Peligrosamente tuyo

Capítulo 10:La Corona de Cenizas

El salón de juntas del este olía a tabaco caro, a miedo y al sudor frío de media docena de hombres que creían que el trono había quedado vacante.
​Las puertas de roble masivo se abrieron con un golpe seco que resonó en las paredes de caoba. Ninguno de los capos reunidos alrededor de la larga mesa se atrevió a respirar cuando las siluetas cruzaron el umbral.
​Primero entró Esteban. Su andar era el de un depredador que caminaba con total seguridad sobre un terreno conquistado, la mirada fría y calculadora clavada al frente, con esa autoridad letal que hacía que los más veteranos bajaran la vista de inmediato.
​Y detrás de él, con las manos relajadas en los bolsillos del abrigo y una sonrisa cínica, mortalmente elegante, apareció Edu.
​El murmullo de sorpresa y pánico que recorrió la sala fue instantáneo. Varios hombres se pusieron de pie de un salto, con los rostros descompuestos por el horror, como si estuvieran viendo a un fantasma caminar directo hacia ellos desde el fondo del mar.
​—Buenas noches, caballeros —dijo Edu, con esa voz profunda y magnética que cortaba el aire como una cuchilla, avanzando hasta la cabecera de la mesa—. Qué caras tan pálidas. ¿Acaso esperaban a alguien más?
​Uno de los capos más jóvenes, temblando de los nudillos, intentó balbucear una excusa mientras su mano se deslizaba hacia la pistola oculta bajo su saco.
​—T-tú... dijeron que habías caído en el acantilado... que el auto...
​Antes de que pudiera terminar la frase, Esteban ya se había movido con una velocidad felina. En un segundo cruzó la distancia que los separaba, lo sacó de su asiento por el cuello de la camisa y le estrelló la cabeza contra la madera de la mesa con un ruido sordo, inmovilizándolo al instante con el cañón de su arma fría contra la sien.
​La sala entera se quedó en un silencio sepulcral. Nadie se atrevió a parpadear.
​—El rey no se cae solo, imbécil —escupió Esteban con voz helada, sin apartar los ojos oscuros y despiadados del hombre aterrorizado—. Y el lobo no permite que ningún carroñero se acerque a su territorio.
​Edu se acercó con calma impecable, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa frente a los capos paralizados, inclinándose hacia adelante con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
​—El juego terminó —sentenció Edu con una suavidad aterradora—. O se arrodillan ahora mismo, o convertimos este lugar en la fosa común que me prepararon.
​No hizo falta decir una sola palabra más. Uno a uno, los hombres comenzaron a bajar la cabeza, doblando las rodillas ante el único rey y su lobo, sellando con su rendición un imperio construido sobre sangre, fuego y una obsesión que nadie volvería a desafiar jamás.



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En el texto hay: drogas mafia muertes

Editado: 06.08.2026

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