En el último piso del elegante edificio del Frente Unido, Víctor Kurikov se detiene junto a la amplia ventana de su oficina, contemplando el horizonte de la ciudad con una expresión de honda preocupación. Su mirada se extravía en la distancia, como si aguardara —o temiera— la llegada de algo inevitable.
De repente, la puerta se abre con estruendo y Anya irrumpe corriendo, visiblemente alterada. —¿A dónde lo mandaste, papá? ¡Dime! —pregunta con urgencia, su voz cargada de ansiedad.
Víctor se gira, sorprendido por la repentina aparición. —Yo no lo mandé a ningún lado. Recibió un mensaje… y salió.
Sin añadir palabra, Anya se da la vuelta y abandona la oficina apresurada. En la planta baja, Pentrix emerge del edificio. Un distinguido auto se aproxima y se detiene frente a él. Justo cuando está a punto de subir, ella lo alcanza y lo detiene, tomándolo del brazo.
—¿Puedo acompañarte? —pregunta con los ojos llenos de inquietud.
Pentrix la observa con ternura. Duda un instante y luego toma su mano con suavidad. —Necesito hacer esto solo.
—Podría ser una trampa —insiste la joven, con voz temblorosa—, y podrías necesitar apoyo.
Él le dedica una sonrisa dulce, intentando calmar su preocupación mientras la mira directamente a los ojos. —Estaré bien, Anya, no te preocupes.
En ese momento, el chofer se acerca e informa: —Su auto está listo, señor.
Antes de subir al vehículo, Pentrix percibe la intensa mirada de la chica. Él asiente levemente, con una sonrisa, y ella responde con un susurro lleno de promesa: —Te estaré esperando.
El auto avanza por las calles, alejándose del edificio.
Lejos de ahí, una multitud se congrega frente a una sucursal de La Corporación. Las pancartas de rechazo se alzan sobre las cabezas de los manifestantes, multiplicando el clamor contra la corporación. Frente a la entrada, una fila de agentes nerviosos y tensos, equipados con escudos y equipos antimotines, forma una barrera; la tensión alcanza su punto máximo entre ambos bandos.
En medio de los gritos, las consignas, el descontento y la creciente hostilidad, un manifestante enciende y arroja una bomba molotov. El artefacto estalla a los pies de los agentes, levantando una llamarada seguida de una densa columna de humo negro. La respuesta es inmediata: los escudados dispersan gases lacrimógenos hacia la multitud; los ojos lagrimean, los pulmones buscan aire desesperadamente. Las balas de goma surcan el aire, impactando contra los manifestantes; algunos huyen despavoridos, mientras otros, más decididos, lanzan de vuelta las granadas de humo contra los agentes, generando confusión y reduciendo su visibilidad.
Lo que comenzó como una protesta pacífica se ha transformado en un enfrentamiento violento.
La irrupción repentina de una camioneta negra de aspecto robusto marca un giro drástico en la confrontación. De ella desciende con rapidez varios individuos de apariencia amenazante, conocidos como equipos de caza o recolección. Se alinean junto a los agentes antimotines de La Corporación, y su sola presencia, reforzada por el equipamiento especializado, siembra el pánico entre los manifestantes.
Al advertir la llegada de los recolectores, quienes aún resistían comienzan a dispersarse, huyendo por las calles aledañas en busca de refugio. En medio de la confusión y la estampida, un joven humano tropieza y cae al suelo. Al girarse para intentar levantarse, percibe algo extraño en sus piernas: una cuerda delgada, firmemente atada a sus tobillos, ha provocado su caída.
Levanta la mirada y distingue a uno de los cazadores, a unos metros de distancia, sosteniendo un arma de aspecto tecnológico que acaba de lanzar la cuerda. Un tenue hilo de humo aún se eleva del cañón, prueba de su reciente disparo. El joven, ahora inmovilizado, contempla con terror cómo el amenazante cazador comienza a acercarse.
Con una sonrisa cruel en el rostro, se aproxima lentamente al joven indefenso. —Ahora eres mío, pequeña basura —sisea, mientras extrae un bastón eléctrico y lo alza con la clara intención de usarlo contra el muchacho aterrorizado.
Justo cuando está a punto de inmovilizarlo, una mano firme se posa en su hombro, deteniéndolo en seco. El agente gira bruscamente y se encuentra cara a cara con Pentrix. —Ni siquiera lo pienses —advierte con voz grave y amenazante.
Acto seguido, lo derriba con fuerza y lo mantiene inmovilizado, presionando una rodilla contra su pecho. —No me obligues a lastimarte —le advierte el chico.
El joven humano, aprovechando la oportunidad, se libera rápidamente de la cuerda que aprisionaba sus piernas. Con la respiración entrecortada por el miedo y la adrenalina, se dirige a su salvador: —Hay evos y humanos dentro de la sucursal. Mi hermano es uno de ellos, y lo tienen encerrado ahí desde hace días. Esa es la razón por la cual nos manifestábamos.
Pentrix lo observa con comprensión, luego baja la mirada hacia el agente inmovilizado bajo su peso. —Entiendo, busca un lugar seguro me hare cargo —ordena, con una determinación sombría en su voz.
Con la manifestación dispersada y los últimos inconformes huyendo por las calles, los agentes de “La Corporación” se reagrupan, aparentemente satisfechos con el resultado.
Poco después, arriba la camioneta negra del equipo de caza. En la parte trasera se distinguen varias figuras encapuchadas, sometidas y esposadas. Los cazadores, con expresiones de triunfo, introducen a más prisioneros dentro del vehículo. Entre risas y comentarios jactanciosos celebran las “buenas capturas” que han logrado este día.
Uno de ellos, al notar la expresión seria y desanimada de uno de sus compañero pese al aparente éxito, le pregunta con curiosidad: —¿ Hey por qué diablos tienes esa cara larga, amigo, si logramos un buen número de arrestos?
El hombre serio responde con un tono apagado: —Solo me siento cansado, es todo.
Sin darle mayor importancia, todos suben nuevamente al transporte y se dirigen al interior de la sucursal, dejando la calle desolada.