Al concluir una gran conferencia, Nelson K. Xparks —defensor de los derechos evos y neoevos— y su secretario subieron a un automóvil lujoso conducido por su chofer. Mientras el vehículo avanzaba por las calles de la ciudad, Dentro del auto Nelson y su acompañante repasaban los puntos más relevantes del encuentro, centrados en la defensa de su comunidad y la próxima fecha de una nueva conferencia.
Nelson K.: —Fue un gran evento. Expusimos los argumentos necesarios para nuestra gente.
Secretario: —Debemos llegar al aeropuerto; la conferencia tomó más tiempo del que esperábamos.
De pronto, el chofer advirtió con voz urgente: —¡Sujétense!
Un enorme camión embistió el automóvil y lo arrastró hasta un terreno en construcción. El impacto los lanzó contra unas mangueras, que comenzaron a expulsar agua a presión. El suelo se volvió resbaladizo y el auto derrapó, provocando que el camión perdiera el control y se estrellara al fondo del sitio.
El vehículo de Nelson quedó completamente deformado. El chofer y el secretario, inconscientes por el golpe, y Nelson atrapado entre los restos, aguardaban el desenlace de aquel brutal accidente.
Desde el interior del automóvil destrozado, aún aturdido, intenta hablar con sus acompañantes. No obtiene respuesta, pero alcanza a comprobar que ambos respiran, aunque permanecen inconscientes. Atrapado entre el metal retorcido, se siente impotente para auxiliarlos.
A través de las ventanas quebradas, distingue cómo varios vehículos se detienen bruscamente en la calle. De ellos descienden hombres con el rostro cubierto, portando armas de alta tecnología que relucen bajo el sol de la ciudad. Se desplazan con una coordinación siniestra, rodeando el automóvil deformado y acercándose cada vez más.
El defensor de los derechos evos y neoevos solo puede observar, con un temor creciente, cómo los atacantes se aproximan con siniestras intenciones.
Desde su perspectiva, atrapado dentro del amasijo de metal. De pronto se escucha el repentino estallido de un conflicto. Gritos furiosos y ráfagas de disparos rompen el silencio. Golpes secos retumban contra la carrocería deformada del vehículo. Intenta desesperadamente girar la cabeza, forzar la vista, pero los movimientos de quienes combaten afuera son demasiado veloces y caóticos para distinguirlos.
De pronto, un zumbido eléctrico agudo atraviesa el aire, seguido de alaridos de dolor de algunos de los hombres armados. Por un instante, todo queda suspendido en un silencio expectante. Entonces, por una de las ventanas destrozadas, se asoma el rostro angelical de una joven. Con mirada decidida, lo saluda con una pequeña sonrisa.
—Hola, me llamo Elecktrizide (Anya). No tema, lo ayudaré.
El activista, confundido pero aliviado, logra preguntar con dificultad: —¿Eres una Evo?
La chica asiente con firmeza: —Igual que usted. Solo deme un minuto. Vine a escuchar su conferencia y estaba cerca.
El sonido eléctrico, semejante al de una soldadora, retumba acompañado de chispas que saltan del metal retorcido. Nelson, con dificultad, logra girar la cabeza y alcanza a ver cómo llegan más vehículos, de los cuales descienden hombres armados.
—¡Están llegando más! —advierte con esfuerzo a la joven.
La chica, sin dejar de trabajar sobre la carrocería, responde con firmeza: —Ya los vi. Permanezca tranquilo. Estoy intentando cortar el metal.
Al contemplar a sus compañeros derrotados, los recién llegados corren hacia el automóvil donde Anya trabaja, disparando desde sus armas de alta tecnología. La joven salta con agilidad desde atrás del vehículo de Nelson y los enfrenta de nuevo, sus manos resplandeciendo con energía eléctrica.
Uno de los atacantes arroja una granada directamente hacia la joven. Anya la percibe en el último instante y, con sorprendente destreza, logra patearla lejos. La explosión sacude el aire, aturdiendo a todos los presentes, incluida la propia Anya, que tambalea.
Aprovechando su desconcierto, un hombre corpulento y mal encarado se aproxima con rapidez y le coloca un arma en la cabeza. Su voz áspera y amenazante retumba: —Esto se acabó, muñeca.
El hombre que amenazaba a Anya lanzó un grito desgarrador y cayó al suelo, rayos de energía emanando de sus ojos. Sorprendida, la joven volteó y distinguió a Elektrobyte (Lía), Rook y Kage, todos con sus uniformes verde y negro de héroes. XTREAM había llegado.
Sin distraerse, Anya volvió al vehículo de Nelson. Se concentró, canalizando la energía en su dedo, que chisporroteaba con electricidad, e intentó cortar el metal retorcido una vez más.
Desde el interior, Nelson preguntó con voz débil: —¿Qué pasó?
Anya respondió sin dejar de trabajar: —Algunos héroes han llegado.
—¿Héroes? —replicó Nelson, confundido.
Mientras tanto, Rook, Kage y Elektrobyte se enfrentaban a los atacantes, sometiéndolos con rapidez gracias a sus habilidades.
Concentrada en cortar el metal, Elecktrizide (Anya) siente de pronto cómo alguien la toma bruscamente de la mano, interrumpiendo su labor. Elektrobyte (Lía) la empuja contra el costado del automóvil destrozado.
—No sé qué tramas, pero esto se acabó aquí —espeta Elektrobyte con desconfianza.
Anya la fulmina con la mirada, furiosa: —Estúpida arrogante. Hay tres personas atrapadas dentro y no pueden salir.
Rook, acercándose al vehículo, confirma lo dicho por Anya: —Es verdad, jefa. Están atrapados.
La Heroína, renuente, observa la cantidad de atacantes derrotados que yacen alrededor del automóvil. Con un gesto de impaciencia, concede: —Está bien, muévete a un lado y déjanos hacer el trabajo.
Pero casi de inmediato, una ráfaga de disparos los sorprende desde la retaguardia. El cuarteto se lanza a cubrirse tras el vehículo destrozado de Nelson. Más hombres armados llegan corriendo desde la dirección opuesta.