Penitencia de un caballero

CAPÍTULO 1 ENCUENTRO

—¡Damas y caballeros! —exclamó el orador—. Hoy presenciarán la ejecución de estos cinco bastardos.

En una amplia plaza, con suelo casi tan blanco como la nieve, no cabía ni un alma más; todos querían ver de primera mano el final de los cinco sujetos que tenían ante sus ojos.

Un cadalso se alzaba en medio de la multitud; se escuchaba cómo crujía su madera con cada paso que daban, mientras que las campanas de la iglesia de la ciudad retumbaban con desdén.

—Empecemos de una buena vez —dictó el orador—. En primer lugar, el konchū, llamado «La Gran Mente»; la Primera Lanza, con su vasto conocimiento, dejó a Cartago vulnerable ante ataques de los rebeldes.

Una sombra del tamaño de dos hombres fue la primera que se posó ante el público, un ser de complexión delgada, seis brazos y un par de antenas más semejantes a un par de plumas.

Las campanas cesaron, después de eso no hubo ruido alguno; únicamente se podía escuchar el silbido del viento aullar, mientras que, sin pausa alguna, el orador prosiguió:

—En segundo lugar: la hermosa semihumana conocida como «La Ejecutora»; la Segunda Lanza del Rey provocó diferentes incidencias a través de todo el reino, devastando la ciudad de Nero.

Una segunda figura se hizo presente, la cual poseía una larga cola y un par de orejas puntiagudas, con un par de ojos los cuales, quien los viera de frente, inevitablemente sentía una corriente eléctrica recorrer toda su columna.

El orador continuó:

—El tercer caballero, apodado «Muerte Carmesí»; el pobre desgraciado trató de asesinar al General del Vacío, fracasando de forma estruendosa, dejando como daño colateral la destrucción de la gran ciudad de Miria.

La tercera sombra se puso a un costado de los otros dos, tenía la mirada clavada hacia el suelo, una mirada cansada, agotada; pero aun así, trataba de liberar sus muñecas y tobillos, las cuales estaban prisioneras por un par de cadenas blancas que brillaban como el sol y temblaban del esfuerzo generado.

—El cuarto bastardo, el mestizo, llamado «Frenesí»; el sádico este destazó a dos comandantes junto con sus batallones, impidiendo que pudieran ser sepultados con dignidad... no dejó ni un hueso.

La madera crujió tanto que dio la impresión de que se rompería en cualquier momento, pero no fue así; un ser del tamaño y musculatura de un oso se posó frente al público, poseyendo un par de cuernos negros como el carbón.

—Y el último, pero no menos importante, el quinto...

Un gran rugido resonó en toda la amplia plaza, haciendo que todo el poblado se tapara los oídos, resultando ser un bostezo del cuarto condenado.

—¡Carajo, esto ya tardó demasiado! —se quejó el cuarto caballero, crujiendo sus dientes.

—¡Tercero! ¿¡Qué es lo que estás esperando!? —La semihumana miró sus ataduras—. Estas cadenas me están drenando toda la energía que aún me quedaba.

—Lo que estoy esperando es que se callen, par de idiotas —reprochó el tercer caballero—. Ya casi lo descifro, denme un par de segundos.

—Como va el orador, Tercero, nos doy unos veintidós segundos más antes de ser colgados —añadió el primer caballero.

—Cuarteto de pendejos, ¡cállense! Dejen que el orador me presente.

El orador se quedó tieso, esperando que cualquiera de los condenados hiciera un movimiento, pero viendo que todo estaba en orden, siguió con su rol.

—Ejem, bueno, como decía: el quinto traidor, llamado «Ojo de Halcón»; este egocéntrico de mierda se unió a los rebeldes, planeando derrocar al rey.

La última figura se hizo presente, sonriendo, mientras dejaba ver una mirada llena de confianza y orgullo, mientras veía a todo el público, guiñando el ojo a todas aquellas jóvenes que alcanzaba a ver.

No muy lejos de ahí se encontraba una persona, un ser que vestía una majestuosa toga blanca y pálida, decorada en parte por piezas de armadura; sus ojos cubiertos por una fina tela.

—Todos creíamos conocer a estos valientes guerreros, pero ahora saben su verdadera naturaleza, la naturaleza de unos monstruos que se sentían intocables y ahora terminarán en la basura con la demás escoria.

Cinco figuras estaban frente a todos, a cada una de ellas se les había colocado la soga al cuello, ninguno habló, ni siquiera se quejaron; nunca apartaron la mirada hacia enfrente.

—Verdugo, hazlo.

El verdugo tiró de la palanca. En menos de un parpadeo, los condenados cayeron, y simplemente se pudo escuchar cómo las cadenas se sacudieron violentamente, mientras que el público se quedó anonadado por la escena que tenían frente a ellos.

Unos meses antes de la ejecución...

En un campo donde se había librado una guerra, un hombre luchaba por su vida. ¿Esto debería haber pasado? ¿Acaso era un error? Aquel hombre debía haber muerto en la batalla, pero no fue así.

«Mmm, esto es bastante extraño. Se siente tan reconfortante, pero siento un pequeño hormigueo en mi espalda... ¿Es acaso un sueño? Debo despertar ahora mismo. ¡Vamos! ¡Despierta! ¡Despierta!».

—¿Eh?

«¿Dónde estoy? ¿Y qué hago aquí? Este lugar es como un lienzo en blanco; no hay nada ni nadie. Solo puedo ver un gran vacío. ¿Aún no me he despertado o acaso esto es...?».



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En el texto hay: violecia, filosofa, debates

Editado: 07.02.2026

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