En medio de un amplio desierto, se encontraba la ciudad de Terra, una hermosa y gloriosa ciudad, que a pesar de las inclemencias de la naturaleza, se alzaba de entre la arena, con una imponente figura, edificaciones gigantescas. En las puertas de aquella ciudad estaba sucediendo un altercado.
—Y dígame mi señor, ¿por qué se ha tomado la molestia de venir en persona?
Un gran grupo de personas se habían atrincherado a las puertas de Terra, mientras dos encapuchados a caballo se aproximaban a las gigantescas puertas de la ciudad.
—Ha pasado mucho desde que estoy en un enfrentamiento, quiero que al menos me dé el aire.
Los defensores de aquella ciudad, avistaron a los dos intrusos, qué desprotegidos, era un blanco fácil.
—¡¡DISPAREN!!
Aquellos que estaban defendiendo a la gran ciudad, empezaron a disparar grandes arpones encontrá de los dos sujetos, pero antes de que estas les diesen, se detuvieron en seco.
—Lo entiendo, pero no es muy adecuado que usted, el rey, intervenga en estos asuntos de forma directa.
—¿Y quién lo dice?
Los defensores habían quedado sin arpones, sin flechas, todas usada con los dos sujetos, los cuales estaban rodeados por estas, simplemente suspendidas en en aire.
—¿Qué es lo que sucede aquí?
—¿CAPITÁN?
—Se supone que para el atardecer todas esas alimañas ya estarían muertas.
—Sí, pero esos dos sujetos aparecieron.
—Ya veo…
Uno de los dos seres, bajo de caballo y se empezó a estirarse, todos los presentes, le quedaron viendo todo el acto, incrédulos.
—¿Qué planea hacer mi señor?
—Como un buen rey, trataré de dialogar. —chasqueo los dedos, haciendo que todos los arpones que los rodeaban, cayeran al suelo.
De las grandes murallas de la ciudad cayó algo increíblemente pesado, alzando gran cantidad de arena.
—Muy bien, veamos que es lo que tienen.
Cuando se pudo dispersar la cortina de arena, se pudo ver a un enorme hombre con gran musculatura, cuatro brazos, ojos verdes, al igual que su cabello, con un par de cuernos ondulados, y con poca ropa.
—Hm, con que un Hunter, ¿tú eres su “representante”?
—¡SOY EL CAPITÁN DE LA PRIMERA DIVISIÓN DE LOS CABALLEROS ANTIGUOS!
—Entonces, si eres tú, he venido a negociar la paz, dime sus peticiones y tal vez podremos llegar a un acuerdo.
—No hay negociaciones con aquellos que nos quieran subyugar.
—¿Enserió?, no creo que estés hablando por todos, hay niños, familias ahí adentro, que están a merced de lo que tú digas.
—Y es por eso que nos negamos rotundamente a sus tratos, esa es la razón por la que nos queremos independizar de Cartago, para un mejor futuro, por las siguientes generaciones.
—Mira, Terra es de suma importancia para Cartago, sus minerales que extraen de la tierra son realmente útiles, así que lleguemos a un acuerdo.
—Cartago únicamente nos utiliza, mientras ellos solamente nos dan su “protección”, esa protección que nos esclaviza.
—Terra es de suma importancia, pero no es imprescindible… son reemplazables.
—¡YA HABLAMOS MUCHO!
El hombre semidesnudo empezó a realizar movimientos con sus manos y brazos, haciendo salir de entre la arena un par de gigantescas columnas de piedra; estas estructuras se movían como una lombriz, ambas eran tan grandes como las murallas de la ciudad.
—¡¡LOMBRIZ DEVORADORA DE MUNDOS!!
—No puedo creerlo. —dijo el encapuchado mientras se llevaba la mano a la cara.
El encapuchado saco su mano y con suma tranquilidad chasqueo los dedos, haciendo que las imponentes columnas, se rompiesen en mil fragmentos. El hombre semidesnudo aprovechó y se abalanzó en contra de su oponente, dando un gran salto, preparando un poderoso puñetazo, pero este fue detenido en el aire.
—Ugh, esto fue una perdida de tiempo. —suspiro mientras veía al hombre con decepción. —Que sepas que tú, condenaste, esta ciudad.
Acto seguido, el encapuchado, con la mano de frente, únicamente extendió su dedo índice y mando a volar a su contrincante, haciendo que este chocara con las gigantescas puertas de la ciudad, tan fuerte fue el impacto, que las derrumbó.
—¡El capitán!, ayúdenlo.
El pobre capitán de la ciudad yacía en el suelo, totalmente destrozado por el impacto, con sus huesos expuestos.
—Qué suerte la mía, y yo tratando de matar el tiempo, me hubiera tomado más tiempo regar las flores de mi jardín.
—Y es por eso, que usted no debe meterse en estos asuntos.
—Ya, ya, volvamos a Cartago.
El hombre alzó su dedo nuevamente, pero esta vez apuntando hacia la ciudad, para luego subirse en su caballo y retirarse.
Dentro de la ciudad de Terra, empezó el caos, sus habitantes empezaron a ser presa del pánico. Mientras todo esto pasaba, los dos jinetes se alejaban poco a poco.
Editado: 27.04.2026