La puerta del estudio se cerró con un golpe sordo, empujada por la misma urgencia ciega que los había arrastrado hacia el interior de la habitación. No hubo tiempo para precauciones, ni para palabras medidas. En ese universo reducido a cuatro paredes oscuras, el rey y el lobo volvieron a chocar como dos fuerzas destinadas a destruirse mutuamente.
Esteban lo empujó contra el borde del escritorio con una fuerza brutal, haciendo que los papeles, la taza rota y las reliquias del altar retumbaran sobre la madera. Edu no retrocedió ni un centímetro; al contrario, dejó escapar una risa grave, un sonido ronco que se perdió contra la boca de Esteban cuando este lo estrelló en un beso desesperado, casi violento, que sabía a advertencia y a hambre atrasada.
Las manos de Edu se abrieron camino por debajo de la camisa de Esteban, arañándole la piel con uñas firmes, marcando su territorio con la misma desesperación con la que había gobernado en su ausencia.
—Me dejaste llorando ante un altar de mentiras, Edu —murmuró Esteban contra sus labios, deteniéndose apenas un segundo, con los ojos oscuros inyectados en una furia magnética mientras le aprisionaba las muñecas contra la madera—. Me hiciste sufrir el peso de tu tumba.
Edu inclinó la cabeza, ladeando una sonrisa desafiante y arrogante que encendía cualquier chispa de locura en el pecho de Esteban.
—Y tú me construiste un santuario digno de un dios oscuro —respondió Edu con voz áspera, arqueando la espalda para acortar la distancia—. Los reyes caen, lobo, pero los verdaderos monstruos siempre regresan para reclamar el trono. Y el nuestro está aquí.
La tensión estalló por completo. La ropa quedó en el suelo hecha jirones bajo las manos impacientes de ambos, en una entrega donde el dolor de las semanas pasadas se transformó en una posesión voraz. Cada caricia era una marca, cada golpe de piel contra piel una forma de borrar el vacío del abismo. No había ternura, porque lo suyo nunca había sido suave; era un romance de depredadores, un pacto sellado con sudor, respiraciones cortadas y la certeza absoluta de que ninguno de los dos sobreviviría sin el otro.
Horas después, cuando la tormenta física se aquietó y la habitación quedó en silencio, solo se escuchaba el compás a rítmico de sus respiraciones entrelazadas.
Esteban yacía de espaldas en la cama deshecha, con el brazo de Edu pesado sobre su pecho, sintiendo el latido firme de su corazón contra su piel. Sus dedos jugaban distraídamente con los mechones húmedos del cabello de Edu, mientras su mirada se perdía en la penumbra del techo.
—Los enemigos que te obligaron a desaparecer... siguen ahí afuera, ¿verdad? —preguntó Esteban con voz baja, fría y letal, un tono que hacía temblar a cualquiera en el bajo mundo, pero que para el hombre a su lado era solo una promesa de guerra.
Edu levantó la vista, apoyando la barbilla en el pecho de Esteban, con una chispa peligrosa brillando en sus ojos oscuros.
—Están esperándome, creyendo que el juego terminó —respondió Edu con una sonrisa calculadora—. Pero no sabían que el lobo y el rey iban a volver a juntarse.
Esteban inclinó el rostro, rozando la punta de su nariz contra la de Edu, antes de morderle suavemente el labio inferior hasta sacarle una mueca de aprobación.
—Entonces que preparen sus tumbas —susurró Esteban, con una sonrisa salvaje—. Porque esta vez la cacería la empezamos nosotros.