En la televisión se transmite un reportaje. La conductora de noticias, con gesto de indignación, informa:
Un vigilante nocturno disfrazado, que solo actúa en la oscuridad, ha golpeado brutalmente a un hombre. Se trataba de alguien vestido de payaso, con evidentes problemas mentales, que no representaba ningún peligro para la población. El sujeto había escapado recientemente de un manicomio. Los paramédicos que lo atendieron reportan que se encuentra fuera de peligro y en condición estable.
—¿Qué clase de persona sería capaz de lastimar a alguien que no está en sus cinco sentidos? —se pregunta la presentadora, visiblemente conmovida—. ¿Dónde estaban las autoridades? ¿Por qué no pudieron evitar este lamentable incidente?
El televisor, sujeto a la pared en la sala de espera de una clínica médica, continúa transmitiendo el reportaje. Un doctor, con un expediente en la mano, abre una puerta y llama a un paciente.
—Guy Johnson?.
Un hombre en la sala de espera responde:
—Aquí.
El paciente se levanta y entra al consultorio del doctor. El médico toma asiento detrás de su escritorio, mientras Guy se acomoda frente a él.
El doctor teclea en su computadora mientras el paciente guarda silencio. Finalmente, le dice: —Señor Johnson, tengo los resultados de sus últimos estudios.
Guy escucha con atención. —¿A qué se dedica usted? —pregunta el doctor. —Trabajo en la construcción, soy obrero calificado —responde él.
—Muy bien —dice el doctor, mientras continúa escribiendo en su computadora. Luego formula otra pregunta: —¿Es usted humano o Evo?
—No, doctor. Soy lo que la gente llama un Neoevo. Hace años tuve un accidente en una planta química y así obtuve mi poder —explica Guy.
El doctor vuelve a teclear, murmurando: —Mmm… interesante caso.
Después pregunta: —¿Qué clase de habilidad tiene?
—Fuerza extraordinaria, o al menos superior a la de un humano promedio —responde el paciente—. Levanto grandes pesos en la construcción.
El doctor registra la información y deja la computadora a un lado. Toma el expediente, lo abre y lo lee con seriedad: —Mire, seré franco con usted, señor Johnson: su habilidad, su poder, está causando estragos en su cuerpo.
—¿Cómo es eso posible, doctor? —pregunta el paciente, y añade en voz baja—: ¿podría explicarlo sin esos complicados términos médicos, por favor?
El doctor sonríe y responde: —Su cuerpo, aunque esté catalogado como “Neoevo”, sigue siendo más humano de lo que parece. La habilidad que posee actúa como una enfermedad desconocida para su organismo, y este naturalmente la rechaza. Es cierto que su columna vertebral y su sistema óseo tienen una densidad mayor, y que sus músculos y tendones son más resistentes, otorgándole fuerza superior. Sin embargo, toda esa sobrecarga afecta en exceso: su sistema no sabe cómo manejarla. Esa es la razón por la cual su cuerpo se auto-sana y, al mismo tiempo, su habilidad lo destruye.
El doctor se acerca, le toma el brazo y lo descubre un poco: —Mire, ¿ve esos músculos hinchados y amoratados? Esa es la lucha constante entre su organismo y su poder.
El paciente, cabizbajo, observa su brazo y guarda silencio por un momento. Luego pregunta en voz baja: —¿Usted puede recetarme algo?
El doctor lo mira con compasión: —Los medicamentos para los humanos comunes no le funcionarían, dada la condición que presenta. Sin embargo… —continúa, sacando una ampolleta con un líquido de tonalidad verdosa—, existe un tratamiento experimental que salió hace un par de meses. Podría aliviar ciertos malestares, pero debido a su condición, su habilidad lo está deteriorando rápidamente… El medicamento podría darle unos cuantos años más. —Hace una pausa y concluye—: Aunque debo advertirle que tiene un costo muy elevado.
Guy sonríe con ironía y susurra: —Entiendo… en este mundo, “Con un gran poder”… viene una necrosis tisular acelerada.
El doctor lo observa, algo confundido.
En el centro de la ciudad, Réflex y Kage caminan de la mano por una calle bulliciosa, disfrutando de su día libre. Personas van y vienen; el murmullo de las voces se mezcla con el ruido de los negocios y el tráfico: un pequeño oasis de normalidad en medio del caos. La multitud pasa a su alrededor, absorta en sus propios mundos, sin reparar en los dos jóvenes héroes.
—Ahhh, extrañaba esto —dice Réflex, soltando un largo suspiro de alivio. Su mirada recorre los edificios y los rostros, como si quisiera empaparse de cada detalle—. Estaba harto de la base, de las órdenes, de los entrenamientos, de las paredes metálicas. Necesitaba un respiro.
Kage aprieta suavemente su mano y sonríe. —Sí, también estaba harta. Hemos trabajado muy duro últimamente —su voz es suave, cargada de un cansancio real. Sus ojos se mueven, buscando algo familiar, hasta que se iluminan al descubrir una pequeña tienda de conveniencia. El cansancio parece evaporarse. —Ya sé qué haría este descanso mucho mejor: un cremoso y frío helado.
Réflex mete la mano en el bolsillo de su pantalón, y sus dedos chocan contra el metal de algunas monedas. Una sonrisa se dibuja en su rostro. —Vamos por unos —, y juntos se dirigen hacia la tienda.
Sentados en una de las bancas frente al local, los jóvenes heroes disfrutan de sus helados en un silencio cómodo y relajado. El sol de la tarde les regala un respiro cálido y agradable, mientras los distintos aromas de la ciudad se mezclan en el aire.
De repente, Réflex rompe el silencio con un tono pensativo: —Me pregunto qué estarán haciendo los demás en el viejo barracón.
Kage se ríe entre dientes, saboreando su helado con satisfacción: —Seguro nuestra jefa está moliendo a golpes al pobre Rook, con ese duro entrenamiento.
Ambos comparten una sonrisa divertida ante la imagen mental.
Justo en ese momento, un auto deportivo oscuro llega a toda velocidad y se detiene bruscamente frente a un banco cercano. Cuatro figuras encapuchadas, armadas y de movimientos ágiles, salen del vehículo y se dirigen hacia la entrada.