Penitencia de un caballero

CAPÍTULO 27 CUATRO PIEZAS FUERA DE LUGAR

Jean se encontraba dormida en la orilla de la piscina donde yacía Corvus. Fue despertada poco a poco por gritos y cientos de pasos apresurados que resonaban a lo lejos.

—Hmm, ¿qué pasa?

—¡Vámonos, señorita!

—¿Eh? ¿Por qué?

—¡Están atacando la ciudad de nuevo! Nos iremos al refugio bajo la cascada.

—Se supone que esta ciudad está protegida por la corona, ¿no? —dijo Jean mientras se estiraba—. Además, ¿qué pasará con los enfermos?

En un instante, la enfermera ya se había ido, dejando a Jean desconcertada. Miró a su alrededor y solo vio a un par de personas sentadas.

—¿Y usted qué hace? —le preguntó a una mujer que permanecía en su sitio.

—Me da igual morir. Prefiero eso a abandonar a mi hijo.

Jean se asomó a la piscina y vio a un niño durmiendo plácidamente, sumergido en el agua. Su piel estaba pálida, casi transparente; sus venas y huesos eran claramente visibles.

«¿Qué clase de enfermedad es esta? Y por lo que veo, no es el único».

Al mirar a su alrededor, confirmó que aquella madre no era la única en esa situación. Varias personas se negaban a abandonar a sus seres queridos, sin importar las consecuencias.

—Bueno, es su día de suerte, señora. Usted y su hijo vivirán un día más.

—¿Por qué está tan segura? —preguntó la madre, con mirada confusa.

—Yo me encargaré de los intrusos.

—¿Quién es usted?

—No soy nadie —afirmó Jean mientras se marchaba, con el rostro serio.

En la entrada de la ciudad, la batalla estaba a punto de terminar. El número de guardias había disminuido críticamente; decenas de cuerpos decoraban las calles de Kashikoi, y solo quedaban en pie quince guardias.

—¡Capitán! —gritó uno de los soldados, sosteniendo un cadáver.

—Lamento haber tardado en llegar, y haber dudado —dijo Rudra, avanzando hacia los intrusos.

—¿Qué pasó con el señor Pulchra?

—Él está bien. Me hizo recapacitar; cuestioné mis habilidades, pero es inútil compararse con monstruos.

—¿¡Él es el capitán!? Oh, vamos, déjenmelo a mí, por faaaa.

Los tres intrusos estaban iluminados por el sol de la mañana, revelando su apariencia. El primero era una rana verde con armadura plateada, de figura delgada y cabeza descubierta, con ojos negros como la noche.

—Haz lo que quieras, Vespertilio.

Quien respondía era un escorpión negro bípedo, con una cola larga, una piel brillante como armadura, un tamaño robusto y pinzas casi tan grandes como una persona. Su rostro mostraba un par de ojos blancos.

—Carajo, ya está amaneciendo. ¡Si alguien no se la pasara matando a cada ser vivo que aparece, ya habríamos localizado a la tercera lanza!

El último era un conejo blanco con armadura plateada, ojos escarlata y orejas largas, cuyas piernas abarcaban la mayor parte de su cuerpo. Reprochaba a la rana mientras fumaba un cigarrillo.

—Deberías relajarte un poco, Ignis. —dijo Vespertilio.

—¡Bastardos, voy a matarlos a los tres! —exclamo Rudra con odio.

Antes de que Rudra pudiera avanzar, una mano lo agarró del hombro con firmeza, transmitiendo calma. Sudando frío, volteó para ver quién era.

—No tan rápido, becerro.

—¿S-segunda lanza?

—Ese trío de idiotas son comandantes de los caballeros de élite. No son cualquier cosa —Jean no les quitaba la vista de encima.

—Oh, vaya, ¿ella es la segunda lanza, verdad? —preguntó Vespertilio—. Es más hermosa sin su armadura.

—Lo que faltaba. La ejecutora de las lanzas está frente a nosotros; esto es un problemita —respondió el escorpión.

—Je, ¿crees que podamos ganarle? —se cuestionó Ignis.

—Debemos proceder con precaución. No sabemos qué tan molesto pueda ser el protector de la ciudad.

Jean y Rudra estaban a unos metros de los intrusos, sin quitarles la mirada a estos.

—¿Y qué significa que sean comandantes?

—Para simplificarlo: una lanza del rey equivale a dos o tres de esos cabrones. Justo los que tenemos enfrente. Rudra, debes pelear con todo desde el principio y no rendirte como lo hiciste conmigo.

—Eso fue diferente. La diferencia entre tú y yo es abismal.

—¿Cómo carajos lo sabes? Si solo me viste un momento y luego te derrumbaste.

—Tengo una habilidad… puedo ver el futuro.

—Ja, ja. Y dime, ¿cómo matamos a estos idiotas?

—Lo digo en serio, aunque solo puedo ver mi futuro y únicamente cuando estoy en peligro de muerte.

—Hm, una buena habilidad, pero muy limitada. Tengo una idea.

Jean agarró a Rudra y lo lanzó como una bala de cañón. El comandante escorpión lo atrapó con sus pinzas y comenzó a aplastarlo, casi hasta matarlo, pero antes de que pudiera continuar, Rudra volvió en sí.

—Ni de broma estás jodida de la cabeza. No me lances como si fuera basura, además, solo puedo hacerlo un par de veces —protestó Rudra, mirando a Jean con temor.

—¡Genial! De verdad ves el futuro. Entonces creo que puedo encargarte a uno de ellos —dijo Jean con una sonrisa amable.

Antes de que pudieran seguir hablando, Ignis lanzó una patada hacia Jean, quien esquivó el ataque, sujetó su pata y lo azotó contra el suelo, rematando con una patada.

—¡Uf! Su fuerza sigue siendo tan monstruosa como siempre —comentó Vespertilio, viendo cómo su compañero salía volando de la ciudad—. ¿Ahora qué hacemos, Torvus?

Antes de que pudiera reaccionar, el comandante escorpión se lanzó contra Jean. Trató de atraparla con una de sus poderosas pinzas, pero ella logró detenerla con las manos desnudas.

—¿En serio pensaste que funcionaría? —preguntó Jean con una sonrisa llena de confianza.

Torvus aún la sostenía con una pinza y atacó rápidamente con la otra, pero una llamarada lo hizo retroceder. De entre las llamas surgió Jean, lanzando una doble patada que conectó en su rostro, deformándolo.

El golpe resonó en toda Kashikoi, enviándolo, al igual que a su compañero, volando a las afueras de la ciudad a toda velocidad.



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En el texto hay: violecia, filosofa, debates

Editado: 07.06.2026

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