Pentrix "El camino del heroe"

Capítulo 39. La danza de las 7 Deidades Primordiales

La elegante oficina, en lo alto del edificio de comunicaciones, estaba hecha un caos. Cristales rotos brillaban sobre el mármol, dispersos como fragmentos de un espejo quebrado. Varios objetos de arte yacían en el suelo, testigos mudos de la furia que había estallado allí.

En medio del desorden, Ioahnnes Benedictus III caminaba de un lado a otro. La mujer, orgullosa de ser la mente lógica y la razón de La Ordo Benedictorum, sentía una frustración tan intensa que se volvía casi física. Su mente, acostumbrada a la precisión en las comunicaciones y a la manipulación sutil de los medios, no lograba comprender lo ocurrido en aquel distante país asiático.

La información fluía, pero era ilegible. Los códigos que ella misma había escrito, las directrices que había establecido para asegurar el control, estaban siendo usados en su contra. Como un ajedrecista experto al que le roban sus propias piezas para darle jaque mate, Ioahnnes sentía que le habían arrebatado su mayor fortaleza.

Se detuvo de golpe. Llevó una mano a la sien, intentando ordenar el torbellino de pensamientos. No era posible. No había forma. Y, sin embargo, los datos eran claros: alguien había logrado revertir sus propias herramientas. La pregunta no era solo quién, sino cómo y por qué.

Tras un largo instante de reflexión tensa, Ioahnnes se acercó a la ventana. La luz del sol se reflejaba con indiferencia en un lago lejano, como un espejo que ignoraba por completo la tormenta en su mente. Su mirada se perdió en el resplandor, y de pronto, una serie de palabras surgieron en su memoria: el eco de la voz de Andreas Benedictus I, aquel miembro de la Ordo que Pentrix había aterrorizado hasta dejarlo en estado de shock (Capítulo 22).

Las palabras resonaron en su cabeza, un mantra caótico que parecía explicar y desmentir todo al mismo tiempo: —Nada es comprensible… materia… tiempo… vida… muerte… vacío… energía… contradicción…

El recuerdo continuaba, la voz grave de Andreas cargada de un temor casi primigenio: —Odio… amor… felicidad… decepción… castigo… perdón… viejo ciclo… nuevo ciclo…

Finalmente, el eco se desvaneció en un susurro desgarrador que, por primera vez, Ioahnnes comprendió en toda su aterradora dimensión: —No es humano.

La frustración de Ioahnnes se disipó cuando un recuerdo fugaz de algo que había leído en su computadora portátil la invadió. Se dirigió a su escritorio, ordenó el desastre que había causado y encendió su equipo. Sus dedos volaron sobre el teclado, buscando la página que recordaba. Una exclamación de sorpresa escapó de sus labios cuando la encontró. El título era inconfundible: El Tejido Cósmico: El Legado de las Semillas Primordiales. Con los ojos fijos en la pantalla, dio la orden de que la inteligencia artificial leyera el archivo.

La voz robótica de la IA comenzó a recitar las palabras, resonando en la oficina ahora silenciosa: “Durante incontables eras, las civilizaciones que nos precedieron vislumbraron la intrincada danza cósmica tejida por las Semillas Primordiales, las fuerzas arquetípicas cuyo aliento dio forma a la existencia misma. Este códice, eco de un saber ancestral perdido en el laberinto del tiempo, busca preservar la memoria de su legado y el ciclo eterno que rige el universo.”

Después de escuchar las primeras palabras de la IA, la mujer se alejó del escritorio. Se detuvo frente a la gran ventana, contemplando el paisaje urbano que se extendía a sus pies desde la cima del lujoso rascacielos. Afuera, la vida seguía su curso, ajena a los secretos ancestrales que se revelaban en la soledad de su oficina.

Mientras observaba, la voz de la inteligencia artificial continuaba, imperturbable y monótona, leyendo el códice antiguo: El Tejido Cósmico: El Legado de las Semillas Primordiales. En el vacío primordial, donde la nada danzaba con el potencial infinito, surgieron las Semillas Primordiales, fuerzas arquetípicas cuyo aliento colectivo despertó la existencia. No eran Deidades antropomórficas, sino principios fundamentales, energías cósmicas que, al entrelazarse, dieron forma al universo que conocemos.

La mujer bajó la cabeza, intentando asimilar cada palabra que la IA pronunciaba. La voz robótica, sin emoción, continuaba su lectura, revelando los cimientos del universo: En el vacío primordial, las Semillas Primordiales despertaron la existencia. Al contemplar su obra, sintieron una profunda satisfacción, pues el universo nacía lleno de potencial. No eran dioses, sino fuerzas arquetípicas que, al entrelazarse, dieron forma al universo: Tiempo, que separó el antes del después y permitió la evolución; Energía, que encendió la luz y el movimiento creando las primeras partículas; Materia, que unió las partículas en estructuras cósmicas; Vida, que despertó la conciencia y la auto-organización; Muerte, que transformó lo viejo en nuevo, reciclando energía y materia; Dualidad, que sembró el equilibrio entre orden y caos; y Vacío, que abrió el espacio de lo posible, el silencio primordial donde todo nace y todo retorna.

Absorta en sus pensamientos, Ioahnnes se giró de espaldas a la ventana. Mientras la voz de la inteligencia artificial seguía hablando, ella asimilaba cada una de las palabras, consciente de que aquel conocimiento ancestral estaba revelando un misterio que trascendía todo lo que había conocido.

La IA continuaba con su lectura, un eco de sabiduría ancestral que resonaba en la oficina: “Esta es la razón por la que las antiguas culturas, como la azteca, la maya e incluso la egipcia, creían fervientemente en ello. Al honrar el principio y el fin del ciclo, podemos evitar el destino de las civilizaciones perdidas y construir un futuro más próspero y sostenible para todos. Debemos aprender a vivir en equilibrio con nosotros mismos, con los demás y con el planeta, reconociendo que somos parte de un tejido cósmico interconectado y que nuestro destino está entrelazado con el de todas las cosas.”




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