En un moderno laboratorio tecnológico de la corporación, un científico, acompañado por varios asistentes, se encuentra de pie frente a un grupo de ejecutivos expectantes y emocionados. Sobre la mesa, un objeto cubierto con una tela negra aguarda el momento de ser revelado. El hombre da un paso al frente y, con orgullo, inicia la presentación.
—Este producto representa uno de los avances más significativos que hemos logrado hasta ahora —declara con voz firme. Se detiene un instante, permitiendo que sus palabras reverberen en la sala—. Este dispositivo es fruto del esfuerzo conjunto de investigadores y especialistas. Les presento la corona mejorada: “Neuro-restrictor RTM-850”.
Con un gesto teatral, retira la tela que cubría el objeto. El halo, más robusto que los modelos anteriores, contiene dos cápsulas llenas de un líquido rojo de aspecto seconal.
El científico prosigue con su exposición:
—Este nuevo dispositivo no solo ataca ambos hemisferios del cerebro mediante los habituales campos magnéticos pulsantes transcraneales, anulando cualquier poder que el portador posea, sino que además, gracias a esas ampollas, inyecta una descarga rápida y a presión del anestésico. Su diseño mejorado permite ser disparado desde cualquier arma, mientras que su avanzada tecnología de I.A. rastrea la cabeza de cualquier Evo o Neoevo. Según las pruebas realizadas, es capaz de neutralizar incluso a un poderoso Evo de nivel 5.
Los ejecutivos, impresionados, comienzan a aplaudir, llenando de júbilo la sala donde se lleva a cabo la presentación. Sin embargo, no todos comparten el entusiasmo.
En una sala apartada de control, iluminada por un tenue resplandor azul, el anciano —uno de los enigmáticos Doce, (el hombre del cabello blanco) de nombre Andreas Benedictus I— observa la demostración del halo anulador en una pantalla holográfica. Su rostro, marcado por profundas arrugas, acaricia levemente su blanca cabellera, sin mostrar emoción alguna. A su lado, un joven ejecutivo, visiblemente ansioso por la aprobación de su superior, se mantiene erguido.
—¿Evo de nivel 5? —pregunta el anciano. Su voz, apenas un susurro, destila un escepticismo cortante.
—Sí, señor —responde el joven, con una sonrisa confiada que intenta disimular su nerviosismo—. Las pruebas fueron un éxito total. La corona primero restringió los poderes del cautivo y, después, el sedante actuó, dejándolo completamente indefenso. En pocas palabras, totalmente “manejable”, señor.
El misterioso anciano, sin apartar la mirada de la pantalla, formula una pregunta que congela el aire en la sala:
—¿Crees que esta tecnología funcione contra “Él”?
El ejecutivo no duda y sonríe con arrogancia calculada.
—El problema no sería ese, señor, sino lograr que “Él” se exponga voluntariamente.
El anciano queda pensativo, la mente de un estratega veterano trabajando a máxima velocidad. Tras unos segundos, la solución se revela. Una sonrisa pícara se dibuja en su rostro. Toma un respiro y dicta una orden:
—Anuncien el dispositivo... y seguramente él se expondrá.
El joven ejecutivo, asombrado por la astucia del plan, aplaude con una sonrisa de admiración.
—¡Excelente plan, señor!
Semanas después, en la base del Frente Unido, Víctor Kurikov observa desde su oficina un comercial televisivo enfocado en la seguridad ciudadana. En la pantalla aparece el nuevo aparato: “Neuro-restrictor RTM-850”, anunciado para ser presentado en una expo tecnológica de la ciudad. Víctor duda un instante; la preocupación se refleja en su rostro. Sabe que este dispositivo representa una amenaza grave para toda la comunidad de Evos y Neoevos.
Consciente de que la corona anuladora será exhibida en un evento público, y de que necesitan a alguien capaz de infiltrarse sin levantar sospechas en un espacio reservado únicamente para humanos, deciden enviar a Pentrix a la misión.
Tiempo después, Anya lo acompaña hasta la salida del edificio, donde un coche de lujo ya lo espera.
—Te estaré esperando, Pempi —le dice ella, con los ojos cargados de inquietud y determinación.
Se despiden tomándose de las manos, un gesto silencioso de apoyo y cariño. Pentrix asiente:
—Estaré bien, no te preocupes. Nos veremos pronto.
Sube al auto, que arranca de inmediato rumbo al gran evento.
El vehículo después de unas pocas horas finalmente se detiene frente al edificio, donde cientos de personas ya ingresan. Pentrix desciende y, entre pasos y murmullos de la multitud, se pierde disfrazado como un simple empleado: camisa blanca impecable, corbata, anteojos discretos y un gafete de entrada, simulando ser un entusiasta de la tecnología.
Dentro de la expo, agentes cazadores ocultos en distintos stands permanecen en posición, aguardando el momento esperado. Mientras tanto, los pasillos se abarrotan de visitantes maravillados con las exhibiciones. Pentrix se mezcla hábilmente entre ellos, un rostro más en el océano de asistentes.
De repente, por los altavoces dentro del edificio se anuncia que la presentación del nuevo dispositivo comenzará en pocos minutos. Pentrix se dirige al baño y, asegurándose de que no haya nadie, habla a través de su intercomunicador:
—Estoy en posición. El evento está por comenzar. Solo faltan unos minutos más.
La puerta del baño se abre y un joven, vestido con playera y pantalón negro, pasa a espaldas de Pentrix, que se encuentra frente a los lavabos y el espejo. Pentrix lo sigue con la mirada mientras el muchacho se introduce en uno de los sanitarios.
Finalmente, la música estalla a todo volumen dentro del evento, anunciando el inminente inicio de la presentación del dispositivo. Algunos agentes cazadores, nerviosos e impacientes, reciben órdenes a través de sus intercomunicadores: