Penitencia de un caballero

CAPÍTULO 24 TRES CAMINOS UNA OPORTUNIDAD

La nieve en todo el lugar empezó a evaporarse. Una luz tan cegadora como el mismo sol brillaba en el centro de la ciudad de Kashikoi; aquella luz en medio de la oscuridad era Jean, quien a duras penas podía controlar su ira.

—Debo controlarme. Si me excedo, terminaré por matar a Miko y a Nix. Esto es molesto.

Todos los presentes estaban anonadados. Ver tal hermosura y, a la vez, tener a la muerte tan cerca generaba un sentimiento impactante.

—¡¡Rápido!! No puede usar todo su poder cerca de esa chica —ordenó Rudra.

La voz firme y segura de Rudra hizo reaccionar a los demás guardias, quienes actuaron rápidamente, alzando sus pesados escudos y avanzando hacia Jean.

—En verdad quiero matar a estos bastardos, pero… —volteó a ver a Miko— la mataría en el acto.

Jean chasqueó los dedos, haciendo aparecer cientos de hilos rojos que paralizaron a todos. Agarró su pesada espada y acto seguido realizó un tajo horizontal, atravesando tanto los escudos como los cuerpos de los guardias.

—¡Maldita!

El resto de los guardias empezaron a gritar desesperados, tratando de librarse de los hilos a como diera lugar, pero el único que pudo hacerlo fue Rudra. Con los ojos llenos de rabia, atacó a Jean, quien recibió una lluvia de golpes.

Los impactos resonaron en toda la ciudad, el metal se abollaba con cada golpe, secos y pesados. Jean únicamente se quedó de pie, recibiendo los ataques.

—Tu voluntad es fuerte, pero tú eres débil.

Jean agarró a Rudra de uno de sus brazos y, con un solo movimiento, se lo rompió, haciéndolo doblarse del dolor.

—He estado en incontables batallas, y nunca me habían humillado de esta manera. Yo, siendo la más fuerte de todas las lanzas, protegida por seres tan patéticos…

Con unos ojos carentes de emoción, Jean agarró a Rudra de su otro brazo. Este empezó a sentir perfectamente cómo sus músculos se desgarraban, sus venas explotaban y sus huesos crujían.

—¡Por favor, detente!

—¡Ya fue suficiente!

—¡Para!

Los guardias que aún quedaban gritaban sumidos en la angustia, frustrados por ser solo espectadores.

—Ustedes se creían invencibles por tener sus gruesas corazas, pero en el fondo, todos son seres con voluntades tan frágiles como el cristal.

Al final, Jean arrancó el brazo de Rudra con todo y armadura, haciendo que sus gritos se escucharan en cada rincón de Kashikoi, hasta quedarse afónico.

Los guardias solo podían sentir odio, logrando así liberarse de sus ataduras. Todos, sin la más mínima duda, se abalanzaron contra Jean.

—Ugh, qué patéticos.

Con sus manos desnudas, Jean empezó a masacrar a los guardias, quienes intentaron enfrentarla de diferentes formas, atacando con tierra, agua y fuego, pero parecía que peleaban contra una llama inextinguible.

Jean atravesaba fácilmente las armaduras de los guardias, derribándolos en el acto, matándolos uno por uno. Era como si un león estuviera encerrado con conejos; todos estaban condenados, pasara lo que pasara.

—Pa-Para… por favor. —suplico Rudra, arrastrándose por el suelo.

—¿Eh? Lograste parar la hemorragia, te felicito. Ya hasta me había olvidado de ti.

Cientos de pasos empezaron a sentirse y, a lo lejos, otros tantos guardias se acercaban velozmente hacia Jean.

—No, ustedes deberían proteger a los ciudadanos resguardados.

—Capitán, no podríamos quedarnos viendo tal acto horrible. Si morimos, moriremos a su lado.

—¡¡¡Váyanse, idiotas!!! —gritó Rudra, lleno de desesperación.

—Qué lástima, era una hermosa ciudad.

Imbuyendo su espada en llamas, Jean se preparó para acabar con todo rápidamente, pero antes de que pudiera hacerlo, recibió un rodillazo en el estómago que la mandó a volar.

Salió a toda velocidad de la ciudad e impactó fuertemente en las afueras. Entre el polvo, se podía ver a Jean, con un poco de sangre en sus labios.

—¡Ja! Tu voluntad es más fuerte de lo que pensaba.

Ante ella se encontraba un Rudra envuelto en una armadura más compacta, que parecía parte de su cuerpo, con un brillo plateado y grietas que emanaban una luz dorada. Sus cuernos, ya recuperados y más grandes, al igual que sus brazos, tenían un aspecto similar.

—Je… JA, JA, JA, gracias. Ahora que no estoy con ella, no tengo por qué contenerme.

En un parpadeo, toda la vegetación a su alrededor quedó carbonizada, mientras Jean, con una mano en su cara, no paraba de reír.

Por un momento, Rudra quedó paralizado por lo que veía: los ojos de Jean ya no transmitían calma o confianza, sino que emanaban violencia y sadismo. Esos ya no eran los ojos de alguien cuerdo.

—Solo te pido un favor, pequeño becerro: no te mueras de un golpe.

Antes de que Rudra pudiera darse cuenta, Jean estaba a punto de conectarle un golpe. El tiempo parecía detenerse. Rudra volvió en sí; Jean acababa de empezar a emanar su calor, mientras sus compañeros esperaban instrucciones.

—Capitán, ¿qué hacemos?

Humillación, terror y frustración; sentimientos que quemaban más que cualquier fuego y Rudra los sintió hasta la médula. Pero, sabiendo el peso de sus actos, tomó la que consideró la mejor opción.

—¡Segunda lanza, nos rendimos!

Estando pálido y temblando, Rudra se arrodilló frente a Jean. Acto seguido, los demás guardias siguieron su ejemplo.

—¿Pero qué carajos?

—Tu poder sobrepasa al de cualquiera de nosotros, incluso juntos. Te imploro clemencia y que consideres perdonarnos la vida.

—Hmm, de acuerdo. Ayúdenme a curar a la chica y a su bestia. Si ellos mueren, ustedes también lo harán.

—¡Todos los descendientes del mar, ayuden de inmediato!

—Capitán, ¿qué fue lo que vio?

—No puedo describirlo, pero esta fue la mejor decisión que pude tomar. Así que no intenten nada hasta que Pulchra llegue.

El agua estaba turbulenta. Corvus corría por encima de ella de un lado a otro, esquivando esferas de agua del tamaño de un limón que, al colisionar con el mar sin horizonte, creaban olas gigantescas.



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En el texto hay: violecia, filosofa, debates

Editado: 07.06.2026

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