazarlo, para comprobar si era de carne o si solo era un fantasma, pero sus piernas no respondieron. Estaba paralizado, clavado al suelo del sueño.
​—Me construiste un altar, Esteban —dijo Edu desde el reflejo. Su voz no sonaba en la habitación; resonaba directamente dentro del cráneo de Esteban, un eco metálico que le taladraba los sienes—. Pusiste mi llave, mis cosas, mi ropa... me hiciste eterno en tu pequeño infierno privado.
​—¡Porque estás muerto! —logró gritar Esteban en el sueño, con la voz desgarrada, sintiendo que las lágrimas le quemaban las mejillas—. ¡Me dejaste solo en este maldito mundo!
​Edu sonrió, pero fue una mueca cruel y distante. Levantó una mano enguantada y la apoyó contra el cristal del espejo desde el otro lado.
​—Yo nunca me fui, amor —susurró el reflejo, mientras la superficie del espejo comenzaba a agrietarse con un ruido seco, estallando en miles de fragmentos afilados—. Solo vine a asegurarme de que el único que te destruye... sea yo.
​Con un movimiento violento, el reflejo de Edu atravesó el vidrio roto. Los pedazos de cristal volaron por el aire, cortando la piel de Esteban en el sueño, abriéndole surcos de sangre caliente por los brazos y el rostro, mientras los brazos fríos de Edu lo rodeaban por la cintura en un abrazo que era, al mismo tiempo, una llave de estrangulamiento.
​Esteban abrió los ojos de golpe.
​Se incorporó con un alarido desgarrador, manoteando el aire frente a él, intentando quitarse de encima los cristales invisibles. Tenía el pecho agitado, la garganta seca como papel de lija y el cuerpo bañado en un sudor helado que lo hacía tiritar de frío.
​El silencio de la madrugada real lo recibió como un golpe en el estómago.
​Pero esta vez no fue una voz en la nuca lo que lo hizo congelarse. Fue un sonido real.
​Clic.
​El sonido metálico y lejano de la puerta principal de la mansión abriéndose con total lentitud, como si alguien, con una paciencia infinita, acabara de girar el pestillo desde el interior.



#5120 en Novela romántica
#1458 en Chick lit

En el texto hay: drogas mafia muertes

Editado: 06.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.