No pude dormir en semanas. Me sigo preguntando qué me pasa; necesito entenderlo, necesito darle un nombre a este torbellino que me consume por dentro. Mi mamá me dijo que le contara si algo malo ocurría, pero no sé qué decirle: parece que no me pasa nada y, al mismo tiempo, siento que todo me está pasando.
¿Qué hago si mi mente está a punto de explotar? ¿Qué hago si cada pensamiento se convierte en un peso que no sé cargar? Intento esconderlo, ocultar el miedo, ese miedo a no comprender lo que me sucede, ese miedo de pensar que todo está bien cuando en realidad nada lo está. Es como si viviera atrapado en una contradicción constante: sonrío por fuera, pero por dentro me hundo.
Este sentimiento de vacío y nostalgia me acompaña desde hace dos años y no deja de crecer. Es un eco que resuena en cada día, en cada noche sin descanso, como si me recordara que nunca se irá. Y entonces todo se reduce a la misma pregunta: ¿cómo puedo seguir fingiendo? ¿Cómo lograr un sueño tranquilo, cómo permanecer en ese instante perfecto de paz sin que el amanecer me obligue a despertar?
Yo, antes de morir, quisiera aprender el nombre de este vacío, quedarme por fin en ese sueño que me da paz y poder decirle a mi mamá la verdad sin miedo.
