Un mar sin horizontes, sin fin aparente, junto con un cielo totalmente despejado. De no ser por el constante revoloteo de las olas, existiría un silencio ensordecedor.
El sol estaba en su punto más alto. Pulchra y Corvus se encontraban inmóviles, mirándose fijamente, esperando a ver quién de los dos haría el primer movimiento.
«Por regla universal, una zona por cada dos ventajas proporciona una desventaja de forma arbitraria. Pero el problema no es ese, el problema es ese maldito libro».
Pulchra tenía frente a sí un libro negro, sostenido con cuatro de sus seis manos, como si estuviera rezando, mientras se decía a sí mismo:
—Cinco minutos, solamente necesito cinco minutos y podré ganar.
Con sus manos restantes empezó a moverlas de forma continua, fluida y calmada.
—Mierda, esto me trae malos recuerdos.
Corvus solo podía presenciar con disgusto como cientos de esferas de agua empezaban a formarse alrededor de Pulchra.
Mientras esto ocurría, Rudra, junto con sus hombres, llegaba donde se encontraban Miko y Jean.
—Vaya, pero qué tenemos aquí. Es algo inesperado.
Miko se encontraba en un mal estado: su cabeza estaba bañada en sangre, su respiración era acelerada, la armadura de Corvus estaba completamente llena de rayaduras y sangre. Nix, de igual forma, cojeaba de una pata, con sangre en su hocico.
—Esto es humillante.
Pero Jean, aún en el suelo, estaba intacta, sin ninguna herida.
—Detente, Miko. Si sigues así, vas a morir.
—No. En situaciones como estas, no puedo dudar.
—¿Por qué lo haces? Estuve a punto de matarte a ti y a esa bestia.
—Eso es pasado. No soy de las que buscan una venganza despiadada. No, así no soy yo. Soy más de superarme a mí misma.
Había un par de guardias tirados en el suelo, completamente inconscientes, con sus armaduras cortadas.
—¿Por qué sigue viva la segunda lanza? —preguntó Rudra, sorprendido.
—Tenemos un problema, capitán. Aquella chica y su bestia primitiva acaban con quien sea que se acerque.
—¿Cuántas bajas tenemos?
—Por más que suene extraño, ninguna. Todos los guardias, por más heridos que estén, siguen respirando.
—¿Quién es ella? —cuestiono Rudra, extrañado.
—No tenemos ni idea. El señor Pulchra no mencionó nada sobre esta invitada inesperada.
—A partir de ahora, yo me encargo de esto.
Rudra, con pasos firmes y pesados, se acercó hacia Miko, quien, al percatarse de su presencia, empezó a temblar.
—Uf, siento como si mi corazón se fuera a salir. Él es como una montaña acercándose poco a poco.
—Miko, para poder tranquilizarte, lo primero es controlando tu respiración. —ordeno Jean, quien a duras penas podía lanzar la cabeza.
—¿Eh?
—¡Hazlo!... Segundo, regresa a la realidad. Cualquier escenario catastrófico que te estés imaginando, deséchalo. Estás aquí y ahora, concéntrate en el presente.
Miko empezó a respirar de forma más fluida y clavó su mirada en Rudra, quien estaba a solo un par de metros.
—Por último, recuérdalo siempre: a quien sea que enfrentes, él es imperfecto y, por ende, tiene debilidades que explotar.
Rudra lanzó un golpe a Miko, quien lo esquivó velozmente y contraatacó con un corte hacia su cuello. Pero al momento de conectar el ataque, la espada de Miko rebotó contra la armadura, haciendo que resonara todo el lugar.
—No puede ser, ni un rasguño —dijo Miko, en estado de shock.
Miko dudó, y eso le costó caro. Rudra volvió a lanzar un ataque que conectó en su estómago, mandándola a volar, cayendo al suelo. Miko empezó a vomitar sangre mientras trataba de pararse.
—Esa espada… ya entiendo. Es por eso que pudiste durar tanto tiempo; es de una calidad excepcional. Pero que no se te suba a la cabeza, incluso un mono podría hacer lo que tú haces.
Nix atacó, pero sin poder hacer nada. Rudra lo tomó del cuello, lo estampó contra el suelo y luego lo pateó, haciéndolo caer al lado de Jean.
—Además, si no fuera por la armadura de la tercera lanza, tu estómago habría explotado por ese ataque. Ríndete y mi trabajo será más fácil.
—Eres estúpido si crees que me rendiré por únicamente un golpe. En comparación con ella —volteó a ver a Jean—Tú pegas como una anciana.
Miko volvió a levantarse, apuntando con su espada contra Rudra. Su mirada era más filosa y llena de confianza.
Rudra se acercó de nuevo a Miko, pero antes de que pudiera atacar, fue recibido por una lluvia de ataques. En un instante, fue golpeado desde la cabeza hasta las rodillas, pero incluso con todo eso, su armadura quedó intacta.
Seguían los ataques contra Miko, quien a duras penas podía esquivar los golpes pesados del guardia.
—En algún momento te vas a cansar. En ese momento, morirás.
Sin detenerse en los ataques, Miko hizo que Rudra empezara a retroceder. No solo la potencia de los ataques aumentaba, sino que su velocidad también subía.
—Niña, te estás motivando de más.
Clavando con fuerza su pie en el piso, Rudra hizo que todos a su alrededor tambalearan, logrando que Miko perdiera el equilibrio. En un instante, fue arremetida por un cabezazo que la mandó por los aires hasta el suelo.
—Niña tonta, ahora si me acabo de molestar.
Antes de que pudiera hacer cualquier cosa, el casco de Rudra fue cortado por la mitad, cayendo al suelo y dejando ver su rostro: era el de un joven de cabello negro largo, ojos marrones con un par de grandes cuernos.
—Ja, ya entendí un poco —dijo Miko mientras se levantaba nuevamente.
—Debo admitir que superaste mis expectativas.
La espada de Miko empezó a desbordar un aura azul. Miko tenía plasmada en su rostro una sonrisa de oreja a oreja.
—Puedo sentir cómo mi energía fluye como una cascada feroz, pero si le doy dirección, fluye como un río pacífico… Es una experiencia bastante satisfactoria.
—¿Aún te cuesta entender los conceptos básicos de la energía natural? Y aun así has llegado hasta aquí. Eres alguien peligroso.
Editado: 07.06.2026