“La vida sigue”. Esa frase la escuché mucho en mi prepa; “ella” siempre la decía. Al escucharla en ese entonces, era la manera de justificar cada cosa tonta o estúpida, o algo que no haría, pero que por las circunstancias hice.
Cada vez que la utilizaba era para darme algo de tranquilidad, una forma de hacerme ver que ese no era el final o que eso no era todo en la vida, que todavía había más. Pero, al pasar los años y varios eventos en mi vida, cambió… El hecho de decir “la vida sigue” se me hizo difícil; escucharla me empezó a dar nostalgia y enojo al mismo tiempo.
¿Por qué debería seguir la vida si esta persona ya no está? ¿Por qué todos siguen con su vida si la suya ya se agotó? ¿Por qué tenemos que seguir sin ellos? ¿Por qué tengo que seguir si no sé qué hacer?
Sigo mi vida incompleta, pensando que sé qué hacer, pero en realidad no sé qué hacer de mí. No tenía planeado nada en la secundaria; seguí así en los inicios de la prepa, hasta que vi que realmente estaba vivo cuando la terminé. Fue muy raro, porque solo acomodé mi vida, pero todavía no tenía nada claro. Todavía no tengo nada claro.
Creo que me fui demasiado del tema. Al hablar ahora con “él”, me dijo que deberíamos darle otro significado. Al pensarlo y hablarlo, llegamos a la conclusión de que solo usaremos la frase “la vida sigue” cuando hicimos algo, pasó algo o, en todo caso, hubo circunstancias malas. En vez de ver “lo malo”, tendremos que ver el trasfondo.
Si él se fue, no debo recordar cómo se fue, sino lo feliz que fui antes de que se fuera, y después seguir pensando en esos recuerdos felices, porque “la vida sigue”…
“Yo, antes de morir, quisiera aprender a decir “la vida sigue” sin enojo ni nostalgia, sino con la paz de quien entiende que seguir viviendo también es una forma de honrar lo que fue y a quienes ya no están..”