Corvus se encontraba rodeado, todos los presentes estaban atentos a cualquier movimiento, las bestias lo miraban con curiosidad, como si fuera una criatura extraña.
—¿Qué hace una lanza del rey en un lugar así? —se cuestionó la bestia perro.
—¿Cómo es que sabes sobre las lanzas? Pensé que solamente eras un perro rastrero.
—No es solo por tu físico, ese olor que emanas únicamente lo había percibido un par de veces: el olor de un monstruo.
—Y aun así apuntas tu espada contra mí, ¿acaso eres idiota?
—Pero ver a una lanza en acción... oh, no hay precio para eso. —Sonrió de oreja a oreja la bestia perro.
Por otro lado, Miko recorría el estrecho pasillo. Ya había liberado a varias personas y seguía haciéndolo, pasando celda por celda, rompiendo los candados con su espada.
—Muchas gracias por liberarme, señor. —Agradeció uno de los prisioneros.
—No soy un señor, y de nada. —Respondió Miko con algo de vergüenza.
De un momento a otro, el pasillo se llenó de ecos de gritos, del sonido de la carne desgarrándose y la sangre fluyendo, todo esto provenía del salón principal.
«¿Qué estará haciendo Corvus? No me lo quiero imaginar... concéntrate, ya no ha de faltar muchas celdas».
Los pensamientos de Miko fueron interrumpidos por un par de bestias que se encontraban casi al final del pasillo. Una de ellas intentó atacar a Miko, pero esta, a duras penas, logró esquivarlo.
«Rayos, no puedo retroceder, tengo detrás de mí a personas y niños indefensos. Solamente yo puedo defenderlos. Nunca he matado a alguien, o al menos que yo recuerde, pero... si yo no los protejo, ¿quién lo hará?».
Sin pensarlo dos veces, Miko se dispuso a pelear con ambas bestias. Su manejo de la espada era tan precario que tenía muchas aperturas, y lo peor era que su espada, de vez en cuando, chocaba con las paredes del estrecho pasillo.
«Carajo, esto no es bueno. Si sigo así me matarán y todo esto habrá sido en vano».
Las bestias aprovecharon la situación y atacaron a Miko, pero, por suerte, ella llevaba la armadura de Corvus, haciendo que todo ataque que recibiera fuera repelido.
«Menos mal que Corvus me dio su armadura; de otra forma ya estaría muerta».
Intercambiaron un par de golpes y, después de un rato, Miko logró herir gravemente a las bestias. En un acto de desesperación, una de ellas cubrió su arma en intensas llamas, logrando así perforar la armadura y cortando un lado del abdomen de Miko.
—¡Ahhh!
«Debo matar a estas bestias, ellas no son humanos, no son como yo. Es como estar de caza, es por sobrevivir».
Miko podía sentir perfectamente cómo su carne ardía y cómo el calor de su propia sangre la empezaba a envolver, pero, habiéndose quitado toda duda, realizó un tajo con todas sus fuerzas, matando a ambas bestias.
—¿Está bien, señor?
—Ah, ah... sí, estoy bien, sigamos avanzando.
Como pudo, Miko siguió su camino. Se encontró con un par de personas de su aldea y, al quitarse el casco, rápidamente la reconocieron.
—¿¡Miko!? —exclamaron todos al mismo tiempo.
—Ohhh, entonces en verdad no era un señor. —Dijo sorprendido uno de los rescatados.
Cortando sus grilletes con su espada, recibieron a Miko con un fuerte abrazo.
—Me alegro mucho de verlos sanos y salvos. —Las lágrimas de Miko no dejaban de caer.
—¿Cómo es que estás aquí? ¿Y por qué tienes esa armadura puesta?
—No es momento para eso, tenemos que darnos prisa. Luego les responderé todas las preguntas que quieran.
Miko, ya habiendo rescatado a todas las personas que encontró, los guio hacia la salida. Llegaron a la estrecha entrada, pero antes de alcanzarla vieron un charco de sangre, corriendo rápidamente tratando de salir de ahí.
—Co-¿Corvus?
Cientos de partes de bestias estaban repartidas por toda la mansión: en el techo, paredes y en el suelo, mientras que Corvus tenía agarrada a la bestia perro del cuello.
—¿Miko, qué es lo que está pasando? —preguntó uno de los cautivos, horrorizado por la escena.
—Lo que pasó fue que un lobo se divirtió con las ovejas. —Respondió un anciano con desagrado en su rostro.
—Esto me recuerda aquella vez en la aldea.
Corvus se percató de la presencia de Miko y de los demás. Estaba a punto de hacer desaparecer su lanza para que pudieran salir, pero, de pronto, las gigantescas puertas se abrieron de golpe.
—Ahora entiendo el porqué de esas puertas. —Dijo Corvus con asombro.
De entre la puerta de la mansión surgió una figura titánica, tan grande que hizo ver a la mansión como una pequeña casa de perro.
—Esclavista, señor... lo siento. —La bestia perro, a duras penas, estaba consciente.
Resultó ser una bestia bisonte, con un pelaje tan denso que no dejaba ver ni un poco de su verdadera forma, un par de cuernos negros como la obsidiana y con músculos igual de grandes que una persona.
—Esto es un desastre, tardaré mucho en limpiar todo esto.
—Se-Señor, acabe con la lanza del rey… —Fueron las últimas palabras de la bestia perro antes de ser estampada contra la pared.
—¿Una lanza del rey? ¿Se refiere a ese enano? Pensé que las temibles lanzas del rey serían más grandes, más intimidantes, pero solo eres una pequeña hormiga enclenque.
—No te preocupes, puedo presentarte a una lanza que cumpla con tus estándares. —Respondió Corvus, con tranquilidad.
La bestia rápidamente le acertó un poderoso golpe a Corvus, mandándolo a chocar contra la pared.
—¿Cómo hacen las bestias tan grandes para ser tan rápidas?
Corvus se encontraba clavado en una de las paredes de la mansión, mientras de su boca salía sangre, al igual que de su frente.
—Sigues vivo, ¿eh? Después de todo sí eres algo fuerte.
De un pequeño empujón, Corvus se quitó de la pared. Mirando a la bestia con curiosidad y dejando salir una pequeña sonrisa, dijo:
—Hazme un favor, bestia, y no mueras rápido.
Editado: 15.03.2026