Pentrix "El camino del heroe"

Capítulo 42. La marcha

Dentro del flamante camión del equipo Xtream, el silencio es denso. Tras los eventos de la última misión, cada miembro permanece atrapado en sus propios pensamientos. Lía se acerca a Pentrix, que guarda silencio, y le pregunta: —¿Te encuentras bien?

Él la mira y responde con calma: —Sí, lo estoy.

—Gracias por no permitir que me golpeara —añade ella, y luego, intentando suavizar el ambiente: —Chicos, hicimos un buen trabajo. Eso es lo que importa. No hacemos esto por fama ni por salir en televisión.

—Eso no me hace sentir mejor —replica Rain—. Nunca había visto a la gente comportarse con tanta hostilidad.

Rook interviene: —En los años que llevo como héroe, tampoco había visto algo así. ¿Creen que algún virus extraño esté controlando a esa gente?

Rain se burla de él: —Tú y tus tontas películas… ya basta, Rook.

Luego se dirige a Pentrix: —Me gustó cómo intimidaste a ese sujeto.

La líder, exasperada, le responde: —¡Santo dios, Rain! Te estás comportando como Kage.

Rain solo sonríe, disfrutando de la expresión de Lía.

El camión llega a la base y se introduce en el barracón militar. El equipo completo, incluido el coronel Soul, desciende del transporte. Mientras caminan, Lía nota que el uniforme de Pentrix tiene un pequeño agujero en un costado. La herida que había sufrido en su enfrentamiento con Ren Monun (Capítulo 37) debería seguir allí.

—Permíteme ver tu uniforme —le pide Lía, acercándose.

Se inclina para examinar el agujero y logra ver un poco de piel al levantar la prenda. Con la yema de sus dedos la toca y se sorprende al no encontrar rastro alguno de la herida. No hay cicatriz ni marca. La lesión ha sanado por completo.

—¡Eso es increíble! —exclama Lía, impresionada—. Tu herida sanó por completo.

En ese momento, Kage aparece con su característico sigilo de ninja. —¡Uuuuuhhh! —grita con una sonrisa pícara—. Eso es lo que yo llamo amor.

Lía se sonroja y retira de inmediato su mano del costado de Pentrix. Kage se acerca a ellos y, mirando a Pentrix, añade: —Ustedes dos hacen una muy bonita pareja.

Pentrix se aleja, moviendo la cabeza con una sonrisa apenas visible, divertido por la expresión de la apenada líder. Choca las manos con la traviesa ninja, mostrando un toque de camaradería en medio de la tensión.

Muy lejos de allí, en una oficina lujosa, Ioahnnes se sienta frente a su computadora personal. Su rostro, aún marcado por heridas de la explosión, refleja frustración. Al encender la pantalla, aparecen los rostros de los demás miembros de La Ordo Benedictorum.

—El capitán Jhon fue eliminado —informa con frialdad—. Era nuestro espía dentro de la corporación.

Murmullos de sorpresa recorren al grupo. —¿Cree que haya más infiltrados en las filas de la corporación? —pregunta uno. —No estoy segura, pero si los hay, los encontraremos —responde ella con dureza.

Otro miembro pregunta por el arma que usarían contra “Él”. —Se perdió —dice Ioahnnes con frustración palpable—. No quedó nada en absoluto.

Luego, lanza una petición inesperada: —Quiero acceso total a los archivos del Proyecto Inquisidor.

Varios miembros susurran entre sí. —Solo Andreas Benedictus I tiene acceso a esos archivos —responde uno—. ¿Cuál es su interés en ellos?

Ioahnnes los observa con intensidad, sus ojos fijos en la pantalla. —¿Están seguros de que nosotros creamos a los Inquisidores?

El silencio se apodera de la sala virtual. La pregunta de Ioahnnes ha sembrado una duda profunda y ha dejado al descubierto su propia incertidumbre.

La ciudad, que hasta hace poco bullía con el tráfico cotidiano, se convierte en un río de gente enardecida. Cientos de manifestantes avanzan, sus gritos unánimes retumban en las calles: “¡No más daños!”, “¡Basta de daños colaterales!” y “¡Evos fuera!”. Carteles en alto, consignas cargadas de resentimiento acumulado durante demasiado tiempo.

Lo que comienza como una protesta pronto se transforma en una revuelta. Con una ironía brutal, la multitud que clama por el fin del caos lo desata. Vándalos aprovechan la ira colectiva para lanzar bombas molotov contra vehículos policiales, mientras incendian y saquean establecimientos.

Algunos manifestantes, con rostros de desesperación, intentan detener el vandalismo. —¡No venimos a hacer esto! —gritan, pero sus voces se ahogan en la furia. Es inútil. El resentimiento es un fuego que se propaga sin control. La marcha avanza por la avenida más larga de la ciudad, dejando tras de sí una estela de destrucción y cánticos de desaprobación.

En la televisión, dos panelistas discuten el motivo de la marcha. —La sociedad está cansada de la constante destrucción causada por villanos y evos —explica uno—. Muchos pierden sus hogares, sus autos y sus negocios, y nadie se hace responsable de los daños.

El otro lo interrumpe: —Pero, ¿lo ves? La gente se queja de la destrucción y, al mismo tiempo, los mismos manifestantes están dañando autos y locales. Eso también es destrucción, y nadie se hará responsable.

El primero intenta justificar: —Es diferente, es un signo del hartazgo social. El segundo insiste: —No son solo los evos y villanos quienes causan daños…

El debate continúa, hasta que súbitamente la pantalla del televisor estalla, rota por el impacto de una botella. Vándalos han irrumpido en un bar y comienzan a saquearlo.

Un grupo de clientes intenta razonar con ellos: —¡No es posible! Ustedes se quejan de la destrucción y están haciendo exactamente lo mismo.

Uno de los vándalos responde con voz cargada de dolor: —Perdí mi hogar hace tiempo. Los villanos atacaron mi barrio, destruyeron todo. Nadie se hizo cargo. Perdí mi empleo… ¿cómo voy a mantener a mi familia?

Otro hombre se enfrenta a él: —Robando botellas de licor y destrozando el negocio de alguien más no recuperarás tu trabajo ni tu hogar.

La tensión se desborda en empujones y jaloneos, a punto de convertirse en una pelea. La rabia y la desesperación de los vándalos chocan de frente con la impotencia y la lógica de los clientes del bar.




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