El sonido de las olas se podía escuchar a la perfección, y a las orillas de la playa estaban los cuerpos de cientos de Konchūs que pavimentaban el suelo, tapizando hasta donde alcanzaba la vista. Frente a este desolador paisaje, un pequeño Konchū veía con curiosidad los cadáveres.
—Je, qué tontos.
De entre los muertos, un Konchū trató de salir; vio al pequeño que tenía frente a él e intentó alcanzarlo.
—Oye, tú… ayúdame, por favor.
—¿Yo? ¿Por qué debería? Eres un defecto.
—Por favor, te lo suplico —dijo el moribundo Konchū mientras miraba a los ojos a quien tenía delante.
El pequeño Pulchra se quedó impactado por lo que estaba viendo; algo dentro de sí se movió y, con algo de titubeo, acercó su mano tratando de ayudar al desahuciado ser que tenía delante; pero antes de que siquiera pudiera agradecerlo, el Konchū moribundo fue atravesado por una espada.
—¡Carajo, Pulchra! ¿Cuántas veces te tengo que decir que no ayudes a los fallos de tu padre?
Un insecto humanoide, fornido, parecido a una mosca, se plantó frente al pequeño Pulchra.
—¡No le digas a mi padre! Fue un pequeño desliz.
—Si sigues en ese camino, también serás uno más de ellos —advirtió mientras señalaba el mar de cadáveres.
—No volverá a pasar —hizo una pequeña reverencia—; fue por curiosidad, tienes mi palabra.
—Ya vámonos, tu padre empezará a sospechar.
Pulchra fue llevado a un salón de clases, donde, junto con seres parecidos a él, empezó a leer un libro.
«Padre siempre ha dicho que el conocimiento es poder… también ha dicho que no comparta ese poder con cualquier persona».
En el lugar resonaba un silencio casi sepulcral, gracias al sonido de las páginas de los libros moviéndose o de las pequeñas respiraciones de los infantes. Pero esa “paz” fue borrada por un estruendoso puertazo.
—¡Sujeto 225, Pulchra!
El Konchū mosca entró a la habitación, exaltado, tratando de controlar su respiración; mientras que Pulchra se levantó con serenidad y con tranquilidad se acercó a él.
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó confundido Pulchra.
—El jefe te quiere ver.
—¡Claro, quiero ir a ver a padre!
Llegaron a un amplio cuarto lleno de estanterías repletas de tiras de papiro y un escritorio frente a una amplia ventana. En aquel escritorio estaba sentado un ser largo, con una piel como la obsidiana, múltiples brazos y un par de alas transparentes.
—Aquí está el sujeto que solicitó, administrador —declaró el Konchū mosca.
—Sujeto 225, ¿no? Veamos tu historial.
El ser sacó de debajo de su escritorio un rollo y empezó a leerlo detenidamente.
—Veo que en las áreas de razonamiento y cálculo has crecido de forma monumental… Sin embargo, tu rendimiento físico no es el deseado. Hmmm, ¿qué hago?
—¡Padre, me esforzaré más! —exclamó Pulchra lleno de determinación.
—Entiendo; sería absurdo decir que no tienes un gran potencial. Diría incluso que eres casi perfecto, pero hay una docena igual a ti… ¿Qué opinas, Fructus?
—Si quiere oír mi punto de vista, como puede ver, este sujeto ha crecido por encima del promedio; es demasiado pronto para descartarlo, hay que seguir observándolo.
—Un sólido argumento; sin embargo, dime, sujeto 225, ¿son ciertos los reportes de que trataste de ayudar a un defectuoso?
Al oír tal acusación, el Konchū mosca trató de articular unas palabras, pero nada salió de su boca gracias a que la tapó con su mano, la cual empezó a morder con desesperación.
—Es cierto, padre. Sé que son fallas, ¿pero por qué es malo ayudar? Así podría aprender en qué fallaron y no hacerlo.
—Fallaron en lo mismo que tú. Respondiendo a esa interesante pregunta: el simple hecho de ayudar o aprender de un defecto te corrompe, te contamina de una cosa llamada empatía.
—¿Qué es eso?
—Es un mecanismo de supervivencia que tienen algunos de los seres vivos; lo usan para crear grupos y aumentar su supervivencia. Pero para la ciencia es un estorbo, nos limita, nos predispone a no cruzar ciertas líneas, líneas que se deben cruzar para un bien mayor.
Después de eso, Pulchra se quedó perdido en sus pensamientos, mientras quien estaba frente a él, simplemente suspiró.
—No puedo ignorar esto. He aprendido a no dejar pasar este tipo de conducta; pero siéntete honrado, cada falla que es descartada me acerca cada vez más a mi meta, gracias.
Fructus, quien había acompañado a Pulchra, simplemente asintió con la cabeza, llevándose a un Pulchra que aún estaba perdido, pensando.
—¿Por qué no lo negaste, Pulchra? Te hubieras librado si lo hacías.
—Es que no entiendo todavía. Esa “empatía”, ¿de verdad es algo tan malo? Digo, si de verdad frena a la ciencia, entonces no tiene utilidad, ¿no? Pero en sí no es malo… hmm.
—A veces se me olvida que eres solamente un niño…
Pulchra fue llevado a las orillas del mar, donde más Konchūs lo estaban esperando con enormes aguijones.
—¡Wow! ¿Este es el mar del que tanto he estado leyendo? Siempre escuchaba su hermosa danza, pero de vista, es igualmente hermoso.
—Es irónico, tan cerca y tan lejos de algo tan hermoso. Este es mi regalo de despedida, Pulchra; en tus últimos momentos serás libre —dijo Fructus mientras miraba al horizonte, donde el sol se estaba poniendo.
Pulchra simplemente se arrodilló, tomó en sus manos un poco de agua y la vio con fascinación, ignorando a todos a su alrededor, simplemente sintiendo el viento y la fría agua de mar.
Enormes aguijones como espadas apuntaban hacia Pulchra, a punto de decapitarlo, pero antes de que eso pasase, Fructus mató en un parpadeo a los ejecutores. Pulchra, sin darse cuenta, empezó a jugar con el agua, haciendo que levitara de un lugar a otro.
—No eres una falla, Pulchra. Estoy harto de esta muerte sin sentido. Yo, como todos los demás, fui condenado a estar en esta isla; pero tú, Pulchra, crea una nueva tierra para nosotros.
Editado: 18.09.2026