“Lo más difícil no fue aceptar que te habías ido, sino darme
cuenta de que una parte de mí todavía esperaba que volvieras.”
Sentía ansiedad....
Siempre estaba esperando un mensaje tuyo. Cualquier cosa que
viniera de ti parecía suficiente para cambiarme el día.
Me imaginaba ese momento muchas veces. Imaginaba que un día
volverías a hablarme como antes, que aparecerías de la nada con
un simple:
“Hola, ¿cómo estás?”
Y no sé por qué, pero solo imaginarlo me hacía sentir algo que
no sabía explicar.
Me daba vueltas en la cabeza una y otra vez. Pensaba en cómo
sería volver a verte, qué me dirías, qué te respondería yo. A veces
hasta me preguntaba si, después de todo, todavía pensabas en mí.
Pero si soy sincera, no sé qué esperaba realmente...
No esperaba que volvieras conmigo.
No después de todo.
Fuiste una decepción. Me dejaste heridas que todavía siento cuando
recuerdo ciertas cosas, heridas que parecían atravesarme el corazón
y derramar un centenal de sangre dentro de un lago profundo de desamor.
Entonces, ¿por qué seguía esperando?
Quizá no esperaba que regresaras. Quizá solo esperaba que alguna
vez hicieras algo que me demostrara que todo aquello también había
significado algo para ti.
Me aferré a la esperanza de que algo cambiara, aunque en el fondo
sabía que probablemente no iba a hacerlo.
Y esa fue la parte más difícil.
Saberlo y, aun así, esperar..
Porque una parte de mí entendía que debía dejarte atrás, mientras otra
seguía mirando hacia la orilla, esperando ver aparecer tu nombre en la pantalla.
Y quizá eso era lo que más me dolía: no que te hubieras ido, sino que
una pequeña parte de mí todavía esperaba que algún día decidieras volver.