Penitencia de un caballero

CAPÍTULO 19 La llegada del invierno

En una aldea modesta, con casas de madera y caminos de terracería, rodeada por una amplia pradera, sin muros y únicamente con pequeñas torres de vigilancia cuya madera estaba podrida.

En esta aldea, los niños jugaban por las calles y las personas paseaban con tranquilidad. A las afueras de la aldea, se encontraba una granja humilde.

—¡Fiu! Me costó, pero acabé de arar esta tierra. Únicamente me tomó cuatro horas… Je.

Un hombre un tanto fornido, con su azada, trataba la tierra. Llevaba un sombrero de paja y unos tirantes de cuero. Estaba exhausto bajo el sol abrasador.

—Ten, papá, te hace falta.

—¡Oh! Gracias, Miko.

Miko, con unos pantalones cortos y una playera a cuadros, le ofrecía un vaso de agua con hielos a su padre. Él vació el vaso de una sola pasada.

—Guau, esto me reanimó de nuevo. ¡Gracias, Miko!

—Deberías descansar un poco, te puede dar un golpe de calor —dijo Miko con rostro de preocupación.

—Sabes que no puedo. El invierno se acerca y tenemos que tener todos los suministros que podamos. Pero podrías ir a la aldea y vender a Roberta.

—¿QUÉ? Me niego, Roberta aún es muy joven.

—Esa vaca tiene sus días contados. Ya no produce tanta leche como antes y, si queremos sacarle más provecho, debemos venderla.

—Pero… —suplicó Miko, como un perrito pidiendo comida.

—¿Acaso quieres que la desollemos y no la comamos?

—Entiendo, iré de inmediato.

Miko empezó a caminar a lo largo de la granja. La brisa movía de forma gentil, de un lado a otro, la plantación de trigo, que era un mar verde. Miko suspiró profundamente y se dejó llevar por el momento.

Ya en la aldea, Miko caminaba hacia el centro, llevando consigo a Roberta sujeta con una cuerda.

—Buenos días, Miko. ¿Podrías ayudarme a llevar estas tablas? —preguntó un anciano débil.

—Buenos días, Adán. Claro, déjeme ayudarlo.

Miko amarró a Roberta a un poste y ayudó al anciano, quien simplemente le pagó dándole dos panes, y siguió con sus deberes.

—Oye, Miko, ¿podrías ayudarme a recoger huevos de mi gallinero? —pidió una señora con una barriga igual a la de un barril.

—Cla-claro, le ayudo enseguida —dijo Miko, quien apenas había dado un par de pasos.

Miko entró rápidamente al gallinero, pero, por sus prisas, las gallinas enloquecieron, revoloteando e incluso algunas atacaron a la pobre. Después de unos cuantos minutos batallando, Miko logró salir del gallinero con una canasta llena de huevos, mientras ella estaba bañada de tierra y plumas.

—¡Gracias, Miko! Sé que puedo contar contigo —dijo la señora mientras le entregaba una bebida fermentada en un cuenco, junto con una gran sonrisa.

—Sí… de nada.

Roberta comía lentamente el pan que le había dado Miko, mientras que ella, igualmente, comía su pan, aún llena de tierra y plumas. Cansada, llegó a la plaza de la aldea y se sentó al lado de un árbol.

—Ugh, ¿a cuántas personas ayudé esta vez?

«Mi papá dijo que dejara de ayudar a toda persona que me lo pidiera. “Ten más temple, Miko, di que no. Si ayudas a todas las personas incondicionalmente, ¿qué pasará contigo entonces?”».

Sus pensamientos fueron interrumpidos por un joven de cabello negro largo, con un par de ojos verdes y vestimenta humilde, que se había sentado a su lado.

—¿Otra vez ayudaste a todos, verdad?

—UGHH, ¿se nota tanto?

—Vaya, creo que nunca entenderás… Espera, ese cuenco ¡huele delicioso!

—Ten, a mí ni me interesa qué tenga en su interior.

El chico tomó el cuenco y empezó a bebérselo como si nunca hubiera tomado un líquido en su vida.

—¡WOW! Te lo dio la señora Diana, ¿verdad? —preguntó el joven, con toda la boca sucia.

—Sí, le ayudé con sus gallinas. Oye, ¿no quieres comprarme a Roberta?

—¿Roberta? ¿Te refieres a esa vaca? —dijo mientras señalaba a la vaca que pastaba con tranquilidad a un par de metros de ellos.

—Sí.

—Tendré que rechazarte. ¿Qué podría hacer un herrero con una vaca?

—Y yo qué sé, cómetela si quieres. De una u otra forma terminará en el cielo de las vacas.

—JA, de acuerdo. Te la compro a dos monedas de plata y cuatro de bronce.

—Que sean tres de plata y una de bronce, y tenemos un trato —dijo Miko mientras se levantaba llena de energía.

—De acuerdo, únicamente porque me diste este ¡elixir! —exclamó el joven mientras sostenía el cuenco.

Miko se despidió de Roberta con un gentil abrazo, y su amigo hizo lo mismo. Al llegar a la granja, el sol se escondía entre las montañas y el silencio empezaba a gobernar en la oscuridad.

—¡FAMILIA! —gritó Miko al entrar de una patada a su cabaña.

—Oh, hola, Miko. La cena ya está servida —contestó su mamá, con una gentil sonrisa.

Una mujer delgada, con un vestido completo blanco, ojos azules como el mar y cabello que le llegaba a las rodillas, asemejando hilos de oro, se encontraba frente a una cacerola con agua hirviendo.

—¿Y papá?

—Se quedó dormido. Estuvo trabajando desde la primera hora de la mañana. Te estaba esperando, pero al final se fue a dormir.

—¡Mira! —exclamó Miko eufórica, mientras mostraba el dinero que había conseguido.

—Vaya, eso servirá para comprar un par de herramientas. Tu papá es un tacaño y sigue con esas herramientas oxidadas. Ve a despertarlo.

Miko entró a una de las habitaciones de la cabaña. El lugar era pequeño pero acogedor, y su papá se encontraba en una cama de madera, con paja para hacerla más cómoda.

—Ey, papá, la cena está lista —susurró Miko.

—¿Qué hizo tu madre de cenar? —preguntó su padre, aún con los ojos cerrados.

—El estofado de res que tanto te gusta.

De un momento a otro, el papá de Miko se levantó en un pestañeo. Fue como si una fuerza invisible lo propulsara fuera de su cama.

—¡¡VAMOS EN SEGUIDA!!

—¡Sí!

Ya estando todos reunidos en la mesa, empezaron a comer tranquilamente, riendo y conversando juntos. Aquella casa solamente se iluminaba con la luz de una chimenea, pero con esa pequeña luz bastaba.



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En el texto hay: violecia, filosofa, debates

Editado: 27.04.2026

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