Penitencia de un caballero

CAPÍTULO 30 LUZ NECIA

Todo era oscuridad; era como si flotaran en medio de la nada. Jean y Pulchra estaban en guardia, esperando cualquier movimiento, mientras que todo el cuerpo de Miko estaba temblando, y por puro instinto sacó su arma.

—¿Eh? ¿En qué momento? —se preguntó Miko, desorientada.

—Que ni se te ocurra —ordenó Jean.

—¿Qué es lo que haces aquí? —cuestionó Pulchra.

—Bueno, no estaría aquí si no fuera porque alguien colocó una barrera en todo Kashikoi, evitando que cualquiera use las sombras para entrar.

—Entonces de verdad vienes por Corvus, pero aún no logro descifrar el porqué.

—¿Acaso debo dar explicaciones? Escuchen con atención, Lanzas: les ofrezco un trato. Entréguenme a Corvus y a cambio les prometo que les quitaré la correa del rey.

Vespae extendió una de sus manos, la cual estaba emanando tanta oscuridad que partículas salían de ella.

—De verdad estás muy desesperado, Vespae. ¿Tanto miedo le tienes a Corvus? —se burló Jean.

—Entiendan Lanzas: esto va más allá de ustedes. Una catástrofe se avecina; a diferencia de ustedes, Corvus es una valiosa pieza. Debo someterlo mientras tenga oportunidad.

—Lo siento, Vespae, no te puedo tomar la palabra. Nosotros ya estamos sometidos por las cadenas de oscuridad de Corvus; si tratamos de hacer un trato contigo, se invalidará el tuyo de inmediato… pero eso tú ya lo sabías.

—Je… tu inteligencia, Pulchra, siempre ha sido tu mayor debilidad. Que quede claro que traté de hacerlo de forma pacífica.

Pulchra volteó a ver a Jean, asintiendo con la cabeza; Jean de inmediato retrocedió rápidamente, agarró a Miko de su ropa y la lanzó lo más fuerte posible.

—¡Espera, Jean! —Miko solamente podía ver mientras se alejaba, cómo ante sus ojos Pulchra, Jean y Vespae desaparecían en un parpadeo.

Miko cayó un par de metros de donde se encontraban, terminando por rodar en el suelo. El sonido del viento empezó a sonar de nuevo.

—Estoy en el lago. ¿A dónde fueron ellos?

Un mar sin horizontes resonaba con fervor, las olas revoloteaban de un lado a otro y en medio de ese inmenso caos se encontraba Vespae.

—Cúbreme las espaldas, Pulchra.

—¿De verdad crees que podemos ganar, Jean?

Jean y Pulchra se encontraban a cientos de metros de Vespae, suspendidos en el aire en una plataforma de hielo.

—¿Eso importa acaso? No le voy a entregar a Corvus.

Una poderosa luz blanca iluminó todo el mar; el cabello de Jean se había teñido de un color blanco como la nieve, al igual que sus ojos, y con determinación en su mirada saltó de la plataforma.

—La zona de Pulchra... ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que estuve aquí?... De acuerdo, jugaré su juego —admitió Vespae.

Uno a uno, Vespae empezó a estirar sus brazos, dejando ver que en cada mano sostenía una espada negra carbón, con unas hojas curvadas, como si fueran una luna menguante, de cuyas hojas salían pequeñas protuberancias afiladas.

Dando apenas un paso sobre la zona, Vespae oscureció todo el cielo en un segundo, pero Jean lograba iluminarlo con sus abrasadoras llamas.

«Vamos, Jean, concéntrate; él no es invencible. Aunque parezca que su oscuridad lo devora todo a su paso, él sangra, él puede morir».

Controlando su respiración, Jean empezó a calmarse; su mano dejó de temblar y su corazón se apaciguó. Agarrando con fuerza su Mata dragones, Jean clavó su mirada en Vespae.

—Qué molestia. Enfrentarme a uno de los generales era de las últimas cosas que quería —reclamó Pulchra mientras se generaban esferas de agua a su alrededor—. Jean, no te cubriré las espaldas, solamente evitaré que te ahogues.

Lo único que evitaba que Jean terminara en el fondo del mar era un par de placas de hielo debajo de sus pies.

Tensando todos sus músculos, Jean blandió su Arium y salió volando a toda velocidad, dejando detrás un rastro de voraces llamas, colisionando contra Vespae y generando maremotos en todo el mar sin horizontes.

Entre todos los brazos de Vespae pudieron detener la pesada espada de Jean, quien salió de nuevo volando gracias a una patada de él; este, desplegando sus alas, voló.

—Veamos, ¿de quién de los dos me deshago primero? ¿De la molesta cachorra? O ¿de la estorbosa mosca?... Ya me decidí —se dijo a sí mismo Vespae mientras volaba por los aires.

Por otro lado, Miko, estando en el lago, estaba perdida en sus pensamientos.

—Debo ayudar en algo, pero están en la zona de Pulchra… ¿Cómo es que puedo entrar? Pulchra, al igual que Jean, mencionaron que había una forma de entrar… tengo una idea.

Miko se sentó en la fría nieve, cerró los ojos y empezó a aclarar su mente, volviendo a imaginarse los granos de arena que volaban a su alrededor.

—Hmm, lo veo todo como siempre… no, algo cambió.

Concentrándose aún más, Miko pudo ver cómo algunos de los granos de arena eran atraídos a un punto en específico. Aun con los ojos cerrados, Miko se levantó, empezando a caminar.

—¡Auch! —Miko se había estampado contra un árbol—. Debo ir con más cuidado.

Después de unos segundos, Miko pudo llegar a donde estaban siendo succionados los granos de arena; era como si fuera una grieta en medio del aire. Miko trató de tocarla, pero su mano la atravesó sin más.

—Si no me equivoco, aquí es por donde desaparecieron ellos, ¿pero ahora qué hago?

Abriendo los ojos, Miko pudo ver cómo frente a ella no había nada, pero extendiendo su mano dijo:

—Aun sin los ojos cerrados, se siente cómo el aire en este pequeño lugar es diferente; incluso diría que huele a agua salada.

«Piensa, piensa. Una zona se manifiesta por una gran concentración, pero también de un gran poder. Poder elemental».

Miko volteó a ver su espada y después de unos segundos de observarla, la imbuyó en agua, al mismo tiempo que emanaba una gran aura turquesa, concentrándola toda en la punta de su espada.

—¡Vamos! —exclamó Miko mientras trataba de hacer una estocada.



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En el texto hay: violecia, filosofa, debates

Editado: 05.08.2026

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