Penitencia de un caballero

CAPÍTULO 14 EL NACIMIENTO DE UNA HERMOSA FLAMA

Era un resplandeciente día, las aves cantaban, las flores florecían y en un hospital de una ciudad, una madre daba a luz.

—¡Vamos señora!, ya casi lo logra. —gritaba una enfermera, la cual estaba ayudando al parto.

—¡Buaa!, ¡bua!

—Es una hermosa niña, una bella semi humana, bebería estar orgullosa… ¿señora?

La pobre recién madre, estaba perdiendo demasiada sangre, todos se pusieron nerviosos, y empezaron a pedir a más personal.

—¡Traigan bolsas de sangre! —grito la enfermera, que entre sus brazos traía aún a la niña recién nacida.

—Quiero verla… —dijo la madre con las pocas fuerzas que le quedaban.

—¿Qué ha dicho?

—Quiero ver a mi hija… se lo suplico, déjeme verla.

La enfermera, sin más remedio, cumplió con la petición de la moribunda mujer, la cual al verla; lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas.

—Ti-Tienes los ojos de tu padre, y ese olor, hueles tan bien, era de esperarse. —dijo la madre, mientras le sonreía gentilmente a su hija.

La recién nacida, empezó a llorar desconsoladamente, gracias a todo el ruido que generaban los doctores.

—No llores, mamá está aquí, incluso llorando, te ves hermosa, ja, ja.

La bebe, al oír la pequeña risa de su mamá, se calmó de golpe, quedándose dormida, y poco después, igual que su madre, quedándose acurrucadas la una de la otra.

—¿¡Señora!?, ¿¡señora!?, no, no se rinda, ya estamos listos para la trasfusión.

La joven madre nunca despertó, pero incluso con todas sus complicaciones, la hija nació fuerte y sana.

En una de las habitaciones del hospital, un doctor y una enfermera se encontraban hablando, contemplando una cuna, donde se encontraba la niña semi humana.

—Entonces, ¿dices que su madre no sobrevivió al parto? —preguntó un doctor, el cual estaba viendo a la niña en su cuna, durmiendo.

—Desafortunadamente, así fue, tratamos, pero por más que lo intentamos… Murió.

La enfermera, que había ayudado al parto, se estaba limpiando sus lágrimas de las mejillas.

—Entonces, ¿cómo la llamaremos?

—Su madre se llamaba Jean.

—¿Jean?, es un bonito nombre, ¿por qué no le ponemos ese nombre?

De pronto Jean empezó a llorar, pero rápidamente la enfermera la cargo con suma gentileza, arrullándola, tratando de apaciguar su llanto.

—No llores, Jean, todo va a estar bien.

De la nada, una puerta fue azotada, un hombre con sudor en la frente, cara pálida y ojeras, aparecía en la habitación donde se encontraban el doctor y la enfermera.

—¿Señor, está bien? —pregunto la enfermera, estando bastante asustada.

El hombre con ojos marrones, pelirrojo, estaba tratando de recuperar la respiración.

—Mi hermana, ¿dónde está?

—¿Quién es su hermana?, y ¿quién es usted?

—Mi nombre es Deo, el nombre de mi hermana es Jean, me quede dormido en la sala de espera, dígame que está bien.

La enfermera estaba a punto de decirle lo que había sucedido, pero el doctor la detuvo, poniendo su mano en el hombro.

—Yo lo hago, tú quédate a tranquilizar a la niña.

La enfermera simplemente asintió, mientras que el doctor se llevó al hombre fuera de la habitación. Un grito se escuchó después de unos segundos, un grito lleno de rabia y que a los segundos empezó a quebrarse.

—Señor, sé que no es el momento más adecuado, pero es necesario, necesito que me conteste unas preguntas. —dijo el doctor, mientras únicamente podía ver como se rompía un hombre, frente a él.

—¿¡POR QUÉ!? —Deo era un mar de lágrimas.

—Señor, necesito saber donde se encuentra el padre de la niña.

—Su-su padre… murió en el golpe de Estado que dio el actual rey Nerón.

—¿Eso quiere decir, que usted es el único familiar que queda?

—Sí, nuestra madre y padre ya no están, mis demás hermanos, no he sabido nada de ellos en un buen tiempo.

—Sé que la petición que le daré es muy egoísta, pero debe llevarse a esta niña lo más rápido de aquí, es una semi humana, y aunque a nosotros solamente nos interesa salvar vidas, mis jefes al verla la mandarán a quien sabe donde.

—¿Q-Que trata de decir?

—Sabe que no son bien vistos los semi humanos en este lugar, su sobrina corre un gran peligro cada segundo que está aquí.

—Quiero… quiero verla, quiero ver a la niña. —dijo el hombre, mientras se limpiaba la cara empapada de lágrimas, y se tragaba los mocos.

—Por su puesto, entremos de nuevo.

Al entrar, la enfermera le dio a Jean, la cual ya se encontraba dormida, Deo el cual recién dejaba de llorar, exploto de nuevo en llanto, al ver a Jean, haciendo que esta se volviera a despertar.

—Eres igualita a tu madre, y esos ojos, esos ojos como el oro, son idénticos a los de tu padre.

El hombre abrazó, con suma delicadeza y cariño a la pequeña Jean, haciendo que tanto el doctor y la enfermera quedaran conmovidos.

—J-Juro que te protegeré, sin importar nada, daré mi vida si es necesario, es lo que harían tus padres.

Así fue como se conocieron Jean y Deo, ambos habían perdido todo ese día, pero ambos se complementarían como el día y la noche. Deo se había determinado a darle la mejor vida que podría ofrecerle a Jean.

Pasaron los meses, ambos vivieron en una humilde aldea, su casa era igualmente humilde, pero ellos no necesitaban más, eran felices así, conviviendo de forma, algo “caótica”.

—Vamos Jean, comete tu plato de avena. —exigió Deo, tratando de meter a la fuerza una cuchara con avena a la boca de Jean, la cual estaba sentada en una silla para bebes.

—¡MHHH!

Jean no se dejaría vencer con facilidad, moviendo sus pequeños y regordetes brazos de izquierda a derecha, tratando de alejar la cuchara de su boca. Hasta que un pequeño forcejeo, Deo se acercó demasiado a Jean, haciendo que esta le diera un golpe en la mejilla.

—¡Auch! —exclamo Deo mientras se sobaba la mejilla.

—Ga, Ga, Ga. —Jean no podía dejar de reír.

—Sí que eres fuerte, me recuerdas a los golpes que me daba tu mamá cuando se enojaba. —admitió Deo mientras veía a Jean con una sonrisa.



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En el texto hay: violecia, filosofa, debates

Editado: 06.04.2026

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