En un edificio de la corporación, las puertas de una sala de juntas se abren de golpe con estrépito, sin previo aviso. Ruedas giran —al parecer de una silla de ruedas— avanzan con premura. Varias secretarias y hombres de traje, con corbatas impecables, se apresuran a entrar, abriendo paso a la figura. El silencio es absoluto, roto únicamente por el murmullo suave de las ruedas sobre el mármol.
Finalmente, llegan al centro de la sala, donde otras figuras corporativas ya aguardan en una extensa mesa de caoba. Todas las miradas se concentran en el hombre de la silla. El aire se torna denso, cargado de una autoridad que no requiere palabras.
Y finalmente, se revela la misteriosa figura postrada. Es un hombre horriblemente retorcido, su cuerpo es más un nudo de huesos y músculos. Una respiración profunda, difícil y silbante es el único sonido que llena el silencio. Tanques de oxígeno y el bip electrónico del equipo médico vital están conectados a su silla, una extensión de su cuerpo destrozado.
Su silla es acomodada en la cabecera de una enorme mesa donde están reunidos varios corporativos, todos de pie, en respetuoso silencio.
Al fondo, alguien susurra apenas audible: —"Santo Dios, es Pretzelman."—
Una voz interrumpe el murmullo incipiente y con autoridad dice: —"Caballeros, por favor, vamos a comenzar"—.
En la sala, el silencio se rompe con una voz autoritaria. —Estamos aquí reunidos por una razón urgente y necesaria. "ÉL" ha sido avistado hace unas semanas atrás.
La sala entera explota en una cacofonía de voces. El murmullo se convierte en un griterío de incredulidad y miedo. —"No es posible," —"¡qué haremos!," —"¿están seguros?" son solo algunas de las preguntas que se oyen.
—Caballeros, por favor, necesitamos de su silencio —demanda la voz, su tono ahora más severo.
Una voz diferente, más tranquila y controlada, se alza sobre el caos. —¿Qué es lo que sabemos de "ÉL" además de que se ha dejado ver?
—Aquí, el teniente nos dará una muy amplia explicación de lo que enfrentamos —responde la primera voz.
Mientras la atención de la sala se centra en la figura de Pretzelman, el único sonido en el pesado silencio es su respiración difícil y silbante. El aire se carga de un miedo antiguo y profundo. Pero es la secretaria que lo acompaña quien lee el archivo.
—«Año y fecha no son relevantes por ahora; ocurrió hace años atrás»— lee ella, y luego prosigue: —«Recibimos un informe de que un grupo de nuestros agentes recolectores se dirigió a un poblado remoto para realizar una adquisición. Sin embargo, perdimos contacto con ellos.»—
La tensión se instala en la sala. La secretaria pasa la página, y el crujido del papel resuena en el ambiente antes de continuar:
—«Un video, subido de forma anónima horas después, nos mostró lo que les sucedió a nuestros agentes. Con esa evidencia y toda la información recopilada, descubrimos que aquella adquisición resultó ser uno de nuestros productos fallidos...»—
La sala estalla en murmullos nuevamente. Esta vez, las voces no expresan solo miedo, sino una incredulidad absoluta. La idea de que su propia creación se haya transformado en una amenaza aterradora resulta inconcebible para todos. El pánico ha regresado.
La mujer prosigue, su voz monótona en marcado contraste con el pánico que sus palabras despiertan.
—«Se da la orden de recuperar al “producto”. Se despliega un batallón del ejército de la corporación, integrado por mil quinientos hombres, varios vehículos blindados, un helicóptero y un buque de guerra equipado con ojiva nuclear.»—
En la sala, los murmullos estallan de nuevo, esta vez cargados de furia.
—«¡Una ojiva nuclear, qué insensatez!» —«Demasiados recursos para un solo producto», susurra alguien, con voz impregnada de indignación corporativa.
La primera voz, con autoridad, exige silencio una vez más.
La secretaria retoma la lectura:
—«Al llegar las unidades militares, se encontraron con el producto y una civil. En el intento de recuperación, la civil resultó un daño colateral accidental.»—
El silencio que sigue a esta revelación es aún más opresivo que el anterior. La sala entera digiere la idea de que un civil fue asesinado durante la operación, y la implicación de que aquello pudo haber sido la chispa que desató algo mucho más grande.
La mujer, con la mirada fija en el archivo, prosigue la lectura. Un silencio absoluto ha invadido la sala, un silencio impregnado de miedo.
—«El producto resultó ser una amenaza sumamente hostil»— lee.
En la pantalla, las imágenes acompañan sus palabras: vehículos blindados completamente deformados y los restos de un helicóptero convertidos en una obra macabra de retorcida belleza. La audiencia, ahora profundamente impactada, comienza a murmurar; el temor se hace evidente en sus voces.
De pronto, la pantalla muestra a cientos de soldados horriblemente deformados, sus cuerpos contorsionados de manera grotesca, semejantes a Pretzelman.
Los murmullos se transforman en jadeos ahogados. La sala entera comprende, al fin, la verdad: Pretzelman no es un jefe corporativo más. Es un testigo, un sobreviviente. El sonido de su respiración silbante llena el espacio, recordándoles a todos el inmenso y aterrador poder que acaba de ser revelado.
La voz de la secretaria prosigue, mientras todos en la sala guardan un silencio absoluto.
—«Con nuestro último recurso, se ejecuta la directriz de limpieza. Se lanza un misil nuclear contra el producto.»—
En la pantalla, las imágenes confirman sus palabras: el lanzamiento del misil y el instante preciso del impacto.
—«Pero desconocíamos las verdaderas habilidades del producto»— continúa la secretaria, citando las palabras del teniente: —«El misil estalló, pero un escudo inmenso, de un azul resplandeciente, cubrió la explosión y la contuvo, reduciéndola a una esfera no mayor al tamaño de una pelota de playa.»—