Penitencia de un caballero

CAPÍTULO 8 UNA PROMESA NO SE ROMPE

—Me parece impresionante que el solitario Cuervo esté acompañado por un adorable canario.

Corvus se puso frente a Miko, sin quitarle la mirada de encima a Gong, y dijo:

—¿Reunir a las lanzas después de tanto tiempo? ¿Por qué? Explícate.

—¿¡Qué!? Tú eres el que debería dar explicaciones: ¿por qué carajos perdiste una batalla tan fácil de ganar hace algunas semanas? Me lo hubiera esperado de las otras lanzas, pero tú, "el capitán de las lanzas", no debiste perder de una forma tan patética...

—Cuida tus palabras, anciano. La misión pendiente la acabaré de inmediato, así que no molestes.

—¡Ja! No sé si lo sepas, pero te dieron por muerto en tu última batalla, así que me encargaron acabar con lo que tú no pudiste.

Gong se había puesto frente a frente con Corvus, mirándolo fijamente; se podía oír el rechinar de sus dientes y sus venas estaban a punto de explotar.

Corvus le devolvió el gesto de igual forma; ambos estaban frente a frente, la tensión era tal que la pobre Miko estaba a punto de desmayarse.

«E-es como si dos volcanes estuvieran a punto de estallar; esto no es nada bueno. Cada célula de mi ser me pide a gritos que salga de aquí corriendo, p-pero no puedo mover ni un dedo».

Miko no podía dejar de temblar; su corazón estaba gritando de miedo; cada latido que daba era un pesado golpe en el pecho.

—¿Crees que te tengo miedo? Han pasado tres años desde que nos enfrentamos; no soy el mismo desde aquella vez —arremetió Corvus mientras apretaba los puños.

—¿Y en verdad crees que eso haga la diferencia? Nos hemos enfrentado 273 veces y 273 veces has perdido, Corvus. Deberías saber que un hombre debe ser dueño de su silencio, porque puede ser esclavo de sus palabras.

Ninguno se estaba moviendo, pero la energía de ambos estaba chocando: Corvus emanaba una espesa oscuridad y Gong unas abrazadoras llamas.

Llama y oscuridad estaban desbordando de cada uno de ellos y no solo Miko lo estaba sintiendo, sino también toda la posada; incluso fuera de ella podían sentir la montuosa energía que salía de forma violenta.

En cualquier momento se podía desatar una pelea, y ambos lo sabían, pero por un breve momento Corvus volteó a ver a Miko, la cual estaba totalmente aterrorizada.

Corvus dejó salir un pequeño suspiro y, con resignación, dijo:

—Muy bien. Si quieres que realice esta misión, al menos tienes que darme alguna pista de dónde encontrar a las demás lanzas.

—¡Ja! ¿Corvus logró contenerse? Increíble —balbuceó Gong.

Gong se quedó perplejo; perdió la compostura por unos escasos segundos. Él estaba preparado para todo menos para una plática pacífica.

—Egham, como sabrás, el rey hace cinco años dio la orden de que las lanzas se dividieran para así poder abarcar más área en todo el país y, bueno, digamos que no fue la mejor idea.

—¿Mala idea? ¿Dejar a cinco genocidas esparcidos por todo el reino? Fue una estupidez.

—Lo que sucedió es que, con el paso del tiempo, perdimos toda comunicación con las lanzas. Primero fue el cuarto y el último fue el quinto; tú eras el único que aún se comunicaba con nosotros, pero después de que se te dio por muerto —era oficial— habíamos perdido todo contacto con las lanzas y eso fue la gota que derramó el vaso.

—Lo que estoy entendiendo es que los perros salieron corriendo con todo y collar, pero ahora el dueño los quiere de regreso.

—Algo así. Es por eso que ahora tienes la misión de volver a reunirlas y llevarlas a Cartago, en una pieza, si no es mucho pedir.

—Me estás pidiendo una tarea titánicamente difícil. En cuanto me vean, tratarán de matarme; no son idiotas, tendrán una idea del porqué las estoy buscando.

—Lo sé, lo sé, pero eres el único que puede hacerlo, el único que tiene la suficiente voluntad para domar a esos bastardos. Además, ya las has derrotado una vez; puedes lograrlo otra vez.

—Jódete, Gong. El hecho de que las haya mantenido a raya una vez no garantiza que lo vuelva a lograr.

—Lo lamento, Corvus, pero este fue el rol que te fue dado; no puedes hacer nada más.

—Entonces dime: ¿dónde pueden estar cuatro malnacidos en este reino?

—Te facilitaré un poco las cosas y te diré dónde fueron vistos por última vez.

Gong sacó un mapa que tenía guardado en un bolsillo, lo puso en la mesa y empezó a explicar dónde se encontraba cada lanza.

—Escucha: la primera lanza se encuentra en la ciudad de Kashikoi; la segunda lanza se encuentra en la ciudad de Nero; la cuarta lanza está en la ciudad de Tánatos; y, por último, la quinta lanza se encuentra en la ciudad de Faucon.

—Hm, quedan bastante lejos una de la otra; me tomará algo de tiempo, pero eso es lo de menos.

—Trata de causar el menor caos posible. Son ciudades importantes para Cartago, así que si no quieres hacer enojar al rey, trata de minimizar el daño colateral.

—No hagas esto más tedioso, Gong.

—Y una cosa más, Corvus: tienes como mucho ocho meses para cumplir con esta tarea.

—¿Eh? ¿Y eso a qué se debe?

—Solo haz lo que te digo y no te lo tomes tan a la ligera. Ya me tengo que marchar; te estaré esperando en Cartago. Suerte.

Gong, de un destello, desapareció dejando solo una quemadura en el suelo, mientras que toda la tensión fue desapareciendo poco a poco. Miko apenas empezaba a recuperar la compostura, mientras que Corvus se sentó en un sillón y se agarró la cabeza.

—¡Mierda!

—¿C-Corvus?

—Esto en verdad es bastante irritante.

—¿Qué es lo que acaba de pasar? ¿Me lo puedes explicar? Es demasiada información para digerir.

—Como escuchaste, Miko: soy la tercera lanza del rey; soy uno de los causantes de que este país esté en la mierda.

—¿Pero cómo? Me niego a creer que tú seas alguien tan malo.

—Eso no importa ahora; lo importante es que tengo una misión que cumplir y la cumpliré. Tendré que ir a cazar a mis excompañeros.

—¿Que acaso no hay otra opción?



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En el texto hay: violecia, filosofa, debates

Editado: 15.03.2026

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