La madrugada no trajo descanso al imperio. Mientras la ciudad dormía ignorando los hilos que la sostenían, el despacho privado de Edu se había convertido en un centro de operaciones tácticas. Las cortinas de terciopelo negro bloqueaban la vista de la calle, y sobre la mesa de caoba se extendían mapas topográficos, planos de puertos y expedientes detallados de los carteles rivales que operaban en el sur.
Esteban revisaba las municiones de su fusil de asalto con movimientos mecánicos, precisos y letales. Cada clic metálico resonaba en la habitación como el segundero de un reloj que marcaba la cuenta regresiva para los enemigos.
—Los reportes de la madrugada confirman que los hermanos Silva se reunirían en su hacienda principal al amanecer —anunció Esteban sin apartar la vista del arma—. Creen que con la supuesta caída de Edu en el acantilado, las rutas del sur ya no tienen dueño.
Edu, de pie frente al ventanal con una taza de café humeante entre las manos, contemplaba el horizonte donde el cielo comenzaba a teñirse de un gris ceniciento. Su expresión era la calma absoluta antes del impacto.
—Se equivocaron de siglo si pensaban que podían robarse nuestro reino mientras dormíamos —respondió Edu con voz gélida, girándose lentamente hacia su compañero—. Prepara al escuadrón. Hoy el sur va a aprender qué significa despertar a la bestia.
A las cinco y cuarto de la mañana, la tranquilidad campestre de la hacienda de los Silva se hizo añicos.
Los portones de seguridad blindados no resistieron ni tres segundos ante la carga explosiva colocada por los hombres de Esteban. El sonido de la detonación hizo que los guardias del perímetro cayeran en el desconcierto total, intentando organizar una defensa improvisada mientras las siluetas oscuras y armadas penetraban en la propiedad como una marea implacable.
Dentro de la mansión, el patriarca de los Silva y sus lugartenientes se levantaron sobresaltados, con las armas en la mano y los rostros desfigurados por el pánico al ver las cámaras de seguridad.
—¡¿Cómo diablos entraron?! ¡Dijeron que estaban muertos! —gritó uno de los hermanos Silva, empujando una mesa para crear una barricada en el vestíbulo principal.
Las puertas principales de la mansión se abrieron de una patada seca. No hubo negociaciones ni advertencias.
Esteban entró disparando con una precisión quirúrgica, neutralizando a los dos primeros guardias antes de que pudieran levantar los cañones. Detrás de él, caminando con la misma elegancia mortal que en el salón de juntas, apareció Edu. Su abrigo oscuro ondeaba ligeramente con la brisa matutina que entraba por el umbral destrozado.En menos de diez minutos, la resistencia de los Silva había sido completamente aplastada. Los capos del sur yacían de rodillas sobre el mármol del vestíbulo, rodeados por el humo acre de la pólvora y el eco de los disparos recientes.
El líder de los Silva, sangrando por una herida superficial en la frente, levantó la vista con odio puro destellando en sus ojos inyectados en sangre.
—Esto... esto es una masacre... No se saldrán con la suya... Las familias del este se nos unirán...
Edu se agachó lentamente frente a él, quedando a su misma altura. Su sonrisa cínica cortaba el aire con más filo que cualquier navaja.
—Las familias del este ya aprendieron su lección anoche —susurró Edu, tomando al hombre del cuello de la camisa con una fuerza brutal y acercándolo a su rostro—. Y tú cometiste el peor error de tu vida al creer que podías repartirte un botín que todavía tiene dueño.
—El juego se acabó, Silva —remató Esteban, apoyando la culata de su arma contra el hombro del prisionero mientras lo apuntaba directamente al pecho.
Edu se puso de pie, sacudiéndose las manos con desdén, y miró hacia los pocos sobrevivientes que temblaban en las esquinas.
—Llamen a todos los jefes de la región y transmítanles este mensaje en vivo —ordenó Edu con una frialdad absoluta—. El imperio del este no solo sigue de pie; ahora extiende sus fronteras