Érase una vez una chica que tenía dos mejores amigas.
Esa chica era muy egoísta y mentirosa, pero sobre todo… era celosa. Y tú dirás: “¿Celosa de qué? ¿De sus mejores amigas?” Y sí, era así, pero no de la forma que piensas.
Déjame explicarlo bien: yo tenía varios amigos hombres. Una de mis mejores amigas estaba en mi salón y la otra en otro grupo. El hecho de estar alejada de mi otra mejor amiga me hacía sentir que se alejaba de mí, así que me pegué demasiado a la amiga que sí estaba conmigo en el salón. Teníamos un grupo de cinco: tres chicos, ella y yo. Pero yo tenía celos. En ese momento pensé que era porque se juntaba demasiado con ellos (aunque yo siempre estaba ahí).
Hice algo horrible: le hice creer que mi otra mejor amiga —la que estaba en el otro salón— había dicho: “Te juntas mucho con los chicos, no es bueno para ti…”, y otras cosas que ya no recuerdo (y creo que es bueno no recordarlas, porque aun así me siento horrible). Mi amiga, que era muy buena persona, fue con la otra chica a preguntarle por qué decía eso, y ella le dijo que jamás había dicho nada. Al final se dieron cuenta de que todo era una mentira mía.
Mi amiga del otro salón dejó de ser mi mejor amiga y pasó a ser solo una “conocida”. Me dolió muchísimo, porque era mi culpa. Todo era mi culpa. Mi otra amiga del salón simplemente lo dejó pasar y seguimos hablando. Pero cuando ya había pasado todo eso, apareció ese maldito video… uno que hizo que mi perspectiva cambiara completamente.
Yo hice todo mal, pero encontré el motivo. Y fue demasiado tonto: mi mente de secundaria pensó: ¿Cómo rayos voy a explicarles que mis acciones fueron porque me sentía celosa de los chicos, y no porque pasaran mucho tiempo con ella, sino porque son chicos?
Lo sé… raro, ¿verdad?
Vi un video de un chico —para ser específica, un chico trans— que explicaba su transición a través de los años, cómo se dio cuenta y todo lo que tuvo que pasar. Solo lo vi una vez, pero sembró una semilla de duda. Y desde ahí creció.
Empezó la pandemia. Mi grupo de cinco se redujo a dos con quienes hablaba más: mi mejor amiga y “él”, que se convirtió en mi mejor amigo. Cuando comenzaron a salirme más videos de chicos trans, al principio pensé: “Esto es estúpido. ¿Por qué yo, siendo mujer, nacida mujer, querría sentirme como un hombre?” Rechacé la idea una y otra vez. Cada vez que llegaba, yo misma la sacaba: “Es algo estúpido”, “Se me va a pasar”.
Pero lo único que pasó fue que me volví más insegura de mi cuerpo.
Empecé a pensar cosas que nunca había pensado. Me digo “triste” porque la palabra “depresión” siento que no va conmigo, pero yo solo me sentía mal. Y un día, ese mejor amigo me dijo algo que me dejó helada:
“Me quiero suicidar”.
Y de repente la idea llegó a mí: si la vida era tan difícil, ¿por qué yo no hacerlo también?
Yo luchando con mi identidad de género, yo y mi mamá con ansiedad, encerradas en una casa en plena pandemia… todo se sentía tan pequeño, como si solo existiera un camino. Pero mi mamá… yo amo mucho a mi mamá. Cada vez que tenía un ataque de pánico o ansiedad y solo estábamos nosotras dos, yo terminaba rota. No sabía qué hacer. Así que dejé de luchar. Y seguí escondiéndome.
Me escondí en ropa holgada, en mentiras para que mi mamá estuviera tranquila, en libros para no pensar demasiado en mí misma. Y así seguí hasta terminar secundaria. Me convencí de que era mujer, que aunque no quisiera, ser yo era demasiado difícil. Me escondí y decidí darme una oportunidad como mujer. Pero cada vez que lo intentaba, me sentía peor. Lloraba por todo, especialmente en la noche. Siempre he sido llorona, pero esto era distinto: lloraba porque no podía ser hombre, porque no podía ser yo.
Pensaba: ¿Y si le digo a mi mamá? ¿Qué diría? ¿Qué diría mi familia? ¿Qué sería de mí?
Intenté… no sé qué intenté, pero lo intenté. Tal vez intenté ser la chica que mi mamá quería. Tal vez la hija que mi papá quería. Tal vez la hermanita que mis hermanos querían. Pero al final siempre estaba yo ahí, en una silla, queriendo alejarlo. Y cuando lo intenté alejar… le puse nombre.
Oliver.
Un chico. Un hombre. A veces lo veía como un niño, a veces como un adolescente, otras como un adulto. Él era todo lo que yo quería ser. Era mi conciencia. Cada vez que hacía algo, él me decía si hacerlo o no. Era raro, pero ahí estaba, y yo quería ser él.
En mi último año de prepa acepté cómo me sentía, qué era, y cómo me identificaba. Ese fue el comienzo de algo bueno y algo malo. Bueno porque ya no estaba en duda conmigo mismo. Malo porque… ¿cómo iba a lograr ser Oliver, si nadie lo sabía?
Intenté cambios pequeños, como mi cabello. Pero a mi mamá no le gustaba el pelo corto “de hombre” en mí. Poco a poco tuve que meter la idea, visitando a “mi madrina” cada vez que podía para cortármelo. Lo conseguí a medias: todavía no me deja usar máquina. Ese era el paso fácil. Aún faltaba decirle cómo me sentía.
Pasé mi último año de prepa pensando en cómo decirle que quería traje para la graduación. Ella siempre dijo que no. Así que llevé vestido. Nunca me he sentido tan mal y tan bien al mismo tiempo. Odio los vestidos desde primaria, pero traté de usar uno “a mi estilo”. Al menos una parte se sintió bien.
Después vinieron las vacaciones de tres meses… fueron horribles para mi mente. Estaba dividido entre cómo decirle a mi mamá que soy un chico trans, cómo sería la universidad, si haría amigos, si mis amigos de prepa me olvidarían (otra vez el trauma por lo que hice en secundaria). Y me sentí como en pandemia. Tenía ganas de morir, pero más intensas.
Mi mamá se fue dos semanas con mi abuela. Me hundí. Regresó justo en mis primeras dos semanas de universidad, y luego se fue a un funeral. Mis amigos ocupados… otras dos semanas solo con mis pensamientos.
Solo quería desaparecer.