Comienza a amanecer cuando el camión, con el motor ronroneando suavemente, se aproxima despacio a la entrada de la base Xtream. Al fin, el vehículo ingresa a la cochera: un refugio seguro tras una noche agotadora. El coronel Soul desciende con paso fatigado, seguido de cerca por Pentrix y Elektrobyte.
Mientras Lía camina hacia los dormitorios, alguien se lanza sobre ella. Es Kage, quien la envuelve en un abrazo lleno de alegría sincera y exclama: —¡Llegaron sanos y salvos!
La líder, sorprendida de verla tan temprano, le pregunta: —¿Qué haces despierta?
La ninja responde con naturalidad: —El resto del equipo estuvo en vela toda la noche, pendientes de la misión… por si necesitaban apoyo.
En ese instante, el Smartphone del coronel Soul vibra con un mensaje entrante. El texto, breve y reconfortante, proviene de Body (Pretzelman): “Civil evo a salvo, investigador cruel en prisión”.
Aunque no se describe la escena, el mensaje deja claro que la entrega se realizó en algún punto de transferencia seguro.
Kage observa pasar a Pentrix con su uniforme negro ajustado y, con una sonrisa traviesa, se inclina ligeramente hacia Lía y susurra: —¿Qué traje más sexi, no? Seguro que te abrazó para que pudieras dormir cómodamente.
Lía, sin embargo, solo sonríe. Ya no se sonroja ni se incomoda. —Gee… —usa el nombre real de Kage con tono juguetón— ve a dormir, ya estás alucinando cosas.
La traviesa ninja se queda desconcertada ante esa reacción tan poco habitual. Por primera vez, Lía parece inmune a sus bromas; ni un atisbo de vergüenza cruza su rostro.
A kilómetros de distancia, en un búnker oculto y fortificado, la líder provisional de la Ordo Benedictorum, Ioahnnes Benedictus III, se sienta frente a su computadora personal. En la pantalla, los rostros del resto de la Ordo la observan en silencio. Su voz, aunque procura mantenerse serena, no logra disimular del todo el terror que le provocan las devastadoras acciones de «ÉL». Con una compostura que parece forzada, inicia el informe.
—Como sabrán, caballeros, la sucursal más importante, la mejor vigilada y la más segura de toda la Corporación, ha sido destruida.
El silencio inicial se quiebra con un coro de exclamaciones incrédulas y furiosas que brotan de los altavoces. —¡No es posible! —grita una voz. —¡Qué desastre! ¡Esto nos costará millones! —se lamenta otra entre murmullos de indignación.
Uno de los miembros, Bartholomaeus Benedictus V, interviene con un tono que mezcla temor y frustración: —¿Y qué hay de Andreas Benedictus I?, a quien Pentrix dejó en estado de shock?(Capítulo 21). ¿Y Philippus Benedictus IV,? que fue castigado con severidad por desobedecer una orden (Capítulo 25).
—Andreas Benedictus I continúa en tratamiento —responde ella en un murmullo—. Su salud mental mejora lentamente. Philippus Benedictus IV permanece algo apartado de las operaciones, recibiendo el tratamiento correctivo por haber incumplido una orden directa.
Bartholomaeus Benedictus V insiste, y esta vez todos guardan un silencio expectante: —¿Qué haremos para detener a «ÉL», Ioahnnes Benedictus III?
Ella responde con tajante firmeza, dejando traslucir una furia contenida: —No estamos enfrentando a un simple héroe, villano o evo poderoso. ¿Acaso no lo entienden? No eligió atacar la sucursal más débil… ¡atacó la más segura y mejor protegida de todas!
Su voz sube de tono, casi convirtiéndose en un grito mientras la frustración y el pánico se desbordan: —¿No perciben el mensaje que nos ha enviado?
Las voces en la pantalla comienzan a susurrar; una mezcla de miedo y comprensión se expande entre ellos. Ioahnnes Benedictus III, ahora al borde de la histeria, eleva aún más la voz: —¡Nos está diciendo que nuestro poder no se compara ni remotamente al suyo!
De pronto, su tono se modera al notar el silencio sepulcral de los doce restantes. —No podemos hacer nada en este momento. Por lo tanto, las reuniones quedan prohibidas a partir de ahora.
La mujer prosigue con su directriz, recuperando un control aparente pero firme, que resuena en el silencio cargado de la sala virtual: —Se suspenderá toda actividad de los recolectores hasta nuevo aviso. Depuraremos nuestro personal operativo y serán reasignados a labores menos expuestas.
Algunos miembros intentan protestar; sus voces apenas alcanzan a ser murmullos de frustración e indignación. Pero ella los corta de inmediato, su mirada fría y penetrante no admite réplica: —Comprendo su preocupación y el enorme costo que esto implica —dice, alzando ligeramente la voz para sofocar cualquier objeción—. Pero si seguimos con esta confrontación directa, «ÉL» terminará destruyéndolos a todos. Debemos permanecer ocultos y aguardar el momento oportuno.
Con la reunión concluida, Ioahnnes Benedictus III abandona apresuradamente la improvisada sala de conferencias virtual dentro del búnker, aferrando la computadora contra su pecho como si fuera un escudo. Llega hasta un sedán oscuro y lujoso que aguarda en la entrada, pulido hasta brillar bajo la luz tenue. Dos guardias impecablemente uniformados le abren la puerta con deferencia. Ella se desliza al interior del vehículo, que arranca de inmediato y se pierde entre las calles de la ciudad como un fantasma en pleno día, rumbo a un destino desconocido.
En la base Xtream, que a esta hora de la mañana debería rebosar del bullicio y el ruido cotidiano habitual, reina un silencio extraño e inusual. Todos los miembros, incluido el coronel, duermen profundamente en sus respectivas camas, recuperando las horas de descanso tan merecidas tras la larga noche.
Algunas horas más tarde, los jóvenes héroes comienzan a incorporarse poco a poco a sus rutinas normales. Pentrix se despierta sobresaltado por una serie de golpes metálicos y el chirrido agudo de una sierra eléctrica. Intrigado, se dirige hacia el origen del estruendo: la cochera, donde guardan vehículos y herramientas.
Parado en el umbral, observa la escena con una ceja arqueada en gesto de incredulidad. Allí están Réflex, el coronel Soul y Rook, todos con overoles de mecánicos, armados de herramientas y rebosantes de un entusiasmo casi infantil. Han empezado a modificar a fondo el camión que “sustrajo de la instalación” la noche anterior. Cortadoras eléctricas zumban sin parar, martillos repican con ritmo, sopletes escupen llamas azules, soldadoras chispean e iluminan la penumbra en una verdadera sinfonía de trabajo ruidoso y creativo.