El sentir inefable de poder decir la palabra <hermano/a>.
El amor inmarcesible que proviene de un rostro distinto al tuyo, pero con tu misma sangre corriendo por sus vengas.
La armonía de dos almas viendo el mismo arrebol.
Lo melinfluo y efímero de una larga charla.
La existencia indeleble, la certeza de que mañana estará ahí, por ti, para ti y por si lo necesitas.