La primera luz del alba se filtró por las rendijas de los ventanales, arrojando una claridad fría sobre los restos de la noche anterior. En el suelo del estudio, la camisa desgarrada y los papeles esparcidos daban testimonio de la tormenta que había sacudido la mansión.
Esteban estaba de pie frente al ventanal con una taza de café humeante entre las manos. Su expresión era un mapa de hielo y cálculo; el dolor y la locura de las semanas pasadas se habían evaporado, reemplazados por la fría eficiencia del capo que gobernaba el bajo mundo. Ya no era el hombre que lloraba ante un altar en penumbras. El lobo había recuperado su trono, y con él, el apetito de sangre.
A sus espaldas, la cama crujió. Unos brazos firmes se cerraron alrededor de su cintura, y el calor del cuerpo de Edu se pegó a su espalda, con el mentón apoyado cómodamente en su hombro.
—Pensé que te encontraría hojeando papeles de contabilidad o revisando cámaras de seguridad, no contemplando el amanecer como un poeta trágico —susurró Edu, rozando con los labios la piel de su cuello.
Esteban no se inmutó, aunque una sonrisa leve y torcida curvó la comisura de sus labios.
—Estaba haciendo cuentas, Edu —respondió Esteban con voz ronca, dando un sorbo lento al café—. Calculando exactamente a quiénes tenemos que borrar del mapa antes de que se enteren de que el rey resucitó.
Edu dejó escapar una carcajada baja, un sonido oscuro que vibró contra la espalda de Esteban. Se separó lo justo para caminar hacia el escritorio, donde los restos del altar improvisado —la llave de hierro, las fotografías y la taza rota— todavía reposaban sobre la madera. Edu tomó la llave entre sus dedos, haciéndola girar con una familiaridad peligrosa.
—Los cabecillas de la red que me tendió la trampa siguen creyendo que ganaron —dijo Edu, con los ojos oscuros brillando de pura ambición—. Creen que el accidente en el acantilado descabezó nuestra organización. No saben que solo nos dieron el pretexto perfecto para limpiar la mesa.
Esteban se giró, dejando la taza sobre la repisa, y se acercó a él con pasos felinos hasta acorralarlo contra el borde del escritorio. Le arrebató la llave de los dedos, arrojándola descuidadamente sobre la madera, y atrapó la mandíbula de Edu con firmeza.
—La próxima vez que decidas jugar a los muertitos para cazar ratas, me avisas —advirtió Esteban, con una mezcla de advertencia letal y deseo en la mirada—. No pienso volver a construir un altar para ti, ¿queda claro?
Edu sonrió, desafiante y arrogante, inclinándose para morderle el labio con posesión.
—Entendido, lobo. Pero te quedaba bien el papel de viuda desconsolada.
—Cierra la boca —replicó Esteban antes de estrellar sus labios contra los suyos en un beso rápido y hambriento—. Tenemos una reunión con los capos del este. Es hora de hacerles saber quiénes mandan en este tablero.
Edu se apartó despacio, acomodándose el cuello de la camisa con una elegancia imperturbable mientras una sonrisa calculadora cruzaba su rostro.
—Vamos entonces a cobrar la renta.