Pentrix "El camino del heroe"

Capítulo 44. Los 7 inquisidores

Dentro de una lujosa limusina, Ioahnnes duerme con un rostro que, pese al paso de los años, conserva firmeza. La fatiga acumulada se revela en los pequeños matices de su expresión. El vehículo avanza con suavidad, se confunde entre el flujo de autos en la autopista y se aleja de la ciudad.

El trayecto es extenso. Horas después, la limusina abandona la carretera principal y se interna en un camino de terracería, polvoriento y solitario, que conduce a una vieja fábrica abandonada. El automóvil penetra en el perímetro y es detenido por guardias fuertemente armados, quienes realizan una minuciosa inspección. El lugar parece una fortaleza: francotiradores vigilan desde los tejados, mientras más guardias patrullan alrededor de la oxidada estructura.

Una voz interrumpe el sueño. —Señora, hemos llegado.

La mujer desciende del vehículo y los miembros de la corporación le ofrecen una rápida bienvenida. Edgar, un ejecutivo, se acerca: —Señora, el resto ya está aquí, a excepción de Andreas Benedictus I, Iacobus Benedictus II y Philippus Benedictus IV. Los demás miembros se encuentran presentes.

—Está bien, gracias por todo —responde Ioahnnes.

Edgar percibe el cansancio en el semblante de la mujer. —¿Hay algo más que pueda hacer por usted? —pregunta con preocupación. —No —contesta Ioahnnes.

El ejecutivo la conduce hacia un ascensor subterráneo. Mientras los pisos descienden lentamente, Ioahnnes abraza a su inseparable computadora. Finalmente, las puertas se abren y revelan una sala de reuniones. En el centro, se alza una enorme mesa, frente a un planisferio mundial y una pantalla gigante. Sentados alrededor, esperan los miembros de “los 12” que han acudido.

Ioahnnes se aproxima a la cabecera de la mesa y toma la palabra: —Caballeros, gracias por asistir a esta reunión de emergencia.

La mujer conecta su computadora a la enorme pantalla. Bartholomaeus Benedictus V pregunta con tono impaciente: —¿Por qué nos has reunido? Estamos expuestos en este momento, en un riesgo innecesario.

—Lo sé, pero esto es de suma importancia —responde Ioahnnes. Luego, dirigiéndose al resto de la Ordo Benedictorum, continúa: —Como sabrán, caballeros, hemos recibido duros golpes desde varios frentes. Varias de nuestras sucursales han sido atacadas: algunas por villanos, otras por héroes y, lo peor, por “Él”, quien ha destruido nuestras sedes más valiosas.

Un murmullo de inquietud recorre la sala.

—También hemos desmantelado una red de espionaje dentro de nuestra organización —añade—, y seguimos rastreando sus remanentes.

Uno de los miembros pregunta: —¿Qué hemos descubierto de “Él”? ¿Ya conocemos su identidad?

—La red de espionaje se encargó de cubrir sus huellas con eficacia —responde Ioahnnes. Su voz se torna más fría—. Lo que me hace pensar que alguien aquí dentro está coludido.

Los presentes reaccionan con indignación. —Esto es intolerable —dice uno. —¡¿Cómo te atreves?! —grita otro, mientras los insultos estallan en la sala. La acusación ha desatado el caos.

—Nuestro personal ya está tomando cartas en el asunto —afirma Ioahnnes con firmeza.

El murmullo de protesta crece. —No puedes hacer esto. ¿Quién te crees que eres? —se oye entre la multitud.

—Es una medida justa y necesaria —responde ella sin inmutarse—. No tienen nada que temer si no ocultan secretos.

La sala queda en silencio. Ioahnnes retoma el control y cambia de tema: —Ahora, respondiendo a la pregunta sobre lo que sabemos de “Él”… He estado hurgando en los archivos de la corporación en busca de indicios de nuestro enemigo, y encontré algo inusual.

En la pantalla aparece la imagen de una mujer: la doctora Celestine. —Ella. “La madre del proyecto Inquisidor.” La doctora Celestine. No existe información disponible: ¿de dónde vino?, ¿quién es realmente?, ¿su nombre es auténtico?, ¿está viva o desaparecida?

—Alguien aquí sabe algo —prosigue Ioahnnes, su voz ahora helada y peligrosa—. Y no nos iremos hasta descubrirlo, aunque tenga que torturar personalmente a cada uno de ustedes.

La sala se sumerge en un silencio absoluto; las miradas de algunos lo dicen todo. De pronto, una voz grave interrumpe desde la puerta: —Ninguno de ellos sabe nada al respecto.

La mujer se vuelve, sorprendida. En el umbral aparecen Andreas Benedictus I, ya recuperado del trauma (que Pentrix le causó en el Capítulo 21), acompañado por Iacobus Benedictus II. —Ninguno de ellos te oculta nada, mujer —dice Andreas con serenidad—. Tuve el privilegio de conocer a la doctora Celestine. Tras el proyecto Inquisidor, simplemente desapareció sin dejar rastro.

—¿Andreas? —pregunta Ioahnnes, visiblemente impactada al verlo regresar de su tratamiento. —¿Qué has descubierto de “Él”? —inquiere Andreas, ignorando la pregunta de la mujer.

—Como sabemos, es uno de los Inquisidores —responde ella—. Recientemente hubo un enfrentamiento entre dos de ellos (Capítulo 37) y aún desconocemos quién resultó vencedor. La red de espionaje del teniente Jhon (Pretzelman) encubrió todo lo ocurrido en aquel país asiático.

—Entiendo —dice Andreas con calma—. No esperábamos esto del teniente Jhon (Pretzelman); es una gran pérdida. ¿Sabemos algo más de “Él”?

Ioahnnes extrae una lista y comienza a leer nombres: —Ren Monum, Rar Duom, Ord Trirem, Rex Tetram, Ian Pentrix, Dan Exar, Max Heptam.

Andreas la interrumpe: —Ya conocemos esos nombres. ¿Sabemos a cuál de ellos pertenece “Él”?

—No —responde Ioahnnes—. Podría ser cualquiera de esos siete.

—¿Siete? —exclama una voz desde el fondo, cargada de pánico—. ¿Cómo pretendemos detenerlo si hay cinco más como él?

Ioahnnes guarda silencio. Andreas da un paso al frente y sentencia: —Seguiremos el plan de Ioahnnes. Permaneceremos ocultos mientras ideamos una estrategia de contención.

—¿Algo más que quieras añadir? —pregunta Andreas, mirando a Ioahnnes. —Solo hay un detalle, aunque no creo que sea relevante —responde ella, agotada. —Dilo, por favor —insiste Andreas.




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