—Es más hermosa de lo que recordaba —comentó Jean mientras seguía corriendo.
—Pulchra tiene buen gusto —observó Corvus, contemplando la ciudad de Kashikoi.
Incrustada en la montaña, Kashikoi estaba atravesada de punta a punta por una majestuosa cascada. Sus edificios, de fina arquitectura y fabricados con piedra caliza, brillaban como la plata bajo el sol, extendiéndose sobre una vasta pradera.
—Jean, detente.
Jean se detuvo cerca de la ciudad, jadeante y sudorosa, mientras Corvus, Miko y Nix se estiraban.
—Debo admitir que fue más cómodo de lo que parece —dijo Corvus, haciendo crujir su cuello.
—No hay de qué —respondió Jean, sentándose al pie de un árbol, visiblemente cansada.
—Toma, Jean —Miko le ofreció una brocheta de carne y un pan.
—Gracias, Miko.
—Recuerden —dijo Corvus—, cuando me enfrente a Pulchra, me llevará a su zona, así que no podré estar pendiente de Miko. Jean, cuídala.
—De acuerdo, pero no te garantizo que acabe con todas sus extremidades.
—Je… gracias.
—¿Por qué nos detuvimos tan lejos de la entrada? —preguntó Jean mientras comía.
—Solo quiero un momento de calma.
El viento recorría los pastizales, meciendo las hierbas con un sonido tan tranquilo que parecía calmar hasta el alma más atormentada. Bajo un cielo estrellado y la oscuridad de la noche, el paisaje era sereno.
Corvus cerró los ojos y comenzó a respirar de forma controlada. La oscuridad brotó de su cuerpo, fluctuando al ritmo de su respiración.
—Recupérate, Jean, y cuando puedan, alcáncenme.
En un parpadeo, Corvus desapareció, dejando a Jean y Miko solas.
—¿¡Qué le pasa a Corvus!?
—Déjalo. Si lo sigues, solo serás un estorbo. Siéntate y espera.
Corvus apareció frente a la entrada de Kashikoi, separado de la ciudad por un arroyo.
—¿Por qué no puedo teletransportarme dentro de la ciudad?
Antes de que pudiera pensar más, Corvus detuvo una flecha en seco, mientras cientos más se abalanzaban sobre él. Las esquivó mientras se alejaba de la entrada.
—Ya me estaban esperando.
Las flechas no cesaban, y Corvus se alejaba cada vez más. De pronto, la tierra bajo sus pies comenzó a hundirse. Sin otra opción, invoco su lanza para repeler los proyectiles mientras buscaba un punto de apoyo.
«No puedo entrar a la ciudad usando las sombras, tampoco puedo mantenerme en pie, y si me descuido, moriré».
Corvus envolvió su lanza en una espesa oscuridad. Sus ojos brillaron con intensidad; tocó el suelo y exclamó:
—Espejo negro.
Una enorme muralla de oscuridad surgió, rodeando gran parte de la ciudad.
En las murallas, cientos de individuos—bestias y humanos—se detuvieron en seco, incapaces de ver más allá de la barrera. De repente, un estruendo sacudió los cimientos del lugar.
El Espejo Negro se desvaneció, revelando una grieta en la estructura.
—¡¡Evacuen de inmediato!! —gritaron quienes notaron la fisura.
Dentro de la muralla, Corvus buscaba una salida, manteniendo otra apariencia para mezclarse entre la multitud.
«El grosor de estas murallas es tal que parece que estuviera en un lugar completamente distinto».
—¡¡Salgan por aquí!! —oyó a lo lejos, y Corvus siguió la voz.
—Bueno, supongo que será más fácil de lo que…
Al salir de entre las murallas, Corvus se encontró rodeado por cientos de guardias con armaduras toscas y robustas, cada uno parecía un ariete de batalla.
En un instante, sus pies fueron congelados, mientras todos los presentes le apuntaban con sus armas.
—No creí que funcionaría, pero tratándose de él, era de esperarse que todo saliera como quería.
Un hombre con una armadura igual de robusta, pero con un grabado de un carnero en su peto y un par de cuernos semejantes a los de un toro que sobresalían de su casco, se plantó frente a Corvus.
—El ex líder de las Lanzas del Rey. No das tanto miedo como me lo imaginaba —acercó su rostro al de Corvus—. ¿Sabes? Pulchra te tiene un gran respeto. Quiero averiguar por qué.
—Créeme, en este momento no deberías preocuparte por mí.
De pronto, el lugar entero comenzó a retumbar. Los cimientos de la ciudad se estremecieron, y los ladrillos de la muralla empezaron a desprenderse.
—¿La segunda lanza? Ya nos encargaremos de ella.
A las afueras de la ciudad, Miko y Jean observaban cómo esta última lanzaba bolas de fuego.
—Jean, ¿no crees que haya más formas de entrar a la ciudad?
—Síp, pero solo quiero que asomen la cabeza.
Cientos de silbidos resonaron a lo lejos.
—¿Eh? ¿Escuchas eso?
—¡Justo lo que quería!
Cientos de flechas estaban a punto de alcanzarlas, pero Jean, sin pestañear, las destrozó de un tajo.
—Eh… ¿eso estaba en los planes? —preguntó uno de los guardias en la muralla.
—Po… por más increíble que parezca, sí —respondió otro guardia, igualmente congelado por la sorpresa.
La tierra bajo los pies de Jean y Miko comenzó a moverse como agua, separándolas.
—Vaya… qué creatividad. Esperaba más de Pulchra.
Jean creó una pequeña esfera de fuego en una mano mientras esquivaba las trampas.
—Jefe, ¿qué hacemos con la otra mujer, la de la armadura?
—Las órdenes son inamovibles. La prioridad es acabar con la mujer que manipula el fuego.
Miko corría a toda velocidad, tratando de evitar la tierra movediza, cuando de repente, todo se calmó.
—Uf, ¿ya acabó?
A lo lejos, vio cómo las flechas caían y la tierra se movía violentamente, intentando atrapar a Jean.
—¿Cómo puede verse tan tranquila? Es como una hoja bailando en medio de una tormenta, moviéndose al compás del viento.
De pronto, Jean desapareció de la vista de todos. Nadie sabía dónde se había metido.
Jean estaba en el cielo, era como si estuviera flotando. Dejó volar como un polluelo la esfera de fuego que había creado y, con un poderoso puñetazo, la lanzó contra la muralla.
Editado: 07.06.2026