El día comienza de nuevo, con el sol apenas asomando en el horizonte y filtrándose cálidamente por las ventanas del dormitorio, dibujando esas características líneas de luz. En el barracón, en cambio, el ambiente es tenso. Todos se levantan con una seriedad inusual, preparados para iniciar la jornada.
El silencio se quiebra cuando Kage se acerca a la cómoda cama donde Elektrobyte aún duerme plácidamente. Las repentinas y bruscas sacudidas la despiertan de golpe; Lía, confundida, observa a sus compañeros de pie frente a ella, con rostros severos y miradas acusadoras.
—¿Qué pasa ahora? —pregunta, todavía aturdida, mientras se estira y bosteza.
Kage, con una expresión grave, exige a la líder: —Arréglalo de una vez.
Réflex y Rook se unen al reproche, alzando la voz al unísono: —La culpa fue tuya.
—¿De qué hablan? —pregunta Lía, sin comprender del todo, tallándose los ojos.
—Dijiste que Pentrix no estaba listo para la misión —responde Rook con tono acusador—. Ya viste todo lo que eso provocó.
Réflex añade, tajante: —Debes arreglar esto con Pentrix, de una vez por todas. No queremos que nos haga sentir inútiles otra vez.
Lía, resignada, responde: —Está bien, chicos… lo intentaré, lo intentaré. ¡Santo Dios!
Kage, con una mirada fría de advertencia, agrega: —Si nos vuelve a humillar, te patearé tan fuerte que no podrás sentarte en una semana.
El coronel sale de su habitación, recién levantado, con el cabello alborotado y percibiendo el bullicio. Se acerca con pasos pesados, uniéndose a la charla del grupo, aún con rastros de cansancio en el rostro.
—¿Qué pasa, chicos? —pregunta, mientras su mirada se dirige hacia la ventana—. ¿Y qué hace Pentrix tan temprano en nuestro jardín?
Kage responde con su habitual desdén: —No es un jardín, solo son plantas y hierbas que crecieron ahí.
Todos giran la vista hacia la cama donde su compañero suele dormir y notan que se ha levantado muy temprano. Sus miradas se clavan entonces en Lía, serias y expectantes.
—¡Arréglalo de una vez! —le reprochan al unísono.
Un rato después, todos se encuentran en la mesa. El desayuno transcurre en un silencio tenso; solo se escucha el sonido de las cucharas chocando contra los platos y, de vez en cuando, el estridente silbido de la tetera del coronel. Kage, Réflex y Rook permanecen expectantes mientras comen en silencio. Las miradas se concentran en Lía, que percibe claramente la acusación implícita en los ojos de sus compañeros.
Pentrix termina primero su desayuno. Fiel a su carácter tranquilo, se levanta, deja su plato en la máquina lavaplatos y abandona el barracón sin pronunciar palabra.
El resto emite ruidos y gruñidos de impaciencia, como si la garganta les pesara. Lía, con un suspiro resignado, murmura: —Bien, bien, ya voy. Vaya que están muy sensibles hoy.
En el jardín improvisado, Pentrix trabaja sumido en sus pensamientos. Una roca más grande, rodeada de otras pequeñas, se encuentra ordenada meticulosamente: un pequeño jardín zen que contrasta con el caos del mundo exterior.
De pronto, se da la vuelta y descubre a Lía, inmóvil, observándolo desde detrás. Ella lo contempla, se pone nerviosa y no encuentra las palabras exactas; de repente, se siente vulnerable.
—Oye, yo… yo… ahhh… ammm —balbucea.
Pentrix la mira con esa expresión que lo caracteriza, una mezcla de vacío y comprensión. —¿Qué sucede? —pregunta.
La líder reúne valor y, con la voz más suave que puede, dice: —Lamento lo de ayer, sabes. Nos sorprendiste a todos. ¡Wow, eso fue realmente increíble, vaya récord! Y tienes razón, me molesté un poquito contigo por no esperarnos y dejarnos ahí. Yo…
En ese instante, Lía repara en el jardín donde Pentrix trabaja y un entendimiento profundo la invade. Comprende que la roca y las hierbas no son un simple capricho, sino un reflejo de su mundo interior. Recuerda la discusión del día anterior, cuando él tenía rastros de tierra en la mano. Su tono se vuelve más sereno; toma aire y suspira: —Sé por lo que estás pasando… el incidente de aquella vez. (Capítulo 24)
Pentrix baja la mirada por un instante, pero pronto vuelve a fijarse en ella.
Lía continúa, con una sinceridad abrumadora: —Lamento profundamente lo que ocurrió. Los demás chicos hicieron su máximo esfuerzo, pero yo no pude llegar a tiempo… y me sentí muy mal ese día.
Ella prosigue, su voz cargada de sinceridad: —Ese día en especial nos afectó a todos, incluso al coronel. Él perdió a su mejor amigo y tú… tú… a ella… —Lía se detiene un instante; las palabras se le atragantan al recordar la pérdida de Pentrix—. Sabes, nunca había visto al coronel tan devastado de esa manera, y lo conozco desde hace años.
—Cuando luchaste contra aquel héroe de la corporación —refiriéndose a Maxman (Capítulo 8)—, te vimos como algo más que un chico impresionante. La forma en que lo contuviste, y verte así… aquel día nos hizo sentirnos realmente tristes y derrotados.
Lía hace una pausa, reuniendo fuerzas para expresar lo que de verdad siente: —Entiendo que estés molesto, y lamento no haber sido más fuerte ni más rápida para poder haberla ayudado.
Pentrix la observa, percibiendo la sinceridad y vulnerabilidad en la voz de la chica. —Por favor, no te culpes —dice con un tono suavizado—. Como la heroína que eres, sé que lo diste todo. Hiciste mucho por intentar ayudarla. Sé que te preocupas por tu grupo, y si estás aquí es porque seguramente te obligaron…
Lía se sorprende. —¿Por qué dices eso?
Pentrix señala la ventana, donde los demás espían. Lía voltea y, al ser descubiertos, ellos se esconden torpemente.
—Escucha, Lía, te agradezco mucho tu esfuerzo. No debes sostener esa carga pesada sobre tus hombros. Sé que tú y ella eran rivales. —Pentrix la mira y, por primera vez, le dedica una pequeña sonrisa, un gesto raro en él—. También me disculpo contigo. Sé que he sido un patán con ustedes y les agradezco la oportunidad que me han dado. Todo esto es nuevo para mí, muy distinto a lo que conocía.