En una de las calles más transitadas de la ciudad, donde el murmullo de la multitud y el estrépito de los coches se entrelazan en una constante sinfonía, un joven avanza vestido con un conjunto deportivo y un gorro que le cubre la cabeza. Completamente ajeno a su entorno, baila y tararea en silencio al compás de la música que fluye desde sus auriculares, absorto en la pantalla de su smartphone.
Una patrulla de policía se aproxima lentamente a su lado, con las sirenas apagadas para no alertarlo. El oficial que conduce baja la ventanilla y le espeta: —¡Alto ahí!
Pero el muchacho, con el volumen de sus auriculares al máximo, no percibe ni la patrulla ni la orden. El vehículo, impaciente, acelera de golpe y se coloca frente a él, obligándolo a detenerse. El joven queda inmóvil, observando cómo el coche policial se frena de manera abrupta frente a su paso. Finalmente vemos su rostro: un hombre de piel oscura, con una expresión de sorpresa y desconcierto.
El oficial Anderson, corpulento y de semblante endurecido, desciende del vehículo con un tono ahora agresivo. Sin mediar palabra, toma al joven del brazo con brusquedad y lo arroja violentamente contra el capó de la patrulla, mientras le grita: —¡¿Qué pasa contigo, no escuchas mis órdenes?!
El joven bailarín, con el rostro pegado al metal frío del capó, se disculpa con una voz apenas audible, cargada de nerviosismo: —No lo escuché, oficial, traía mis audífonos puestos.
El oficial Anderson le responde con sarcasmo: —Sí, claro… —y comienza a revisarlo siguiendo el procedimiento policial.
En ese momento, el otro oficial, Ramírez, desciende de la patrulla y observa la escena con creciente incomodidad. Contempla cómo su compañero trata con rudeza a una persona inocente que simplemente caminaba por la acera.
Mientras el muchacho intenta justificarse, añade: —Solo fui a entregar un pedido de comida, trabajo en Fast Food, aquí a una cuadra...
Anderson lo ignora por completo. Lo revisa de pies a cabeza y, sin más, le coloca unas esposas, inmovilizándolo. Ramírez, con voz baja y tono preocupado, pregunta: —¿Por qué el trato? ¿Y bajo qué causa lo arrestas?
El malhumorado oficial responde con evidente mal carácter: —¿Por qué diablos tantas preguntas? Solo es un sospechoso que se resistió a una revisión.
Ramírez mueve la cabeza, visiblemente incómodo, pero decide no interponerse y permite que su compañero continúe con el arresto.
Anderson sube al joven al asiento trasero del vehículo policial con una brusquedad que lo hace trastabillar. Ramírez, ya instalado en el asiento del copiloto, observa a su compañero con creciente tensión. Anderson se aproxima a la puerta del conductor y se acomoda tras el volante.
De pronto, el radio de la patrulla cobra vida con un llamado urgente: —Hay destrozos cerca de un centro comercial. La gente reporta que un villano asaltó una joyería y una heroína está peleando con él.
Ramírez dirige la mirada hacia la parte trasera del vehículo, donde el muchacho esposado permanece sentado, y advierte a Anderson: —No podemos llevarlo, será peligroso.
Pero Anderson lo interrumpe con una expresión pétrea en el rostro: —Lo llevaremos.
La patrulla se dirige velozmente hacia el lugar, las sirenas aullando mientras se abre paso entre el tráfico. Ramírez observa por el retrovisor al joven esposado, su rostro reflejando una creciente preocupación. —No creo que sea buena idea llevarlo —le dice a Anderson.
—Tranquilo —responde Anderson con tono despreocupado—, no pasará nada.
Al llegar a la zona, la escena es de devastación: autos incendiados, humeantes y aplastados, con gente corriendo despavorida, alejándose del epicentro del caos. En medio de la destrucción se alza Power Fist, un hombre masivo de Super Fuerza, un Evo nivel 2, el clásico villano delincuente. Empuña armas de plasma y dispara ráfagas contra su oponente.
Frente a él, Rush, una mujer Evo nivel 1 con habilidades acrobáticas y destreza en el combate cuerpo a cuerpo, esquiva los ataques con agilidad. Se contorsiona en el aire, girando hacia atrás mientras blande una cadena como arma.
Ambos policías descienden de su vehículo y, preparándose, se ocultan rápidamente detrás de un auto volcado. Desde allí comienzan a disparar sus armas reglamentarias, intentando brindar apoyo a la heroína.
El villano se lanza al suelo con sorprendente agilidad para su tamaño, esquivando los disparos de la policía. Con un gruñido, toma un auto cercano —ya destrozado— y lo arroja con una fuerza descomunal directo hacia los oficiales.
Ramírez observa cómo el vehículo se eleva en el aire y grita, desesperado: —¡Cuidado!
El impacto retumba con una explosión sorda contra el coche donde estaban ocultos. El auto destrozado rebota y choca también con la patrulla, golpeando con brutal violencia. La onda expansiva del golpe arroja a los policías por los aires. Ambos caen al suelo, retorciéndose de dolor, aturdidos y heridos.
Mientras tanto, la heroína Rush logra lanzar su cadena con precisión, atrapando el cuello del villano. Power Fist intenta liberarse, rugiendo de frustración, pero la mujer ejecuta un movimiento hábil y, aprovechando el impulso de la cadena, consigue derribarlo de espaldas.
La heroína intenta socorrer a los policías, que aún se retuercen en el suelo, pero siente cómo su cadena es jalada con una fuerza descomunal. El villano alcanza a decir, con voz cargada de ira: —Es suficiente, esto termina aquí.
La valiente mujer es arrastrada junto con su cadena y lanzada con brutal violencia contra la patrulla ya destrozada. Rebota contra el metal retorcido y cae a un lado, aturdida y golpeada.
Ramírez, con gran dificultad, logra incorporarse y contempla al imponente Evo erguido frente a él, sonriéndole con malevolencia. Instintivamente, el oficial busca su arma reglamentaria, pero es demasiado lento. El enorme Evo, con un gesto rápido, apunta su arma de plasma directamente a la cabeza de Ramírez.