Pentrix "El camino del heroe"

Capítulo 30. La gran batalla

El sol comienza a apretar en la mañana, mientras los integrantes de Xtreme cumplen una misión peculiar: pintar el barracón. Con cada pincelada de esa capa blanca, la palabra “viejo” se desvanece y el edificio adquiere una nueva vida.

Pentrix y Rook, con una eficiencia silenciosa, reemplazan las partes dañadas de la estructura. Kage, Elektrobyte, Réflex e incluso el coronel pintan, cada uno absorto en su tarea, con una concentración que rara vez muestra en el campo de batalla.

Tras varias horas, con las manos y los rostros manchados de pintura y el cansancio reflejado en sus expresiones, todos se detienen para contemplar el fruto de su esfuerzo. Observan su barracón. Y aunque no es una base en la luna, ni en el espacio, ni una instalación de alta tecnología, es algo que, por primera vez, pueden llamar base y, más aún, hogar.

El tiempo vuela y el sol comienza a descender. Pentrix, en su jardín meticulosamente ordenado, medita como de costumbre en su espacio zen. De pronto, algo lo hace abrir los ojos.

—Kage, ¿qué pasa? —pregunta sin girar la cabeza.

La traviesa ninja, sorprendida, intentaba avanzar de puntillas usando su característico sigilo, pero al ser descubierta solo alcanza a decir: —¡Eso es impresionante! ¿Cómo supiste que venía?

—Amm… yo sentí cuando entraste en mi campo —responde Pentrix con su habitual sencillez.

—¡Eso es aún más extraordinario! —exclama Kage, todavía más asombrada.

Pentrix, sin inmutarse, añade: —También tú, Raf —usando el nombre real de Réflex—. Estás oculto detrás de esas cajas.

El héroe sale de su escondite, apenado, con una sonrisa nerviosa. Pentrix comenta a su compañera: —Nadie pensaría que fuera algo “inseguro”; quizá solo cuida de su novia.

Réflex se retira avergonzado por el comentario. Pentrix intenta cerrar los ojos nuevamente, buscando la paz de su meditación. Sin embargo, la chica ninja, con su característica falta de tacto, se sienta a su lado.

—Me gusta tu posición en flor de loto. ¿Desde cuándo practicas yoga? —pregunta con genuina curiosidad, rompiendo el silencio del atardecer.

Antes de que su compañero pueda responderle, un sonido inconfundible interrumpe la calma: el estómago de la ninja ruge. Pentrix la observa con una ceja arqueada, y ella, algo incómoda, coloca la mano sobre su vientre, el rostro ligeramente sonrojado.

—Sabes, no quiero apresurarte —dice, intentando sonar casual—, pero es la hora de la cena y todos te estamos esperando.

Pentrix se levanta, una pequeña sonrisa dibujándose en sus labios. —Kage, solo tenías que decir que la cena estaba lista.

Más tarde, todos reunidos en el comedor disfrutan de un momento de camaradería tras un largo día de trabajo. Entre pláticas animadas y bromas, el barracón se siente, más que nunca, como un verdadero hogar.

Al otro día, en el corazón de la ciudad, la rutina cotidiana se rompe por un estruendo metálico que retumba como presagio de caos. La tierra se estremece con cada golpe; la gente huye desesperada de sus hogares, alejándose del desastre inminente, mientras el chirrido del metal retorciéndose llena el aire con un grito agudo.

Las siluetas de un par de héroes anónimos se alzan, pero luchan en vano contra una fuerza invisible que los supera. Trozos de metal, arrancados y desgarrados de la propia infraestructura urbana, los rodean, envolviendo sus cuerpos como grilletes y arrastrándolos con una fuerza irresistible hacia el pavimento, dejándolos inmovilizados, literalmente pegados al suelo.

Desde las alturas, una figura imponente se lanza en picada. Es Maxman, el héroe legendario, un rayo de esperanza en medio de la destrucción. Se dirige veloz hacia el epicentro del enfrentamiento. Allí, suspendido en el aire, se revela el villano: Gravity Wave, levitando dentro de una burbuja de energía que distorsiona el aire a su alrededor. Fragmentos de metal giran en un ballet macabro, aguardando su próxima orden.

Maxman se detiene, su capa ondea con el viento, y su rostro se convierte en un estudio de determinación. —¡Prepárate, villano! —su voz resuena con la fuerza de un trueno.

Gravity Wave, con una sonrisa arrogante, acepta el desafío y lanza los fragmentos de metal que lo rodean. Maxman reacciona al instante, golpeándolos con furia y haciéndolos añicos con cada puñetazo, pulverizándolos en el aire.

—¿Eso es todo lo que tienes? —pregunta el veterano héroe con cierta satisfacción, en tono desafiante.

El evo magnético suelta una carcajada: —¡JAJAJA! Aún hay más, de donde salieron los primeros.

De inmediato, comienza a lanzar más fragmentos: una lluvia metálica que Maxman sigue destrozando con sus puños, convirtiéndolos literalmente en polvo.

Sintiendo la invencibilidad recorrer su cuerpo, se burla de su rival: —¿Ya se te acabaron?

Gravity Wave le sonríe con malicia. —Mira a tu alrededor.

Solo entonces el héroe percibe los fragmentos de metal que lo rodean, silenciosos, suspendidos en el aire. En un segundo, se adhieren a su cuerpo, atrapándolo sin remedio.

Aprisionado, es lanzado con brutal fuerza contra el suelo. El impacto es estruendoso: abre un cráter en el pavimento, levanta escombros y nubes de polvo, arroja autos por los aires y hace temblar los edificios cercanos. Maxman, con pura fuerza bruta, logra liberarse del amasijo metálico que lo aprisionaba. Con determinación, se levanta.

Gravity Wave observa cómo los ojos del héroe se iluminan con un carmesí intenso. Un poderoso rayo láser se dispara, dirigido directamente hacia el villano. Sin embargo, para su desgracia, el ataque solo choca contra el escudo de energía magnética que lo rodea, generando un estallido de chispas al contacto.

De inmediato, los fragmentos de metal, como si tuvieran voluntad propia, se transforman en cuerdas que se enredan alrededor del veterano héroe y lo arrastran implacablemente por el pavimento, abriendo una zanja profunda.




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