Penitencia de un caballero

CAPÍTULO 20 ÁNGEL CAÍDO

—¿Qué le pasa a Miko? —preguntó Jean confundida.

—Aunque no lo parezca, Miko, al igual que nosotros, lo perdió todo —Corvus tomó un pequeño sorbo de su café—. Déjala, necesita despejarse un poco.

—Hablando de ella, ¿cómo es que la conociste? Digo, encontrar a una descendiente del mar como ella es algo raro.

—Antes de que me dieran la tarea de ir tras las lanzas, estaba buscando reclutar gente de nuevo. Una aldea fue atacada y pensé que sería buena idea reclutar a los supervivientes.

—Hmmm —Jean terminó de tomar un trago de su café, mirando a Corvus con curiosidad—. ¿Para qué querías reclutar a gente?

—Quería dirigirme a Cartago y enfrentar al general del vacío.

—Ya veo, querías morir de una forma estúpida, ¿eh?

—Mi objetivo nunca fue salir vivo, sino matar a ese bastardo.

—No hace mucho se te dio por muerto, ¿tan rápido quieres estar de nuevo al borde de la muerte?

De pronto, unas campanadas empezaron a resonar a lo lejos, acompañadas de sonidos armónicos de flautas. Miko entró de nuevo a la habitación con la cara pálida.

—Miren, en la calle, tienen que verlo —dijo Miko mientras sudaba frío.

Todos salieron al balcón, viendo un desfile donde cientos de personas con diversos instrumentos musicales tocaban de forma armónica, mientras en medio del mar de personas había un par de enormes estacas de madera, donde iban personas amarradas. Una de esas personas era Rosa.

—Ya veo, el invierno ha llegado, y por ende van a realizar una tradición que tienen aquí en Inmaculatus.

—¿Por qué tienen a Rosa amarrada en una estaca? —preguntó Miko.

—No lo sé, no conozco la tradición del todo, pero por lo que entiendo, van a juzgar a esas personas en nombre de toda la ciudad para expiar sus… “pecados”.

—Tenemos que ir a ayudarla.

—¿Ayudar a quien trató de matarme?

—Ayudar a alguien que lo perdió todo.

En el interior de una iglesia, resonaba en cada centímetro el sonido de las campanadas, que no cesaban, mientras una mujer con un traje largo color negro rezaba de rodillas ante una figura alada, hecha de un material tan blanco como la nieve.

—¿Ya acabaste, Mon?

—Shhh, cierra la boca y déjame terminar el rezo.

Un hombre con músculos iguales a los de una sandía y una altura similar a la de un oso, que vestía una túnica marrón que le cubría todo el cuerpo, se sentaba irritado por las palabras de aquella mujer.

—Solamente apúrate, la gente te está esperando afuera. Sin ti, no puede iniciar la ceremonia.

La figura alada empezó a brillar, emanando una luz tan intensa que iluminaba toda la habitación, reflejándose múltiples veces, hasta dar con la chica arrodillada.

—Bien, déjalos pasar, Casio.

Afuera de la iglesia, una multitud se encontraba expectante, esperando a que las puertas de aquel lugar se abrieran. Sus expectativas se cumplieron al ver cómo ambas puertas eran abiertas.

—Hermanos y hermanas, me honran el día de hoy con su presencia. Pueden pasar por sus herramientas, es hora de empezar.

La multitud empezó a entrar a la iglesia, mientras las pocas personas que cargaban las enormes estacas las clavaban fuertemente al suelo, colocando ramas alrededor de estas.

—Parece que los van a quemar, pero se ve que todos los que están en las estacas están inconscientes… ¿Tú qué opinas, Jean?

Corvus, Jean y Miko se encontraban a lo lejos, mirando la situación, sentados en una banca, mientras Miko se moría de impaciencia, pero cualquier movimiento era restringido por las cadenas de oscuridad.

—He visto algo parecido en otras partes, pero normalmente los mantienen conscientes mientras los queman. Quiero imaginar que es para que no sientan dolor. —respondió Jean

—Puede ser, pero creo que debemos esperar un poco más.

—Ugh… ahhh, Rosa es la tercera a la que le harán eso, tenemos que hacer algo —reprochó Miko, forcejeando con las cadenas.

Las ensordecedoras campanas dejaron de moverse y, a su vez, salía la multitud de personas armadas con arcos y flechas, las cuales estaban acompañadas de mensajes grabados.

—Ira, lujuria, envidia, ¿acaso esos no son pecados? —preguntó Corvus.

—Sí, acaso eso es para…

Todos aquellos que poseían un arco, de un momento a otro, tensaron sus arcos, apuntando hacia una de las personas en las estacas, un señor de avanzada edad que seguía profundamente dormido.

—Hmmmm —Miko trataba de zafarse de las cadenas, pero solamente podía moverse unos centímetros—. ¡¡Alto!!

Decenas de flechas cayeron hacia el anciano, matándolo al instante, para que acto seguido fuera prendido en llamas por descendientes de la llama, que sacaban flamas por la boca.

—Oh, señores del sol, bendigan esta pobre alma, que cargó con nuestros pecados.

La mujer con vestido negro hacía acto de presencia, mientras seguía orando, mostrando su rostro, el cual poseía una fina figura, junto con unos ojos blancos.

—Sus pecados fueron purgados, ahora que pase el siguiente —dijo Casio, mientras repartía las flechas.

—Interesante, ahora sabemos para qué era todo este espectáculo —dijo Corvus, mientras mantenía su mente en las nubes.

«Las demás personas pasan por aquí como si nada, lo han realizado tantas veces que los insensibilizó ante tal acto, podría ser que…».

En ese momento de desconcentración, Miko aprovechó para darle un golpe en la cabeza, aterrizando a Corvus de nuevo, mientras Jean observaba todo esto, pero manteniendo la compostura.

—Tenemos que ayudar a Rosa, ya le dispararon a otra pobre persona, ella es la siguiente.

—Tengo que admitir que a veces eres molesta, Miko —respondió Corvus con una mirada carente de emoción.

La multitud tenía sus arcos tensados, disparando con desdén, pero antes de que las flechas dieran en su objetivo, estas se desviaron de su trayectoria.

—¿Acaso fue el viento? —se preguntó Casio.

—No, fue otra cosa —respondió Mon.



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En el texto hay: violecia, filosofa, debates

Editado: 07.05.2026

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