Ben se sentía mal. No era una enfermedad, ni una herida visible... era simplemente el día. Ese día. El aniversario de su no muerte.
No era un recuerdo que doliera directamente, no era un evento concreto. Era, más bien, una sombra. Un eco. Algo que existía sin haber ocurrido del todo. Su no muerte no le afectaba, o al menos eso quería creer. Pero al agua sí le afectaba: se negaba a reflejarlo del todo. Y abrir los ojos por la mañana, ese simple gesto, dolía más de lo que podía explicar.
Pobre no ángel.
Pobre no demonio.
Pobre no vivo.
Pobre no muerto.
"Pobre", decían algunos, con lástima mal dirigida.
Pero pobre no era.
Pobre nunca se sentiría.
"¿Por qué tiene una familia?", preguntaban otros, confundidos, como si alguien en su estado no debiera pertenecer a nadie.
"¿Por qué no se sentía?", insistían.
"¿Por qué se sentía mal?", le preguntaron una vez.
Ben, sin levantar la voz, respondió con la verdad que siempre llevaba en la garganta:
—Porque estoy no vivo. Porque estoy no muerto.
Esa frase, tan sencilla y rota, bastó para darle un leve alivio. Como si al decirlo en voz alta, al nombrar su estado, pudiera abrazarlo con resignación.
Y aun así... lo sigue escuchando.
Lo sigue teniendo.
Lo sigue sintiendo.
Entonces, quizá, pensó Ben,
sí estoy muriendo.
Un poco cada día.
"Yo, antes de morir, quisiera entender si alguna vez estuve vivo, o si solo fui el eco de alguien que nunca llegó a ser."
