“¿Cristal?”
Después de la pandemia empezaron a llamarnos generación de cristal.
Así nos dicen a los de la generación Z.
Y no sé… tal vez tengan razón.
En lo personal, sí me considero de cristal, pero no solo eso: me considero un jarrón de cristal, ya que no todos somos uno solo. Todos fuimos repartidos: unos son tazas, otros platos, pero yo creo que soy un jarrón de cristal. Porque durante la pandemia me rompí, tal como se rompe un jarrón al caer contra el suelo.
Y fue horrible.
Pensé cosas que no debí haber pensado… al menos no a esa edad.
Después, con muy pocas ganas de seguir, comencé a recoger los pedazos. Uno por uno. Cada fragmento de cristal roto, intentando mejorar con cada paso. Era lo menos que podía hacer si ya no podía retener nada más.
Pero algunos pedazos se perdieron. Cosas. Personas. Así como el agua que tenía dentro de mí, con sentimientos que no volverán.
Y duele.
Duele buscar esos fragmentos y no encontrarlos. Duele intentar retener sentimientos y relaciones y que se salgan, cual agua que se derrama. Duele darse cuenta de que quizá estaban ahí, cada uno de los pedazos, cerca de uno mismo, y aun así se perdieron para siempre.
En el camino recogí todo lo que pude.
Algunos pedazos eran fáciles de levantar; parecían haber estado siempre ahí, esperándome. Otros no. El agua no se retenía, al menos no como yo quería. Había fragmentos que, cada vez que intentaba recogerlos, me lastimaban. La sangre corría más de lo que yo quería admitir. Y cuando intentaba encontrar los pedazos perdidos, me lastimaba aún más con esos pequeños microvidrios que no alcanzaba a ver… pero sí a sentir.
Intentar reconstruir el jarrón fue todavía más difícil.
Era como si las piezas ya no pertenecieran al mismo jarrón, como si fueran fragmentos de objetos distintos… y además incompletos.
Muchas veces quise rendirme.
Muchas veces pensé en dejarlo así, roto.
Pero el tiempo pasaba, y mientras más pasaba, más piezas parecían desaparecer. El jarrón perdía forma. Perdía sentido.
Llegué a pensar que ese jarrón jamás volvería a sostener agua. Que ya no podría cumplir su propósito: hacer crecer flores.
Pasó tanto tiempo olvidado que, cuando decidí volver a repararlo, me lastimé otra vez. Aunque esta vez ya no dolía tanto ver la sangre caer.
El camino para reconstruirlo fue duro, desagradable… y muchas veces doloroso.
Más de una vez me pregunté:
¿Quién querría un jarrón así?
Pero ya no lo hacía por necesidad.
Lo hacía por obligación conmigo mismo.
Pasó mucho tiempo antes de que el jarrón volviera a parecer un jarrón. Y, aun así, sigue en reparación. Tiene forma, sí… pero todavía tiene agujeros. Todavía no puede sostener agua. Todavía no puede cumplir su razón de ser.
Tal vez algún día encuentre los pedazos que faltan.
O tal vez tenga que crear nuevos.
Pero nadie vio ese proceso.
Nadie vio el esfuerzo.
Solo vieron a un loco tirando un jarrón al suelo… y a su dueño intentando arreglarlo.
Por eso gritamos.
Por eso decimos lo que sentimos.
Porque ese jarrón que ahora parece roto, ese jarrón lleno de cicatrices y agujeros, algún día sostendrá flores hermosas. Flores que existen porque alguien luchó por reconstruirse.
Por eso no está mal que nos llamen de cristal.
Porque el cristal deja ver lo que hay dentro.
Y nosotros no nos quedaremos quietos.
Vamos a mejorar.
Yo voy a mejorar.
Y ese jarrón, aunque esté roto, algún día sostendrá flores hermosas.
Será un jarrón distinto… más fuerte.
Un jarrón de cristal reforzado.
Y entonces, nadie —ni nada— volverá a romperlo.
“Yo, antes de morir, quisiera saber que mis heridas sirvieron para que algún día crecieran flores, y dejar algo que demuestre que incluso el cristal roto todavía puede sostener algo hermoso.”