En un campo de entrenamiento improvisado, junto a un viejo barracón militar —la base de los héroes Xtream—, Elektrobyte se erige frente a un conjunto de objetos apilados: troncos, latas, llantas y bombillos, alineados como blancos de guerra.
Su mirada, fija y penetrante, recorre cada objetivo con cálculo meticuloso, midiendo tiempos y distancias como si trazara un mapa invisible en el aire. Con una coreografía feroz y precisa, inicia el ataque. La energía eléctrica se condensa en sus puños con furia: zumbidos que vibran como enjambres, chispazos que desgarran la penumbra, ráfagas que iluminan el entorno con destellos casi sobrenaturales. Uno tras otro, los blancos sucumben sin resistencia: arden, se fragmentan, se desintegran en un espectáculo de luz y destrucción.
Con agilidad sorprendente, corre hacia el último objetivo. Su puño lo atraviesa con un golpe seco y definitivo. Permanece inmóvil, en una pose heroica, como estatua viviente. Su respiración es agitada, la piel perlada de sudor, la mirada intensa y desafiante. El blanco, tras un instante de silencio expectante, estalla y se consume en un destello cegador que tiñe el aire de un resplandor efímero.
Junto al barracón, Rook, Kage y Réflex observan en silencio, aguardando su turno para el entrenamiento diario. La intensidad de Elektrobyte los deja completamente impresionados.
Kage, la joven ninja, rompe el silencio con un susurro cargado de inquietud: —¿Qué le ocurre a nuestra querida jefa?
Los tres, que la conocen bien, perciben que algo la incómoda por la fiereza con la que entrena.
Rook responde, encogiéndose de hombros: —No lo sé… lleva así desde hace un par de semanas.
Réflex, con una expresión pensativa, añade: —Quizá sea por el incidente en el centro de datos. Creo que aún sigue molesta por eso. (Capitulo 3).
Kage, intentando suavizar el ambiente, se gira hacia sus compañeros con una sonrisa traviesa y comenta en tono de broma: —O quizá solo está en su “día D”.
Rook arquea una ceja, intrigado: —¿Día D?
Kage sonríe con ironía: —Día difícil. Guiñando un ojo
Los tres se miran y sueltan unas risas discretas, como un alivio momentáneo. Pero en ese instante, ven a Elektrobyte acercarse al grupo. La risa se corta de inmediato y el silencio se impone.
Ella avanza con paso firme, vestida con un conjunto deportivo ajustado que resalta su físico atlético, músculos definidos y una mirada intensa que parece atravesar el aire. Su presencia impone respeto, como si la energía que aún chisporrotea en su piel electrificara el ambiente.
La chica ninja, todavía con esa picardía en el rostro y sin poder resistirse, lanza un comentario juguetón respecto a su físico: —Jefa, quizá debería comer menos proteínas.
Pese a la broma, Elektrobyte los ignora por completo, perdida en sus pensamientos, y se adentra en el humilde barracón. La ninja, al notar el mal humor de su líder, susurra al resto del equipo con tono cómplice: —¿Lo ven? ¡Sí está en su día D!
Mientras Elektrobyte se seca el sudor con una toalla, el veterano Coronel Soul —fundador del equipo— entra con una sonrisa dibujada en el rostro. Su voz resuena con energía: —Chicos, buenas noticias. Finalmente llegaron los recursos. ¡Hora de ir al supermercado!
El anuncio provoca un estallido de júbilo entre los presentes. Todos festejan, menos Elektrobyte, que permanece indiferente, inquieta, atrapada en su propio malestar. Soul, sin perder el entusiasmo, entrega un montón de cupones a Rook. —Tú y Lía —dice, usando el nombre real de Elektrobyte— serán los encargados. El resto, sigan entrenando.
Lía refunfuña, hace un gesto de fastidio; su mal humor es evidente, casi palpable.
—Coronel, mande a Kage en mi lugar.
El veterano responde con una sonrisa irónica y mirando hacia la ventana: —Por la gran cantidad de escombros humeantes en nuestro patio de entrenamiento, diría que es suficiente por hoy. Vamos Lía, necesitas un gran respiro.
Sin otra opción, la líder acepta. Un poco más tarde, Rook y Elektrobyte se dirigen a una misión que parece sencilla.
Dentro de la vieja camioneta, Rook conduce en silencio. El aire de la cabina es tan denso como el incómodo silencio entre ambos. Él la observa de reojo, hasta que finalmente se atreve a romperlo: —Lía, ¿es por lo del chico de aquella vez en el centro comercial? (capitulo 4).
Ella, con los brazos cruzados y el rostro aún endurecido por la ira, hace un gesto evasivo con la mano. Finalmente responde con un tibio: —No, Rook.
—Vamos, nos conocemos desde hace años. Quizá quieras contárselo al viejo y simpático Rook —dice con una sonrisa, aunque en realidad tienen la misma edad.
Lía suspira, cede, y deja escapar la pregunta que la ha atormentado por semanas: —¿Cuántos años llevamos siendo héroes, derrotando villanos, mientras aparecen más y más héroes? ¿No te has preguntado si realmente estamos haciendo el bien?
Rook, consciente de que la duda de Lía está directamente ligada a lo que Pentrix les dijo en el centro comercial (Capítulo 4), se siente incapaz de abordar dilemas tan profundos. Con afecto y sencillez responde: —Vamos, Lía. ¡Por favor! Hacemos lo mejor que está en nuestras manos. Somos héroes, y ayudamos lo mejor que podemos.
Luego, con una sonrisa que intenta aligerar el ambiente, añade: —Además, te haré un buen estofado. Olvidarás hasta tu famoso “día D”.
Lía lo mira con una mezcla de diversión y exasperación en los ojos, y le da un golpe juguetón en el brazo. Por primera vez en días, una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro. La camioneta se pierde en el camino, rumbo a la tienda de comestibles, mientras el horizonte parece abrirse ante ellos como una pausa en medio de sus batallas.
En la tienda de víveres, Rook, con la sonrisa más grande que su rostro le permite, corre como un niño, empujando su carrito con entusiasmo de un lado a otro. Agarra cada caja, cada producto, y los amontona sin orden junto a sus demás compras, como si estuviera en un juego.