-Pensar en libertad, Javier R. Cinacchi-
¿Qué me gusta?
¿Qué quiero? y ¿qué me gusta? no son necesariamente lo mismo, y no es un detalle menor. La tendencia histórica en la mayoría de los sistemas filosóficos y espirituales ha sido desvalorizar los gustos individuales, pero creo que son muy importantes. Por eso vamos a analizar algunos puntos clave y ejemplos de su gestión, porque tampoco se trata de que estén descontrolados los gustos.
A veces algunos tienen algo que suele gustar a muchos, un tiempo tal vez. Pero no todas las personas tienen lo mismo. Es importante conocer esta realidad.
Y hay que ser justos, quizás hoy poseemos sueños del pasado y quizás algunos del mañana; aunque no disfrutemos cosas que luego surgirán. Los gustos van cambiando.
A su vez suelen gustar varias cosas. Aunque hay personas que su conocimiento es tan limitado, que quizás solo les gusta comer, tener sexo, y charlar. No digo que eso sea feo o malo, pero hay mucho más que esto.
Como escritor que soy, disfruto tanto escribir libros, que a veces me olvido de comer, o tengo que obligarme, de tal forma, semejante a si luchara contra un vicio, a dejar de escribir si justo me sumergí en ello. Incluso a veces, como quien sale y vuelve tarde, me acuesto tarde por el disfrute de estar sumergido en la escritura.
También me gustan otras cosas, pero todo no se puede hacer al mismo tiempo, y también está el coste de la oportunidad, si hacés una cosa, o si invertís algo en un lado, al mismo tiempo no lo podés hacerlo en otro. El coste monetario, el entorno, y hasta pesa lo que cambia en uno mismo. La última vez que fui a ver al campo a Iron Maiden –grupo musical rock pesado–, pues a mí que me encantaba estar bien en el lio –hacer pogo–, ¡me dolió todo un mes! Los gustos van cambiando, algunos incluso a la fuerza sin que quede otra que adaptarse. Esto le resulta más complejo notarlo a los jóvenes. Y cada quién puede tener sus gustos mientras que no sean dañinos.
Y el punto es que es bueno evaluar qué se quiere, qué gusta, qué conviene; e incluso ampliarse para descubrir nuevas posibilidades. La vida no se trata solo de producir o cultivarse. De no ampliarnos para descubrir nuevas cosas, aún un adulto sería un coleccionista de figuritas y se estaría desesperado por ir a jugar juegos de niños o ver dibujos animados.
Hay muchas cosas atractivas, te conviene no encerrarte en alguna en particular, y tampoco no es para despreciar los pequeños gustos que tengas. No es algo irrelevante los gustitos: paseo, libro nuevo, accesorio para la computadora, una ropa linda, una bebida artesanal, adorno, herramienta, o arreglo en la casa, una buena película, una nueva pantalla para mirarlas, cada quien tiene los suyos. Medida justa y a valorarlos, incluso sin olvidarse de ellos, tal vez planificar alguno importante por año.
Luego, se quiera o no, hay cosas que tal vez tarde o temprano nos pasen a la mayoría. Probablemente, si te descuidás de anciano: no tengas fuerza ni para poder caminar. Tal vez incluso aunque te cuides; algunas actividades simples, patinar por ejemplo, pueden volverse peligrosas a determinada edad. Pero algunas personas a los treinta años caminan dos cuadras y se cansan. A mi abuelo, si le preguntabas, “¿Qué te gustaría?” –él no era muy filósofo, era práctico– te decía: “Sanarme de la cintura para ir a bailar el tango”.
En el pensar en libertad y con juicio crítico, también sería bueno acostumbrarse a cuidar la salud. Cada complicación puede ser al extremo molesta, desde lo estético a lo básico y necesario.
No es lo mejor solo estar pendiente de lo que se quiera o gusta, también es cuestión de qué conviene para estar bien.
¿Tomo gaseosa o té verde? ¿Hago ejercicios o algo que me guste más?
¿¡Tanto esfuerzo es hacer veinte minutos por día de buenos ejercicios!?
La inteligencia es bueno domine por sobre los deseos, lo que gusta, lo que se quiere, y lo que no se pueda tener. Séneca mencionó una frase, que dice algo así:
El pensamiento se dirige hacia donde duele, como la mano se dirige hacia la herida.
A veces no tener lo que gusta duele, pero, podés llegar a notar que de nada sirve dolerse de más. Comprender distintas cosas, incluso aliviada la carga de una ausencia; se puede disfrutar de lo que aún se posee, y siendo justos: ¿Puedes ver o hablar? ¿Tienes una cama? ¿Has tenido seres queridos a tu lado? ¡Qué bueno! Algunos no lo han tenido nunca.
Es terrible que algunas personas se desesperen en disfrutar algo luego de que lo pierdan; y cuando lo tenían: no lo valoraban.
Nos es necesario orientar bien el pensamiento, y que este reine, e incluso tomarnos un tiempo para hacer ocio –scholé–, el ocio filosófico ¡y que te guste! ¿Qué es esto? Se podría decir que en este libro estoy haciendo tal ocio. Es decir, es detenerse a pensar con atención, evaluar principios, y buscar respuestas con el pensamiento.
Generalmente ocio se le dice a buscar respuestas espirituales –antes algo era espiritual o material, no había término medio; lo de separar alma y espíritu es una interpretación posterior de algunos–. Lo que intento decir es que no se suele hacer ocio para resolver una ecuación matemática, sino para resolver una idea espiritual, desde lo moral hasta el significado de un concepto, o incluso el cómo orientarse en la vida, o el por qué te enojaste al notar una mosca se posó en tu vaso, o cómo orientar tus gustos.
La postura que sugiero no es: “vale más hacer un minuto de ocio filosófico, que mil horas de mundanidad”.
Es: “tengo que detenerme y pensar en libertad para guiar mi vida hasta en lo que me gusta”.
Quizás, si a los cuarenta años logras disfrutar de salir a correr dos kilómetros dos veces por semana, cuando seas anciano –aunque ya no puedas correrlos– es muy probable que estés mucho mejor que si nunca lo hubieras hecho, que si tu hábito reinante hubiera sido la cerveza y la televisión.
Si no te guiás sos un barco a la deriva, o peor aún: un barco manejado por otras personas directa o indirectamente. O quizás aún peor: viciado en algo que te gustó.
Las repeticiones no dejan pensar con claridad, hay que alejarse un tiempo del “ruido” y orientarse. Aunque algo guste mucho o se lo quiera, porque eso puede estar haciendo perder el control, o desgastando sin conseguir nada más allá de estar pendiente de eso ¿Buscando algo? ¿Simplemente pasar el tiempo? ¿Obsesionado?
¿Quedarse estancado haciendo siempre lo mismo? ¡Con lo maravilloso que es todo!
Algo exagerado es una exageración, tiende a ser un vicio y no una virtud que enceguece a otras cosas.
Conocer otras cosas es importante. Por ejemplo, a muchas personas en la actualidad la poesía no les gusta; y probablemente sea porque no se han interesado lo suficiente en descubrir su belleza. Además, ¿cuánta publicidad tiene en relación a otras cosas? Y de hecho, la poesía es el género literario más antiguo, el que más ha acompañado a la humanidad incluso en momentos difíciles. Esto es solo un ejemplo, en vez de haber mencionado a la poesía o los libros, podría haber mencionado a algún otro arte, o incluso a alguna ciencia –que antes a muchas ciencias se la definía como “el arte de ...”–
La magnitud de lo que se desea, gusta, y su gestión –o cambio– es relevante.
Un ejemplo un poco extremo. Opino que algunas corrientes de pensamiento, se equivocan en plantear absolutos tales como: emborracharse es malo. Concuerdo que vivir borracho es malo, pero de vez en cuando para mí emborracharse no es malo (hasta determinado punto, y si a la persona no le afecta a su salud). Ahora, esto en alguien que no pierde el control.
Es un peligro para alguien que no puede hacer equilibrio, hacer equilibrio en donde pueda caer y lastimarse.