Penitencia de un caballero

CAPÍTULO 25 JAQUE MATE

El tiempo se detuvo por un breve momento. El mar sin horizontes flotaba en el aire, fuera de lugar. Corvus y Pulchra intercambiaron una mirada fugaz; ambos sabían que el combate llegaba a su clímax.

En un instante, el mar se dirigió al cielo. Corvus, aprovechando la circunstancia, comenzó a avanzar rápidamente hacia Pulchra, apoyándose en los pocos charcos de agua que encontraba a su paso.

—Sursum est deorsum et descendit est sursum —pronunció Pulchra, emanando un aura turquesa.

Inmediatamente después de esas palabras, una fuerza extraordinaria succionó a Corvus hacia el cielo, dirigiéndolo hacia donde ahora se asentaba el mar.

—No importa si está arriba o de lado, puedo usar el mar para alcanzarte.

Pero antes de que pudiera tocarla, el agua formó un enorme remolino que lo arrastró a las profundidades, sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

«Ese maldito libro, ¿cómo es que puede usar su arium para ampliar su poder y yo no?, en ese libro quién sabe que tantas técnicas ha registrado en él».

—La profundidad máxima que puedo replicar es de unos ocho kilómetros. A esa presión, Corvus implosionará.

Toda la masa de agua cayó sobre él, envolviéndolo con violencia. De inmediato, pudo sentir la presión aplastante.

«Puedo sentir cómo cada órgano, incluso los vasos sanguíneos, están a punto de reventar. Tengo que hacer que la oscuridad recorra cada parte de mi ser».

Inmóvil, Corvus fluyó con la corriente. En la oscuridad y el silencio absolutos, alcanzó un nivel de concentración tan profundo que, por un segundo, se sintió en paz, envolviendo todo su cuerpo en una oscuridad espesa que se camuflaba con el entorno.

—Creo que no hizo falta nada más. Al final, yo fui el ganador…

Por puro instinto, Pulchra lanzó una enorme lanza de escarcha hacia el mar, la cual fue destruida en un parpadeo. De entre los fragmentos surgió la figura de Corvus.

—Bastardo escurridizo. Eres como una cucaracha; por más que crea que te he matado, siempre regresas con vida.

Cientos de trozos de hielo comenzaron a llover sobre Pulchra, quien esquivaba y destruía la mayoría. Era una lluvia torrencial, y solo era cuestión de segundos que Corvus lo alcanzara.

—No puedo concentrarme lo suficiente, ¡carajo! Solo faltaban quince segundos… ¡A la mierda todo! ¡Reflejo de Leviatán!

El cielo se oscureció, tornándose color sangre. El mar se ennegreció por completo y comenzó a retumbar frenéticamente mientras de sus profundidades emergía una figura titánica e imponente, tan alta como una montaña.

—Esto se puso demasiado bueno —dijo Corvus, sonriendo de oreja a oreja.

La luna iluminaba tenuemente el ambiente. Miko despertó, mirando a su alrededor desconcertada, mientras un par de descendientes del mar la envolvían con agua curativa.

—Vaya, por fin despiertas, Miko. Veo que esos descendientes del mar son buenos.

—¿Jean? ¿Qué haces?

—¿Esto? —volteó a ver a Rudra—. Él es mi nuevo asiento, y es muy cómodo.

Jean estaba sentada cómodamente, mientras Rudra, a gatas, hacía de silla. Miko intentó levantarse, pero un dolor agudo la detuvo.

—¡Auch!

—Trata de no moverte demasiado; aún te están curando.

—¿Dónde está Corvus?

—Peleando contra Pulchra.

—¿No deberías estar ayudándolo?

—Na. Aun sin ser un Nex Sacramentum, sería de mal gusto intervenir.

—Debes estar bromeando.

—Aún no lo entiendes, ni lo entenderás, pero que interrumpan una pelea tan personal es de lo peor que te puede pasar.

—No, no puedo entender algo tan estúpido.

—Oye, esa boquita… De todos modos, aunque quisieras ayudar, serías un estorbo.

—Sé que no tendría oportunidad contra uno de ustedes, pero ¿tú?

—Ugh, eres una molestia cuando preguntas demasiado —suspiró Jean—. Hablando hipotéticamente, primero tendría que averiguar cómo entrar a su zona.

—¿Zona?

—Silla, explícale qué es una zona.

Rudra, sudando frío y aguantando la humillación, procedió a obedecer.

—La "Zona" es como un espejo del alma del usuario, un espacio generado por su energía. Aunque parece estar en otra dimensión, está superpuesto a nuestro mundo.

—¿Eh? Quieres decir que no están aquí, sino en un lugar que no podemos ver ni sentir.

—Desde nuestra perspectiva, no están, pero comparten el mismo espacio.

Miko se quedó pensativa, paralizada por la información. Jean le dio un golpe suave en la cabeza a Rudra.

—¿Eres idiota? Explícaselo mejor, le vas a fundir el cerebro… Velo así: nosotros estamos en una caja y ellos en otra, pero ambas están dentro de una más grande. Existe una forma de acceder a donde están; es difícil, pero posible.

—Lo que aún no entiendo es por qué lo mandaron ahí.

—Sencillo: quien manifiesta la zona puede dictar ciertas reglas que le favorezcan, aunque con limitaciones.

—¿Por qué?

—Niña, estamos en terrenos que hasta yo no entiendo del todo. Las zonas son difíciles de comprender de por sí, y más aún porque, para ser llevado a una, no solo se necesita una energía demencial, sino una concentración admirable.

—Eso quiere decir que tú no puedes crear una, ¿no?

—¡Je! Creo que te golpearon demasiado fuerte; despertaste algo altanera. Pero no, no puedo. Incluso entre las lanzas, el único es Pulchra.

—Vaya, entonces es más difícil de lo que esperaba.

—Es por eso que el señor Pulchra matará a la tercera lanza y luego a ustedes —declaró Rudra, lleno de confianza.

Jean lo agarró del cuello y lo lanzó al suelo, emanando un fuego abrasador.

—Corvus está acostumbrado a lidiar con situaciones así; es su pan de cada día —declaró Jean, azotándolo contra el suelo—. No fue por nada que fuera el líder de las lanzas.

El mar se agitaba con fervor. Corvus observaba al titán de agua: un coloso con cuerpo de hombre fornido, cabeza de hipocampo y un tridente de puntas en espiral.

—Uf, liberar tanta energía de golpe pasa factura, pero con esto tengo asegurada la victoria.



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En el texto hay: violecia, filosofa, debates

Editado: 07.06.2026

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