Capítulo 2: El peso de existir
No sé en qué momento empecé a sentirme así. Como si mi existencia fuera demasiado, como si ocupara un espacio que no me corresponde. Como si, en lugar de sumar, solo restara.
Me siento una carga.
Y cuando una persona se siente así, aprende a desaparecer poco a poco sin que nadie lo note. Se enferma en silencio. Aguanta. No se queja. Porque quejarse implicaría preocupar a alguien… y eso sería confirmar lo que más teme: que realmente es un peso para los demás.
Por eso trabajo tantas horas. Porque el cansancio distrae. Porque producir, rendir y cumplir se siente como una forma de pagar una deuda que nunca termina. A veces pienso que si tuviera tres trabajos, tal vez sería suficiente. Tal vez así compensaría todo lo que, según yo, le cuesta al mundo tenerme aquí.
También estudio. Mucho. Como si el conocimiento pudiera devolver lo que siento que debo. Como si algún día alguien dijera: “Ahora sí, ya vales lo suficiente”. Pero ese día nunca llega. Porque, por dentro, la voz sigue repitiendo lo mismo: no es suficiente.
Y mientras tanto, la soledad crece.
Es una soledad extraña, porque no siempre estoy físicamente sola. Hay gente alrededor, conversaciones, ruido… pero nadie ve realmente lo que pasa dentro de mí. Nadie escucha cuando, en silencio, pido ayuda. Y con el tiempo, incluso yo dejo de pedirla, porque parece inútil.
A veces quisiera dejar de sentir. No por debilidad, sino por agotamiento. Porque cargar con esto todos los días cansa. Pero ni siquiera tengo el valor de apagarlo todo. Me quedo en ese punto intermedio: viviendo, pero sin realmente querer hacerlo.
Pensé en despedirme. Más de una vez. Pero hay palabras que pesan, como “egoísta”. Y no quiero que esa sea la última forma en que me recuerden. Así que sigo aquí, callando, sosteniendo algo que ya no sé cómo sostener.
Por eso también me niego a ciertas cosas. A tener una pareja. A pensar en hijos. Porque, ¿cómo podría arrastrar a alguien más a este vacío? ¿Cómo permitir que alguien cargue con alguien como yo? Siento que no lo merezco… y que nadie merece estar a mi lado si lo único que puedo ofrecer es este cansancio constante.
He pensado en irme lejos. A un lugar donde nadie me conozca. Donde pueda desaparecer sin hacer ruido. Donde, si algún día dejo de sentir por completo, nadie tenga que presenciarlo. Me daría vergüenza que alguien lo viera, que alguien entendiera lo rota que estoy.
A veces me pregunto por qué nadie me quiere.
Lo intento. De verdad lo intento. Trato de ser suficiente, de agradar, de encajar. Pero siempre encuentro una razón para culparme: mi cuerpo, mi forma de ser, mi manera de existir. Palabras que se repiten en mi mente, como si alguien las hubiera dejado grabadas ahí para siempre.
“Eres desagradable.”
“Das asco.”
Y una parte de mí terminó creyéndolo.
Por eso me cuesta imaginar que alguien pueda quedarse. Que alguien pueda mirarme y no querer irse. Si la primera persona que debía hacerlo no lo hizo… ¿por qué alguien más lo haría?
No lo culpo. De verdad no. A veces pienso que yo tampoco elegiría quedarme conmigo.
Pero hay algo que todavía duele más que todo lo demás.
Que, aunque fuera solo por ser su hija…
me hubiera gustado no ser rechazada.
#13536 en Otros
#1319 en Novela histórica
#3782 en Relatos cortos
pensamientosdolor, pensamientos de dolor, pensamientos autodestructivos
Editado: 30.05.2026