—¿Cómo siguen las papas, Pulchra?
—Justo las iba a regar.
—Vale, pero antes de eso, hay que comer; te hice una pasta de miel y fruta.
—Gracias, Diógenes.
Pulchra y Diógenes se sentaron en un par de troncos frente a ellos; tenían una enorme roca partida a la mitad que usaban como mesa, todo esto a las afueras de la choza.
Diógenes empezó a comer directo del cuenco, mientras que Pulchra sacaba de su boca su “lengua”, más parecida a una cuerda, y empezó a succionar su comida hecha puré.
—¡Vaya, eso estuvo bueno! —exclamó Pulchra—. Iré de inmediato.
Diógenes se quedó viendo a Pulchra. Este último se levantó y, con su delgada pero gran silueta, le tapaba el sol.
—No me había dado cuenta, pero los de tu especie crecen más de lo que recordaba.
—Ja, no es como si fuera difícil ser más grande que tú; mides lo mismo que dos barriles.
—Eso, de donde yo vengo, es estar por encima del promedio.
—Eso sí no me lo habías dicho… todos los días se aprende algo nuevo.
—Hay cosas que aún no te he enseñado, pero date prisa, me estás quitando la luz del sol.
Pulchra se apartó y tomó seis cubetas de madera, una por cada mano, y empezó a caminar a través de la jungla.
—Uf, hace más calor de lo normal; lo más seguro es que ya empezó la primavera, es por eso que no pude dormir anoche.
«Por más que insistí en enfriar la cabaña, Diógenes siempre se negó cuando yo trataba de hacerlo».
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del agua fluyendo, y de entre la maleza, Pulchra pudo ver el caudaloso río.
Con tranquilidad, Pulchra sumergió las cubetas al mismo tiempo, pero, de un momento a otro, sintió un escalofrío recorriendo toda su columna.
—¿Qué es este sentimiento?
Pulchra trató de desplegar sus alas, pero al instante se detuvo.
—Na, prefiero tardarme antes de que Diógenes me dé otro de sus discursos.
Dándose media vuelta, Pulchra se volvió a meter en la jungla. Al llegar a la cabaña, empezó a regar las plantas con sus propias manos, y cuando terminó, se quitó el sudor de la frente.
—Bien hecho; le preguntaré a Diógenes si necesitamos algo más.
Entró a la cabaña buscando en cada rincón, pero no pudo encontrar a Diógenes; sin embargo, en la mesa había dos tazas de té aún humeantes.
—Esto es raro… ese anciano debe estar meditando donde siempre.
Pulchra salió de la cabaña y se adentró en la jungla, entrando cada vez más al corazón del lugar hasta toparse con Diógenes, quien estaba sentado en una roca observando con atención un estanque.
—Me sigue impresionando lo mucho que puedes caminar, aun estando viejo —reclamó Pulchra.
—En estos tiempos, es un privilegio vivir tanto tiempo.
—Supongo; si no hubieras vivido tanto, nunca me hubieras transmitido tus enseñanzas.
—Eres alguien inteligente, Pulchra, pero aun con todo el conocimiento que te he compartido, sigues siendo una crisálida.
—Si me dejaras usar mi descendencia, podría aprender cosas totalmente nuevas.
—Es fácil usar esa habilidad innata para cosas grandes y ostentosas, pero es difícil usarla en actividades más humildes. ¿Alguna vez me has visto usar mi descendencia?
—¿Tú también tienes descendencia?
—Todo ser vivo que posea voluntad nace con descendencia; no decidimos si tenerla o no, tampoco podemos escogerla. Lo único que podemos escoger es qué hacer con ella.
—El único problema no es solo escoger, sino saber qué es lo que realmente quiere uno, ¿no es así?
—Vive y deja vivir, Pulchra.
—¿Por qué toda esta plática?
—Nada en particular. Regresemos a la cabaña.
El día pasó con normalidad, y a la mañana siguiente, Diógenes le pidió un favor a Pulchra:
—Pulchra, el día de hoy solo tendrás que ir por la flor de fuego.
—¡¿Qué?! ¿Es la que habías dicho que crece a las faldas de un volcán?
—Esa misma.
—¿Para qué la necesitas?
—Te enseñaré a hacer un medicamento para curar casi cualquier enfermedad.
—De acuerdo, iré volando y regresaré en un instante.
—Nada de eso.
—¡Me lleva!
Pulchra se fue enfadado de la cabaña y se adentró en la jungla, teniendo que atravesarla toda.
—Salí cuando recién estaba saliendo el sol, y ahora casi está en su punto más alto. Diógenes me dijo que no volara, pero que tampoco podía usar mi descendencia.
En un instante, el suelo se congeló, haciendo que Pulchra empezara a deslizarse velozmente entre los árboles, llegando rápidamente a su destino y viendo al instante una flor que brillaba como si fuera fuego.
—Creo que es más que obvio que es esta.
Agarró la flor y regresó a toda velocidad.
—A este paso llegaré en un instante —Pulchra sintió de nuevo un hormigueo en su espalda—. Aún no entiendo qué es esta sensación.
Estando a punto de llegar a su hogar, Pulchra pudo avistar a lo lejos cómo cientos de figuras aladas pasaban por encima de los árboles.
—Esto no puede ser bueno.
Al llegar, vio la cabaña junto con la plantación en llamas; con desesperación empezó a buscar a Diógenes. Intentó apagar el fuego, pero cuando finalmente pudo extinguirlo todo, observó decenas de cadáveres.
—Ellos… ellos son iguales a mí.
Viendo a la lejanía a Diógenes tirado en el suelo, fue rápidamente a su ayuda, tomándolo entre sus brazos.
—¡Diógenes! No mueras.
Una bola de fuego estaba a punto de chocar contra ambos, pero Pulchra creó un domo gélido, protegiéndolos.
—Déjame, Pulchra; ningún hombre puede escapar de su destino.
—Al diablo con el destino, no puedes morir. Si mueres, tu conocimiento también lo hará.
—Si tú vives, mi conocimiento también lo hará.
Pulchra se quedó sin palabras; en el exterior, los ataques continuaban, terminando por romper la defensa gélida.
Todo se volvió oscuro y se distorsionó; únicamente se podía escuchar el sonido de la carne desgarrándose y el fuego extinguiéndose…
Editado: 18.09.2026