Un helicóptero de la Corporación surcaba los cielos, sus aspas rompiendo el silencio sobre un paisaje desconocido. En su interior, un equipo táctico de cinco integrantes se preparaba para la misión: Alfa, Beta, Delta, Gamma e Ioahnnes Benedictus III, la cabeza al mando de los Doce por ahora. Ella lideraba el grupo. Todos permanecían en silencio, con los rostros tensos y el equipo listo, audífonos y micrófonos ajustados en sus cabezas.
Mientras la aeronave avanzaba, la voz de Alfa rompió la quietud a través de los dispositivos de comunicación: —Revisión de armamento lista y comprobada. ¿A qué nos enfrentaremos, señora?
Ioahnnes, con la mirada perdida en el horizonte, respondió con tono firme pero evasivo: —Solo es una misión de apoyo. Iremos a una instalación… al lugar donde encontraremos respuestas.
Alfa asintió, comprendiendo que no habría más detalles. —Ok, señora. Estamos listos.
Hizo una seña al resto del equipo, y uno a uno los soldados levantaron el pulgar, confirmando que estaban preparados para lo que viniera. La tensión en el aire era clara, y el misterio del destino solo aumentaba la sensación de que se dirigían a un punto de no retorno.
El helicóptero inició su descenso, atravesando la densa neblina y la bruma hasta posarse en un campo desolado, donde solo la vegetación y los árboles viejos parecían existir, sacudidos violentamente por la fuerza de la aeronave. Las aspas se detuvieron y el estruendo dio paso a un silencio absoluto, un contraste que acentuaba la inquietud del momento.
El equipo táctico, con Alfa a la cabeza, descendió rápidamente. Sus movimientos eran precisos y silenciosos, las armas de alta tecnología apuntando al frente. Mientras los demás se dispersaban por el campo, cubriendo el perímetro, Alfa se quedó atrás acompañando a Ioahnnes. La mujer, también ataviada con un traje táctico, se movía con la misma agilidad y confianza que el resto del equipo, a pesar de su edad.
Finalmente, la comitiva se reagrupó frente a lo que parecía ser la entrada de una cueva. Sin embargo, no era una cueva cualquiera, sino una estructura reforzada con una enorme puerta metálica, equipada con cerradura electrónica y lector de retina.
Ioahnnes se adelantó y, sin dudar, se acercó al panel. Apoyó su ojo contra el escáner y la puerta, con un sonido mecánico y pesado, comenzó a abrirse lentamente, revelando la oscuridad del interior y confirmando que este era, en efecto, el lugar que buscaban.
El equipo táctico se introdujo en la instalación de manera coordinada, uno tras otro. Con las armas en alto, sus linternas perforaban la penumbra. Ioahnnes y Alfa aguardaron en la entrada, esperando la señal de Beta.
De repente, un susurro crujió en sus radios: —Limpio.
La mujer y Alfa entraron. En ese instante, las luces del interior comenzaron a parpadear, como si despertaran de un largo letargo. Finalmente se encendieron, revelando el estado del complejo. El aire estaba cargado de polvo y eco, la maquinaria cubierta de telarañas parecía obsoleta. El polvo se levantaba, picando en la nariz. Dos miembros, Delta y Gamma, se retiraron hacia la salida, cubriendo desde afuera según el protocolo.
El resto del equipo avanzó por los pasillos polvorientos hasta que Ioahnnes se detuvo frente a una grúa en el centro de la sala. —Es ahí —dijo con voz firme, señalando el lugar. Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios.
Cubierta bajo una gruesa capa de polvo y telas, la grúa sostenía algo. Los agentes se acercaron con precaución, las armas aún en alto. Alfa hizo una seña a Beta, quien apresurado subió a la cabina de la antigua máquina.
Desde abajo, Ioahnnes observaba con expectativa mientras la grúa despertaba de su letargo con un chirrido metálico. Lentamente, descendió el objeto que sujetaba, envuelto en una tela sucia. La grúa se detuvo cuando el objeto quedó a la altura de la mujer.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Ioahnnes mientras desvelaba el misterio. Retiró la tela con cuidado, revelando un contenedor. Era del tamaño de una cafetera, compacto, una cápsula cristalina, una reliquia antigua. El cristal, opaco por el polvo, apenas dejaba ver el líquido en su interior. Ioahnnes limpió el vidrio con la manga de su traje táctico, revelando lo que yacía dentro.
El líquido dentro del contenedor reveló su secreto. Flotando en su interior, se distinguía un pequeño esqueleto gris, del tamaño de un bebé de no más de unas semanas. Ioahnnes caminó alrededor de él, observándolo desde todos los ángulos, con una sonrisa que se negaba a abandonar su rostro.
Alfa se acerca, la incredulidad marcada en sus ojos. —¿Esto es lo que vinimos a ver, son las respuestas? ¿Y por qué diablos está colgado de una grúa capaz de cargar toneladas? No tiene ningún sentido.
Ioahnnes sonrió con calma. —Esto no es lo que parece. Es un Inquisidor… mejor dicho, un Redentor. O, al menos, lo fue. Uno de los ocho originales. Esto es igual a “Él”… y quizá nuestra única arma para enfrentarlo.
Alfa, intrigado, intentaba descifrar la sonrisa de la mujer. Ella explico—Mire ese color… el esqueleto es gris, significa dureza. El de los humanos es blanco. Y mire la cantidad de huesos… son más que los de un cuerpo humano, parecen reforzados para soportar más peso. Seguramente diseñados para resistir un nivel de energía y poder que ningún evo ni Neoevo podría controlar sin ser destruido. Sus huesos son más resistentes, más densos. Una maquinaria de combate excepcional.
Ioahnnes añadió con tono solemne: —Su ADN es altamente complejo, muy superior al humano. Divino, me atrevería a decir.
Con un gesto burlón ante la incredulidad de Alfa, extendió una mano hacia él. —Intente bajar el contenedor.
Alfa, aceptando el desafío, se acercó e intentó moverlo. Empujó con todas sus fuerzas, pero para su sorpresa, el recipiente no se desplazó ni un centímetro. Su rostro se enrojeció por el esfuerzo y la frustración escapó en un jadeo. —¿Pero… qué diablos…? —escupió.