Penitencia de un caballero

CAPÍTULO 21 MAL PRESAGIO

Corvus caminaba con Mon sobre sus hombros, mientras a lo lejos divisaba un cráter en medio del camino.

—¿Qué pasó?

En el centro del cráter yacía Casio, en condiciones lamentables. Era evidente que tenía huesos rotos, pero aun así respiraba.

—Veo que tuviste que lidiar con Jean —sonrió levemente—. Lograste aguantar a duras penas un golpe suyo. Sin duda, serás útil.

Jean, Miko y Rosa empezaban a despertar gradualmente. Mientras se miraban entre sí, confundidas, notaron que se hallaban en una habitación diferente a la anterior: un cuarto pequeño con una cama enorme de base de madera.

—¿Dónde estamos? —preguntó Miko.

—No estamos atadas ni heridas. ¿Qué ocurrió? —preguntó Rosa.

—Eso no importa. Salgamos y averigüemos qué sucede —respondió Jean.

Salieron de la habitación con cautela. No había nadie, solo un pasillo enorme que conducía a un espacio más amplio. Recorrieron el lugar hasta encontrar filas de asientos de madera; en lugar de ventanas, había vitrales con diversas figuras aladas.

—¿Qué mierda? ¿Estamos en una iglesia? —se preguntó Jean.

Justo en el centro de la silenciosa habitación había una estatua de una figura alada humanoide, y debajo de ella, Corvus sentado, con los brazos extendidos, mirando al suelo, absorto en sus pensamientos.

—¡Ahí está Corvus! —exclamó Miko, emocionada.

Corvus alzó la vista hacia ellas mientras se acercaban. Al hacerlo, notaron que dos figuras estaban sentadas a su lado: Mon y Casio.

—Me alegra que estén despiertas. ¿Nos vamos? —preguntó Corvus.

—Espera, ¿y qué hacen estos dos aquí? —dijo Jean, molesta.

—Tranquila, ya no nos molestarán, ¿verdad?

—Sí —respondieron Casio y Mon al unísono.

—Por cierto, Rosa, estás absuelta de tus "pecados". Puedes vivir sin preocupaciones.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Rosa, confundida.

Mientras hablaban, Jean observó el cuello de Casio y Mon: llevaban collares de oscuridad.

—Como lo oyes. Todos tus actos quedaron en el pasado. A partir de ahora, quedarás al cuidado de Mon.

—¡JÓDETE! No estaría con ellos ni loca.

—Ja, no es como si te hubiera preguntado… Es una orden —replicó Corvus, clavando la mirada en Rosa.

Rosa se quedó callada, mirando al suelo mientras sudaba frío.

—Sin más preguntas, vámonos de aquí. El tiempo es valioso y no tenemos mucho.

Una vez en las afueras de Inmaculatus, Miko, con la armadura de Corvus, se despidió de Rosa, mientras Corvus y Jean planificaban la ruta.

—Conque vas a por él. Creí que lo dejarías para el final —dijo Jean con preocupación.

—Conociéndolo, ya sabe todo lo que ha pasado. Sería hacerme el desentendido si lo dejara para después.

—Tienes razón. ¿Tienes algún plan?

—No. Jugar a anticipar nuestros movimientos sería como un perro persiguiéndose la cola. Iré directo al grano.

—Aunque no lo parezca, estás tramando algo, y no me refiero a las lanzas, sino a algo más grande. ¿Me equivoco?

—Siempre me impresiona tu intuición, Jean, pero no le des importancia por ahora.

—No es solo intuición, te conozco bastante bien.

—Bien, ¿listos? —preguntó Miko, con Nix en brazos.

—Es hora de ir a la ciudad de Kashikoi —respondió Corvus.

—¿Quién está ahí?

—La gran mente del reino humano, la primera lanza del rey: Pulchra.

—¿Y cuánto tardaremos en llegar? —preguntó Miko.

—Hmm… quizás una semana. Sí nos apuramos, dos o tres días.

—¡NO! ¡El tiempo corre en nuestra contra! —protestó Jean.

Jean tomó a Miko y a Corvus, con todas sus fuerzas, empezó a correr a toda velocidad.

—¿Por qué tanta prisa, Jean? —preguntó Corvus, extrañado.

—Cuanto antes lleguemos donde la primera lanza, más fácil será.

—No lo creo. Sinceramente, pienso que, desde que se disolvieron las lanzas, él empezó a planear el día en que nos enfrentaríamos de nuevo.

—¿Es tan calculador? —preguntó Miko, preocupada.

—Sí, pero no es perfecto. Si lo fuera, sería un dios. Pero no te preocupes, una vez lo vencí en el pasado; una segunda vez es posible.

—¿Po-posible?

—¿No lo estás subestimando, Corvus? —cuestiono Jean.

—Al contrario. Es el único al que solo he vencido una vez, y él a mí también.

—Eso no me da confianza. ¿Qué quisiste decir con que es el único al que has vencido una vez?

—El contexto es que ninguna de las lanzas puede ser eliminada a menos que la hayas vencido tres veces antes, en lo que conocemos como Nex Sacramentum.

—Imagino que es como un desafío, ¿no?

—Algo así. Es un combate donde la única regla es que sea uno contra uno; nadie puede interferir, y menos otra lanza. Si se cumplen estas condiciones, se obtiene el derecho a matar sin consecuencias.

—Entonces, no hay peligro si pierdes —dijo Miko, aliviada.

—Miko, no puedo permitirme perder contra las lanzas. El Nex Sacramentum solo te garantiza matar sin repercusiones, no te protege si fracasas.

—Ya veo… eso cambia las cosas.

—A este paso, llegaremos a Kashikoi en un día, pero no te excedas, Jean.

—Me ofende que lo digas. Sabes que esto para mí no es nada.

—Je, tienes razón. Como quieras.

En algún lugar, un ser dormía plácidamente, sumido en un sueño recurrente: jugaba al ajedrez en una habitación con poca luz, solo una vela junto al tablero y la luna asomándose por la ventana, eran quien iluminaban en lugar.

—Jaque mate…

—¡¡Carajo!! Dime, ¿cómo lo haces? Me sé todas las aperturas, cada movimiento posible de cada pieza, incluso cómo arreglárselas al final del juego —reclamaba a quien se ocultaba en las sombras.

—¿De qué hablas? Hemos jugado diez partidas: yo gané cuatro y tú seis.

—Digo que debí ganar todas.

—Para ser tan listo, actúas como un niño malcriado.

—¡Es que no lo entiendo!

—Eres tan inteligente que uno de tus defectos es subestimar demasiado a tu oponente. Además, al menos para mí, eres un libro abierto; te dejas llevar por las emociones.



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En el texto hay: violecia, filosofa, debates

Editado: 07.05.2026

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