El silencio que siguió a la rendición no fue de paz, sino de un dominio absoluto. Las armas volvieron a sus fundas y los capos, con las rodillas aún temblando contra la alfombra persa, esperaron la sentencia. Esteban mantuvo el cañón de su pistola apoyado contra la sien del joven insolente unos segundos más, disfrutando del temblor en el cuerpo del muchacho antes de empujarlo con desprecio hacia el suelo.
—Levántense —ordenó Edu, incorporándose con elegancia y alisándose las solapas del abrigo—. La reunión formal comienza ahora. Pero esta vez, las reglas las dictamos nosotros.
Los hombres ocuparon sus asientos con extrema cautela. Ninguno se atrevía a mirar a los ojos al hombre al que daban por muerto en el fondo del mar.
—Cometieron un error de cálculo imperdonable —continuó Edu, paseando su mirada por los rostros pálidos de los jefes regionales—. Pensaron que la caída de un líder significaba el colapso de la estructura. No entendieron que esto no es una empresa: es una hermandad de sangre, y nuestra sangre no se ahoga tan fác