—¿Cómo sigue Corvus?
—Igual que siempre, no hay novedad.
—Sigue igual que siempre, ¿eh?... ¿Cuánto tiempo lleva así?
—Quince días, y ni una sola mejora. El doctor dice que ya está estable, pero si no fuese por el hecho de que su corazón aún late, se diría que está muerto.
—Se ve en excelente estado. ¿Cómo es que estando dormido por tanto tiempo, su cuerpo se ve exactamente igual?
—Es como si estuviera suspendido en el tiempo, ¿no es así? Es gracias a las propiedades del agua curativa.
—¿Es magia?
—No, estúpida. Si quieres saber más, pregúntale a Pulchra, no a mí.
—Pensé que tú, la ex gobernante de una ciudad, tendrías la capacidad para explicar eso.
—Soy una descendiente de la llama, no del mar, Miko. Tú y Pulchra se entenderán mejor… o eso creo.
—Él dice que quiere entrenarme, pero siento que me ve más como un experimento que como una alumna.
—Era de esperarse de él, pero si fuera tú, le tomaría la palabra; aprenderás mucho y él también.
—Supongo que tienes razón. La ciudad está en total paz, pero por alguna razón siento una incomodidad; es como si algo no estuviera bien.
—La sensación que sientes es consecuencia de haber participado en batalla. Acostúmbrate a ella; esa sensación se hará presente con mucha más frecuencia de la que quisieras.
—Hm… iré con Pulchra. Está donde siempre, ¿verdad?
—Sí.
Miko se encontraba frente a la piscina de Corvus, el cual simplemente flotaba dentro de sus cálidas aguas; a los pies de él, estaba Jean, sentada en un banco de madera, viéndolo fijamente, casi sin parpadear.
Saliendo del hospital, Miko empezó a caminar por Kashikoi. Calles donde antes no había una sola alma, ahora estaban abarrotadas de personas, viajeros y comerciantes ambulantes. Era una ciudad colorida, en donde el agua de su majestuosa cascada recorría cada rincón, y que a pesar del invierno y la nieve a su alrededor, seguía fluyendo.
—Me fascina cómo pudieron retomar su normalidad en tan pocos días. La fuerza de Jean y el cerebro de Pulchra; juntos son… aterradores —dijo Miko, mientras admiraba la ciudad al cruzar un pequeño puente.
Estando frente a frente con la cascada, donde a su alrededor se encontraba una alfombra tupida de nieve, acompañada por un par de árboles, Miko pudo ver a Pulchra, quien estaba leyendo, sentado a los pies de un árbol, frente al río que nacía de la cascada.
—¿Cómo es que te concentras con todo este ruido?
—Esto no es ruido, es la fluctuación natural de la vida misma, Miko.
—¿Supongo?
—Al final sí aceptaste mi propuesta.
—No tiene sentido no estar haciendo nada cuando recién descubro cómo usar mi descendencia. No quiero solo raspar la superficie, quiero nadar en sus profundidades.
Pulchra volteó a ver a Miko, la observó por unos pocos segundos, cerró su libro y se paró, dejando relucir su esbelta figura.
—Dime Miko, ¿qué entiendes por energía natural?
—Por lo que me ha dicho Jean, es como si fuera la mecha de una vela, mientras que la cera de ella es como si fuera nuestro cuerpo.
—¿Entiendes esa definición?
—Nop, en lo más mínimo.
—Es porque esa definición no viene de ti, sino de alguien más. Te lo volveré a repetir: ¿qué es la energía natural?
—Diría que es ese algo que hace que todas las personas sientan hambre, felicidad y miedo.
Pulchra se quedó en silencio, y si se podría decir de alguna forma, parecía que estaba sonriendo.
—Interesante descripción, errónea, pero no del todo. ¿Puedes ver esta cascada, no?
—Claro, también puedo escuchar todo el ruido que hace toda el agua que cae.
—El agua que emerge de la cascada es como nuestra energía: fluye. Hagas lo que hagas, siempre que haya agua, ella fluirá.
—Así es como sentí la vez que peleé contra Rudra; pude sentir cómo desbordaba energía de lo más profundo de mi ser, pero a duras penas pude usar esa energía.
—Por lo que me ha dicho Jean, y por lo que vi el otro día, tu potencial es abrumador, pero sin experiencia es como tener un buen material para una espada, pero sin herrero que le dé forma.
—Es por eso que estoy aquí, quiero que me ayudes —dijo Miko mientras agachaba la cabeza.
—Usa tu descendencia ahora mismo.
—¿Eh? ¿Qué quieres que haga?
—Lo que sea, pero hazlo.
—Vale, veamos…
Miko empezó a emanar un aura turquesa inmensa, tan descomunal que pareciese que se fuese a tragar un árbol entero. Miko sacó su espada y de ella empezó a brotar una hoja gélida, haciendo que fuese más grande.
—¿Qué tal?
—Hmm. En primer lugar, apostaría a que no puedes usar tu descendencia con agua líquida, ya que esa hubiera sido la opción más sencilla.
—No lo sé, se me hace más fácil usar la escarcha —aclaró Miko mientras se quedaba divagando en su mente.
—Segundo, usaste tanta energía en únicamente hacer tu espada más grande y filosa. Eso denota poca creatividad e inexperiencia.
—¿Me vas a juzgar o a enseñar? —preguntó Miko algo molesta.
—No te estoy juzgando, te estoy mostrando tus fallas para que pienses, no para que te ofendas…
Pulchra empezó a emanar una tenue aura azul rey, que apenas envolvía una de sus manos, y con un movimiento sutil, hizo que el agua de la cascada cayera de forma más calmada.
—Wow, eso fue increíble.
—¿Lo notaste? —cuestionó Pulchra, mientras miraba fijamente a Miko.
—Sí, creo que sí… usaste menos de la mitad de energía de la que yo usé para hacer lo de la cascada.
—Exacto. Usas demasiada energía para algo increíblemente sencillo; es como usar la Matadragones de Jean para cortar un pan, es un esfuerzo innecesario.
—¿Y cómo voy a saber qué tanto esfuerzo usar?
—Imagínate que todo está hecho de pequeños granos de arena, que flotan en el aire, que fluyen en el agua. Vamos, hazlo; siéntate y cierra los ojos.
Miko se sentó, acomodándose en la fría nieve y cerró los ojos, dejando su mente en total oscuridad.
Editado: 05.08.2026