Pensamientos de un alma que sufre

Capítulo 5: La habitación vacía

Capítulo 5: La habitación vacía

Hay ausencias que nunca aprenden a irse.

El tiempo sigue avanzando, los calendarios cambian, las estaciones llegan y se marchan, pero algunas pérdidas permanecen inmóviles dentro del corazón, como si se hubieran quedado atrapadas en un instante que nunca terminó.

A veces cierro los ojos y regreso a los lugares donde alguna vez fui feliz. Escucho risas que ya no existen, conversaciones que el viento se llevó y promesas que quedaron suspendidas en el aire. Por un momento todo parece real, hasta que vuelvo a abrir los ojos y me encuentro frente a la misma realidad: la habitación está vacía.

Es extraño cómo una persona puede ocupar tanto espacio incluso cuando ya no está.

Su ausencia aparece en los pequeños detalles. En las canciones que evito escuchar porque me recuerdan demasiado. En las fotografías que observo cuando nadie me ve. En las fechas que llegan cada año como heridas recién abiertas.

Hay noches en las que el dolor se vuelve tan silencioso que parece confundirse con la oscuridad. Me quedo mirando el techo preguntándome qué habría pasado si algunas cosas hubieran sido diferentes. Si hubiera dicho una palabra más. Si hubiera dado un abrazo más largo. Si hubiera tenido una oportunidad más.

Pero la vida rara vez responde esas preguntas.

Y el corazón aprende a vivir rodeado de ellas.

Lo más difícil no fue perder. Lo más difícil fue seguir viviendo después de la pérdida. Levantarme cada mañana sabiendo que el mundo continuaba igual para todos, mientras el mío se había detenido.

Nadie enseña cómo cargar una ausencia.

Nadie explica cómo se sigue adelante cuando una parte de ti se quedó atrapada en el pasado.

Hay días en los que logro sonreír y sentirme en paz por algunos momentos. Pero luego aparece un recuerdo inesperado y todo vuelve a doler. Como una vieja cicatriz que nunca terminó de cerrar.

Quizás algunas heridas no sanan completamente.

Quizás algunas personas están destinadas a convertirse en una nostalgia permanente.

Y tal vez el verdadero dolor no sea olvidar.

Tal vez el verdadero dolor sea recordar perfectamente.

Recordar una voz que ya no escuchas.

Recordar una mirada que ya no encuentras.

Recordar un amor, una amistad o una presencia que se convirtió en un vacío imposible de llenar.

Esta noche vuelvo a sentarme en la oscuridad, acompañada por recuerdos que nadie más puede ver.

Y mientras las lágrimas recorren mi rostro, comprendo algo que me rompe aún más el alma:

Hay despedidas que ocurren una sola vez.

Pero hay corazones que las viven todos los días.




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